La Argentina sin Maradona. La tristeza de haber sido y el dolor de ya no ser

por Ricardo Maldonado

El dolor no se debate, la política si. Que Maradona sea velado en la Casa Rosada implica que es un acontecimiento estatal, político y de orden nacional (también internacional pero no es el asunto de estas líneas) Por lo tanto, instalado fuera de toda referencia íntima y familiar, se habilitan dos posibilidades: hablar de un acontecimiento político con la perspectiva política que cada uno sostiene, o inaugurar el terreno especial, metafísico y trascendental, de lo indiscutible. Un inefable social. Una extraterritorialidad acrítica, algo similar a lo que plantea la Iglesia para los temas urticantes como el aborto o la educación sexual: son in-discutibles, porque afectan sentimientos, valores, tradiciones. Y esas cosas no se pueden poner en discusión por no ser terreno del pensamiento, sino de los sentimientos. Son cosas hirientes, hay que hacer silencio. Que las multitudes sensibilizadas por los pañuelos celestes o por el mejor jugador de todos los tiempos no sean plenamente coincidentes no reviste importancia, el mecanismo es el mismo, y la conclusión también: la sociedad no puede hablar de ciertos temas, están más allá de debate. Es lo que sostienen la monarquía saudita con respecto a la igualdad legal de las mujeres, que no se podía ni siquiera debatir porque esa minoría feminista hería la sensibilidad y la tradición de la mayoría musulmana. Y no sólo lo sunitas, los chiitas del Irán de los ayatollahs actúan así. O los cristianos del Ecuador de Correa o de la Argentina de Cristina, sostuvieron lo mismo frente al aborto: no se habla, no se discute, no se decide. ¿Y los hechos que señalan allí una necesidad y un problema? Silencio. Silencio, el sentimiento exige silencio.

El ascenso de los ídolos

Pero si se admite que tal acontecimiento se encuentra dentro de la vida social, política, es decir si se admite pensarlo, surge otra cuestión: ¿es necesario hacerlo? Vale la pena entonces remontarse a un mes antes del debut de Maradona en Boca, porque el año 1981 comenzó con un actor de Hollywood y de la televisión asumiendo la presidencia de EEUU. El fenómeno político llamado neoliberalismo puede datarse en esa fecha. Pero también la prueba de hasta dónde la popularidad de los personajes mediáticos es un capital político que la burguesía incorporaba a sus estrategias. Fue una lección aprendida. Si en los 60/70 algunas figuras relevantes del espectáculo y el deporte habían expresado disidencias con el poder (y habían sido duramente castigados por ello) se mostraba más útil complementar la dureza de la prohibición (son recordados los casos de los Black Panther en México 68 o de Alí negándose a ir a Vietnam) con el aprovechamiento de ese capital político que se encuentra anidado en la popularidad. El conocimiento y el aprecio que masas populares sienten por una persona, destacada por su actividad, se trasladan al interior de una estructura política. Podríamos distinguir así las grietas actuales del bipartidismo más tradicional, mientras unos se apoyaban más en estructuras ideológicas, en la segunda la primacía del sentimiento es mayor. Y las estructuras ceden, exteriormente, ante los polos afectivos. Se mostraba mucho efectivo utilizar esa popularidad a favor de un bando burgués contra otro. Cerca de una década más tarde esa estrategia se desplegó plenamente en nuestro país.

La otra pata de la cooptación se dio en el deporte, en el doble juego que prohíbe las actividades políticas a menos que sean las que el poder “naturaliza” como no políticas. Así como hubo futbolistas castigados por expresar solidaridad pro Palestina, todos hincan la rodilla en suelo en adhesión a la lucha contra el racismo “aceptada” (que en realidad no va mucho más allá de expresar adhesión a un bando burgués de EEUU contra otro). Los deportistas son desde entonces, usualmente convocados para ser embajadores. ¿De quiénes? De la humanidad toda. Se dice que lo que expresan no son intereses sectoriales o clasistas, sino valores universales indiscutibles, es decir que, por ser aceptados por la burguesía a nivel general, ya no son pasibles de discusión. El apoliticismo es de forma, pero no de contenido. Maradona fue tanto embajador de la FIFA de Gianni Infantino en 2017 (los que remarcan su enfrentamiento obvian su reconciliación) Pero mucho antes el emblema de la campaña “Sol sin drogas” en la cúspide menemista del verano posterior a la reelección. Maradona fue, como siempre, como no puede ser de otra manera, la superestrella errática de esa gran movida de los 90 de incorporar a famosos a la política como paracaidistas. En lugar de sindicalistas como Curto, Calabró, Gutiérrez o Barrionuevo, la fuente nutricia se desplazó a la fama. En el grasientamente glamoroso menemismo esta estrategia entró como piña con Scioli, Reutemann y Palito Ortega, en el podio. Y luego no hizo más que profundizarse: Marzziota y Pérez Volpi, Nito Artaza, Martiniano Molina, Amalia Granata, Miguel del Sel, Brancatelli, “Camau” Espíndola, Baldassi y muchos más. El aparato político, cuyo prestigio se va derrumbando, acude a un prestigio, un fanatismo, una idolatría o un reconocimiento popular, lo integra en sus engranajes, lo aprovecha y se rejuvenece sin variar su política. Maradona fue, de muchas maneras, el primer jugador universal. Por eso, Maradona fue el engranaje super numerario de esta gran estrategia, como siempre, su envergadura no se sometió ninguna relación estable, pero los bonapartismos sudamericanos lo siguieron manteniendo como protagonista en las últimas dos décadas. Cómo olvidar a Correa diciendo “embragá Diego” en uno de los “especiales”

Si la burguesía considera apropiadamente que la popularidad individual (ahora llamada mediática) es un canal de trasmisión de formas y contenidos, porque es así y le da resultados, no se puede mirar para otro lado diciendo que es secundario. Es un mecanismo crucial, importante, de la hegemonía. Y tanto más importante cuánto más invisible. Decir que, si apoya a Menem y Cavallo, si desconoce a los hijos hasta que la justicia lo aprieta (si es que lo aprieta), si usufructúa su cuota de poder sin vergüenza ni disimulo, no es un tema para el debate social significa dejar esos problemas tal como están. Es hipócrita afirmar que sus desplantes y violencias hacia las mujeres no tienen efectos “porque es el Diego” La inmaculada posición del ídolo popular es un caballo de troya en la fortaleza de las luchas. “No se lo puede cuestionar porque nos dio alegrías”, es la versión sofisticada y evasiva del hoy poco creíble y sustentable “roba pero hace”.

Único, sí, pero ¿por qué?

Maradona es único, eso es indudable, pero su carácter de primus inter pares, no lo hace distinto sino superior, ¿Qué le da esa superioridad? Un hecho deportivo sobre otro hecho deportivo. El hecho deportivo de base es que hablamos del mejor jugador de todos los tiempos, sobre ese milagro de destrezas se montó un deseo que se alimentó de algunas realidades, y de mucha frustración. Las realidades, para resumirlas, es que, en el terreno estrictamente futbolístico, una potencia de segundo orden pasó con Diego, mientras Diego estuvo activo (y excluyentemente por su mano en muchas ocasiones) a la cúspide del futbol mundial. Entre el 77 y el 94, en los 18 años que abarcó su carrera en la selección, ésta obtuvo (con él o sin él en la cancha, pero bajo su reinado deportivo) 2 mundiales y 2 copas América, Desde al año 59 que no se ganaba una copa América, y nunca, ni antes ni después, se ganó un mundial. Antes había llevado a Argentinos Juniors a su primer subcampeonato, y se consagraba goleador repetidas veces. La leyenda del Rey Midas del futbol, que tocaba y convertía en oro aquello que no lo que no era (el pequeño Argentinos de sus inicios, el quebrado Boca del 80, el nunca ganador Napoli del 85, la secundaria selección de la AFA), se iba construyendo. Eso permitió sostener la ilusión de que se puede así. Que se puede así, con los clubes fundidos, los barrabravas, los negociados, que, aun así, se puede. Diego era la llave a la posibilidad de ser algo para una estructura inviable y descorazonadora. Era, por eso mismo la esperanza. La magia y el sueño. La promesa y su cumplimento. Lo fue en el campo de juego durante 15 años. Maradona es para muchos, el puente por el que, naciendo en Fiorito, se puede recalar en Dubai.

Y esa fantasía se acrecentó porque la caótica carrera de Diego lo obligaba a reparar con genialidad lo que destruía con improvisación. Así, y no con una absurda lucha de pobres contra ricos, se explica que un jugador con su talento haya terminado jugando en el club del empresario Ferlaino, un Berlusconi del sur, y no en un grande del continente como Di Stéfano, Cruyf, Beckenbauer o el mismo Pelé, su predecesor, que anticipó la mundialización con las giras del Santos, pero contó con un apoyo y una estabilidad que lo albergaba y protegía. El futbol le dejaba lugar a la fábula, perdía el espectáculo, pero se acrecentaba la leyenda. Un genio que sacaba a Álvarez goleador en Argentinos Juniors ¿Qué hubiera hecho si le tocaba entenderse con Laudrup? ¿Cuánto hubiéramos disfrutado si asistía a Van Basten, en lugar de Carnevale? Pero con Maradona el juego del equipo, perdía terreno. Para dejarle lugar a la magia de su soberbio dominio de todo lo que sucediera dentro de la cancha. Y al dramatismo implicado en resolver lo que no dominaba fuera de ella. La rocambolesca, y desprovista de lógica, carrera de Diego, se parece demasiado al país que lo produjo. Y cada nuevo capítulo sumaba esperanza irracional, sueño y expectativa en lo improbable. Un equipo que casi, muy casi, se queda fuera del mundial 86, lo gana. No sólo lo gana, muestra cosas deslumbrantes, de su mano. Un equipo del que cuesta recordar más de 5 nombres, el del 90, con él, hinchado el tobillo como una sandía, sale subcampeón. Y elimina a Brasil en un partido que ninguno de los que lo vivimos en directo podremos olvidar, pero no por la brillantez del juego, sino por lo contrario, ese muchacho dentro de la cancha, nos hizo creer que todo era posible. Y si su talento y la fortaleza física desmesuradas ya eran mucho, le sumaba velocidad y trampa: La velocidad del pase a Caniggia contra Nigeria 94´y la “mano de Dios”. La existencia de Maradona, significaba, más allá del futbol real, es decir de lo que lo catapultó a un lugar único e inigualable deportivamente, la existencia del milagro argentino. Mientras el país se iba hundiendo a lo largo de nuestra vida, y pasaba de Malvinas a la hiperinflación, del menemismo al 2001, del despilfarro de la oportunidad sojera al macrismo, mientras bajábamos en el tobogán, Maradona era la última esperanza individual, irracional y argentina. Tan fielmente se refleja, y sostiene, la AFA y el país en esa esperanza que se fusionaron en la afirmación genial de Osvaldo Soriano, que era “la patria en pantalones cortos” ¿Cuándo la escribió? Cuando vapuleados por Colombia 5 a 0, y casi afuera del mundial, fue convocado para el milagro de clasificar a un equipo sin alma, y otra vez, el milagro sucedió. No sabía Soriano en cuántos puntos la analogía funcionaba, pero es soberbia. Una leyenda aumentada porque se le atribuye la revancha de una guerra perdida, la humillación a los ingleses es el punto más elevado, y más triste, de las fantasías milagrosas. El punto donde el ensueño maradoniano llega a su cénit, y nadie quisiera bajarse. Pero 600 tumbas por dos goles maravillosos y un pase a la semifinal, es un tipo de cambio vergonzoso, hay que asumirlo. Y deportivamente, sobre esa concepción de que somos lo que no somos, se edificó también el desprecio por Messi. Un genial jugador pero que parece no poder hacer más que jugar al futbol. Y se supone que los argentinos necesitamos otra cosa.  Y como Messi puede ser goleador, figura, y estar en la cúspide del futbol mundial 15 años, pero no nos provee de milagros, carga con el karma ese de no ser tan argentino, o tan como lo necesitamos los argentinos. Y lo que muchos esperan en el mundo, la foto de la despedida en las ruinas de la ciudad Siria de Bashi, ya no habla de lo que Maradona era, sino de lo que Siria necesita.

Más allá del fútbol, se acabó la promesa del milagro

Pero hay un problema. La mayoría de los que idolatran a Diego y hablan de las alegrías que nos dio, no las vivieron. Por edad, por la estructura etaria argentina, porque Maradona la última alegría, grande, digna de su estatura de jugador milagroso, la dio en el 90, 30 años atrás, y transcurrieron 34 del gol a los ingleses, 41 del mundial de Japón, 39 de los goles a River en la Bombonera. Hay videos de Maradona, no tantos como de los jugadores posteriores a él, pero infinitamente más que de sus predecesores, eso fue crucial para ser lo que es. Pero una alegría deportiva no se vive en diferido, sin incertidumbre sólo hay rememoración o disfrute estético, pero no puede haber alegría porque no hay riesgo de tristeza. Eso nos lleva a la gran cuestión, preguntarnos que es lo que se perdió, cuál es la fuente de este sufrimiento Incluso cual es la fuente del enojo si no se comparte ese malestar en su totalidad. ¿Por qué se reacciona airadamente si se reconoce la capacidad deportiva, pero se menciona que se está en contra de casi todo fuera de la cancha?

Un relato escuchado en la radio muestra lo que él era, como terminó siendo interpretado: un muchacho cuenta que su padre estaba muy enfermo y deprimido en el año 86 y no salía a flote, y en el partido con Inglaterra sonrió después de mucho tiempo, y volvió a hacerlo con los dos goles a Bélgica. “Por eso le perdono todo” concluye. Diego es la figura mágica que puede reparar lo irreparable, solucionar lo que se rompe, traernos lo que nos falta. Y eso trasciende a este país, el director Paola Sorrentino, ganador del Oscar por La gran belleza, lo mencionó en su agradecimiento al recibir el premio. No fue a un fin de semana de campo con sus padres por quedarse en Nápoles a ver al equipo de Diego. Sus padres murieron por un accidente doméstico y se salvó, indirectamente “gracias a Maradona”.

Entonces volvemos a lo que se le pide a Messi. Parece, como mencionamos, que los argentinos necesitamos otra cosa, no sólo destreza, sino milagro e ilusión. Que el inviable, y ya casi inenarrable capitalismo argentino funcione. Queremos una copa, como sea, alguna. Todo el país va barranca abajo, suben los precios y no se mueven los salarios. En marzo, abril y mayo nos decían que éramos los campeones mundiales de la salud, nos prometían bonos a los trabajadores y nos aplaudían a la noche, en pocos meses, estamos mucho más pobres, más desarticulados, y la pandemia nos pasó por arriba. Este país, en su estructura actual, capitalista, irracional y productora de desigualdad no funciona, Y a Maradona se le atribuía la capacidad de hacer que funcione lo que está roto. La argentina como sociedad capitalista está mas desahuciada que la selección después del 5 a 0, mas enferma que el tobillo de Diego en Italia, más cascoteada que Goycochea con Brasil, con tanta desesperación como en el último minuto contra Perú en el 85, mas desorganizada que Boca en el 80. Se entiende la tristeza por la fantasía del superhéroe, por la esperanza en el milagro, por la fe en lo imposible. Lo expresó con claridad Marcelo Bielsa, al señalar que no se trata de futbol: «Que ya no esté nos da muchísima pena. La pérdida de un ídolo es una sensación de debilidad para todos nosotros. Diego nos hizo sentir la fantasía que genera el ídolo. (…) El ídolo, el mito, la leyenda hace que un pueblo crea que lo que hace esa persona somos capaces de hacerlo todos.»

No se puede dejar de sentir dolor por la cuota de belleza y expectativas de nuestro pasado que se va con él. Tampoco se puede hacer concesiones con el Maradona político burgués y machista. Mucho menos podemos aspirar a reparar el sueño de la magia y el milagro. La argentina se hunde. Se fue y no va a volver y eludir en fila a miseria, desocupación desabastecimiento, recesión, inflación y crisis habitacional, y definir abajo ante Shilton. Puede ser doloroso, pero ningún cambio se produce manteniendo las ideas y los sentimientos previos, porque esas son las ideas que nos llevaron a necesitar el cambio, están incluidas en lo que no anda. El respeto irrestricto, el silencio religioso ante el pensamiento de la mayoría, ratifica la sociedad en que todos vivimos, en parte, por las ideas de la mayoría. Es el momento de organizar otra cosa entre todos, si ya no hay quien transforme la miseria en oro, apropiémonos del oro para terminar con la miseria. Es el momento del corazón y pases cortos.

(Tomado de Razón y Revolución)

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