Isidora Zegers en los orígenes del arte musical en Chile

por Macarena Castro

El 30 de agosto de 1819 se escucha en la plaza pública de Santiago la ejecución de una sinfonía de Beethoven y un cuarteto de Mozart, en la celebración del cumpleaños de Rosa O’Higgins. El responsable de este concierto fue un comerciante danés que llegó a Chile aquel año, Carlos Drewetcke, quien había traído de Europa colecciones de estos compositores y acostumbraba a reunir en su casa a los músicos para ejecutar estas piezas, que, como recuerda José Zapiola, “eran un arte desconocido hasta entonces” (𝘙𝘦𝘤𝘶𝘦𝘳𝘥𝘰𝘴 𝘥𝘦 𝘵𝘳𝘦𝘪𝘯𝘵𝘢 𝘢𝘯̃𝘰𝘴 (1810-1840), Imprenta de El Independiente, 1872).

El desembarco de Drewetcke, según el historiador Eugenio Pereira Salas, marcó un hito en la historia de la música, “que había sido hasta la fecha un mero esparcimiento social, una manera frívola de matar el tiempo, o un acompañamiento litúrgico o cívico de la vida religiosa y política. Alrededor de 1819, la música entra en una nueva etapa de la vida, transformándose en arte” (𝘓𝘰𝘴 𝘰𝘳𝘪́𝘨𝘦𝘯𝘦𝘴 𝘥𝘦𝘭 𝘢𝘳𝘵𝘦 𝘮𝘶𝘴𝘪𝘤𝘢𝘭 𝘦𝘯 𝘊𝘩𝘪𝘭𝘦, Publicaciones de la Universidad de Chile, 1941).

Tres años después, en 1823, arriba a la ciudad Isidora Zegers, acontecimiento que Zapiola considera “una verdadera revolución en la música vocal”. La soprano y compositora nacida en Madrid en 1803 había llegado junto a su padre, quien fue contratado por el gobierno de Chile. Comenzó su educación musical en París y sus estudios iniciales de canto fueron con el maestro Frédéric Massimino; y, en paralelo, realizó cursos de piano, de guitarra y de arpa, así como de composición y armonía.

Fue, precisamente, en las reuniones de Drewetcke donde deleitó a los invitados participando de sus conciertos privados, los que se habían robustecido con su llegada y la de otros músicos argentinos. Así, en una página del diario 𝘌𝘭 𝘓𝘪𝘣𝘦𝘳𝘵𝘢𝘥𝘰𝘳, de 1824, aparece una reseña de estas tertulias en que se elogia la figura de la madrileña: “podrá creerse sin parecer hipérbole que a la voz de la señorita Zegers los circunstantes se pasman dulcemente. Esta señorita es el alma de la reunión. Sus gracias, sus modales y maestría animan y estimulan a otras jóvenes hermosas, si no a igualarla al menos a ayudarla a ejecutar piezas más difíciles”.

Sin embargo, no solo destacaba en su rol de intérprete; hacia enero de 1822 ya había compuesto sus primeros escritos en el pentagrama, unas figuras de minuet y contradanza, en un primer periodo de gran influencia y admiración por el compositor italiano Gioachino Rossini. Entre 1826 y 1827, la sistematicidad de estas tertulias dieron paso a la formación de la Sociedad Filarmónica de Santiago, fundada por Zegers, Zapiola y Manuel Robles, compositor del primer Himno Nacional.

Además de ser reconocida como una de las compositoras pioneras del país, Zegers se destacó por su aporte en educación. En 1852, contibuyó en la creación y edición del 𝘚𝘦𝘮𝘢𝘯𝘢𝘳𝘪𝘰 𝘮𝘶𝘴𝘪𝘤𝘢𝘭, una publicación inédita al ser la primera revista especializada en este arte. En los dieciséis números que alcanzó, realizó la traducción de textos desde el francés, el italiano y el alemán, lenguas que dominaba perfectamente, y escribió un estudio titulado 𝘌𝘭 𝘰𝘳𝘪𝘨𝘦𝘯 𝘥𝘦 𝘭𝘢 𝘰́𝘱𝘦𝘳𝘢 𝘦𝘯 𝘍𝘳𝘢𝘯𝘤𝘪𝘢. Salas menciona que fue por consejo de la cantante que se adoptó en escuelas y colegios de Chile el sistema para la enseñanza musical de Frédéric Massimino, su maestro, con quien mantuvo siempre una relación cercana a través de una fluida correspondencia, ya que la cantante se estableció en Santiago hasta el día de su muerte, el 14 de julio de 1869.

(Tomado del Boletín de Academia Libre)

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