«La casa escrita»: Un precioso obsequio al acervo patrimonial del país

por David Hevia

El trabajo de Edmundo Moure Rojas, expresado en este libro —junto al humor que procede de la maestría—, corresponde a la responsabilidad de una memoria que de la primera a la última página ennoblece el oficio literario de narrar. Quienes en serio deseen empaparse del cauce de las letras nacionales y aun comprender varios de los resortes que desatan la producción en marcha de los autores que pueblan los últimos 100 años, tendrán que hacer algo que escandalizaría a la crítica literaria, si acaso la hubiera: visitar, además de la obra, algunas de las circunstancias que le dieron vida.

En efecto, la hermosa tarea convocada por la palabra no nace de debajo de la manga, sino de un proceso creativo que, a fuerza de trabajo e inteligencia, se enmarca en un péndulo que oscila entre la historia y la anécdota, ya sea uniendo hasta la colusión, o enfrentando hasta el disparo, a unos y otros responsables de libros.

Había, pues, que convertir de una vez por todas a los escritores en personajes y ubicarlos dentro de un álbum capaz de transparentar tanto la manera en que se vincularon entre sí como el modo en que la organización de parte importante de su andar cotidiano terminó relacionándose con la trama que en cada caso saldría de la imprenta.

Esa necesidad de un paseo que fuese desde el trajín del diálogo hasta la literatura es perpetrada aquí, con desenfadado acierto por Edmundo Moure Rojas, y corresponde afirmar desde ya, sin ambages, que su trabajo expresa, junto al humor que procede de la maestría, la responsabilidad de una memoria que de la primera a la última página ennoblece el oficio escritural y escala hasta convertirse en un precioso obsequio al acervo patrimonial del país.

Los telones de la literatura

Conseguida para la Sech gracias a las gestiones realizadas con ese fin por Pablo Neruda y Ester Matte ante el presidente Jorge Alessandri Rodríguez, el edificio patrimonial erigido en 1927 abrió sus puertas a las plumas locales al terminar el año 1961.

El inmueble, bautizado entonces como Casa del Escritor, y emplazado en Almirante Simpson 7, se convirtió desde entonces en el emblemático punto de encuentro tanto de los literatos como de los admiradores de la disciplina.

Y Moure hace muy bien en titular este libro como La casa escrita, porque las huellas dejadas ahí durante décadas por sus miles de ocupantes naturales son hondas y profusas, y no hicieron otra cosa que intensificar su frondosidad a partir de 1963, cuando bajo el nombre de Refugio López Velarde —otra brillante obra nerudiana— el domicilio colectivo de los escritores sumaba a su haber la soñada taberna popular en cuyos mesones, como antaño, siguen hoy gastando sus codos poetas, narradores y ensayistas.

Filebo, Stella Díaz Varín, Jorge Teillier, Tote España, Dolores Pincheira, Guillermo Trejo, Oreste Plath, Inés Moreno, Mario Ferrero, Teresa Hamel, Rolando Cárdenas, Isabel Velasco, Poli Délano, Martín Cerda, Yolanda Lagos Garay, Paz Molina y Delia Domínguez son solo algunos de los nombres que desfilan en la secuencia de estampas ofrecidas por un autor que por haberlos conocido rinde testimonio compartiendo generosamente con los lectores parte importante de las interminables conversaciones que mantuvo con ellos, y por las que deambulan los telones de la Unidad Popular, la dictadura de Augusto Pinochet y la infinita transición, aunque, por sobre todo, se cuela, vívida, la literatura.

Con justicia cabe pensar que el propio Edmundo Moure debiese ocupar en el libro un lugar como inquilino: de hecho, así ocurre, y en cada perfil que traza nos vamos enterando progresivamente de su desarrollo como creador.

En torno a la Casa del Escritor se urdieron leyendas durante mucho tiempo, pero ahora La casa escritaha empezado a hablar.

(Fuente: Cine y Literatura)

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