Poema de Juan García Brun: «El hechizo»

El príncipe mueve las manos en círculos, en la oscuridad. No duerme, no se viste y grita dando lugar a la lluvia que antecede a la nieve. Estentóreas, las olas le responden sacudiendo los arrecifes y la que fue su nave se pierde entre la espuma, despedazada. Ni las estrellas ni la luna presencian ese naufragio final. Terco, al hablar pone las manos sobre los hombros y bajo sus nobles párpados se representa el abismo que oculta ese mar en que sus capitanes han entregado las almas. De rodillas ruega, suplica. Sabe que aún la tempestad le permite ser oído.

En la orilla opuesta, sus propiedades —a las que llama «su reino»— son devoradas por el fuego impío del enemigo.

En el sueño el príncipe descansa a la sombra de palmeras, bebe cerveza y se sienta a la usanza japonesa. En el sueño ríe y aprecia las bondades de los animales. Escucha a la mujer —a quien ama devotamente— decir que debe esperar la marcha de los fantasmas. Se persigna, vuelve a mover las manos y anochece. El viento tras los manzanos trae el arcaico canto, el nombre primitivo de la imposibilidad y un amor que eleva las manos en lo oscuro.

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