por Marcel Claude
A raíz de los acontecimientos que están ocurriendo en Estados Unidos, Ucrania y nuestro Chile que está ad portas de una elección presidencial, donde muy probablemente se impondrá un candidato de extrema derecha, me da la impresión que lo planteado por Mark Fisher en su texto Realismo Capitalista[1], nos permite entender mejor la configuración de la realidad presente.
En los noventa, se produjo un revuelo considerable con la publicación del libro El Fin de la Historia de Fukuyama[2]quién tras la caída del Muro de Berlín (1989) y el colapso de la URSS, sostenía que la democracia liberal y el capitalismo de mercado habían triunfado como modelo definitivo de organización humana, marcando «el fin de la Historia», o sea, el epílogo de la evolución ideológica de la humanidad.
Sin embargo, este fin de la historia se ha hecho bastante extravagante y si en algún momento hubo un silencio reflexivo en torno a lo planteado por Fukuyama, queda más o menos claro que más bien hemos experimentado un retroceso anacrónico y no el final de la historia. Lo anterior se hace evidente si consideramos el genocidio cometido por el Estado de Israel en Gaza o el conflicto bélico de Ucrania que ha ido escalando a situaciones cada vez más críticas y creando un clima de temor frente a un potencial –y terminal- invierno nuclear para la humanidad. Baste recordar las declaraciones del Primer Ministro Británico, Keir Starmer, quien se comprometió con el mayor aumento del gasto en defensa desde el final de la Guerra Fría, o del canciller alemán, Friedrich Merz, que busca convertir las Fuerzas Armadas de su país en las «más fuertes de Europa» a causa de la guerra Rusia-Ucrania. Macrón a su vez oficializó un acuerdo para que Renault fabrique drones de combate para Ucrania en vez de automóviles. Con este tipo de jefes de Estado guerreristas, parafraseando a Fisher: «Es más fácil imaginar el fin del mundo que el fin del capitalismo”.
Sin embargo, este fin de la historia que más parece acabo de mundo que otra cosa, nos sorprende con acontecimientos tipo política espectáculo que esconden la realidad de un capitalismo lleno de contradicciones, abusos e inconsistencias, como es el mentado asunto Trump-Musk que sí ha dado tela para muchos trajes. Por de pronto, ha servido para mostrar el rostro impúdico del realismo capitalista encarnado en el presidente Trump quien convertido en un autócrata narcisista versión McDonald’s, le otorga sustancia y contenido a lo dicho por Mark Fisher en cuanto a que «En el mundo en que vivimos, los campos de concentración y las cadenas de cafés coexisten perfectamente». Esta dictadura de los magnates -cada vez más parecida a las repúblicas bananeras auspiciadas y promovidas por USA en América Central- es conducida por un mandatario que tiene todo el perfil de los dictadores títeres que Estados Unidos instala después de los golpes de Estado que la CIA financia y alienta en América Latina, por ejemplo, organizando una exhibición de autos Tesla en el jardín sur de la Casa Blanca, con el objetivo de apoyar a Elon Musk; o especulando con criptomonedas como denunció el New York Times[3]; y ¿Qué decir de las redadas que a través del Servicio de Control de Inmigración y Aduanas (ICE en inglés) ha emprendido en contra de la comunidad latina con miras a las temidas deportaciones? Esa práctica nos recuerda el nazismo en Alemania que utilizó deportaciones para confinar a judíos, comunistas, homosexuales y gitanos en los campos de concentración. Ahora se implementarán en Estados Unidos para deportar latinos hacia las cárceles de Bukele en El Salvador o al tristemente célebre campo de concentración de prisioneros en Guantánamo. Parafraseando a Mark Fisher: en la dictadura capitalista de los Estados Unidos de América pueden coexistir pacíficamente, el glamour de Nueva York y las cadenas de McDonald’s con las deportaciones masivas a los campos de concentración.
Lo importante del desencuentro entre Trump y Musk no es la seguidilla de dimes y diretes y ataques mal intencionados entre uno y otro plenos de rabia desmedida, más bien, la delicada cuestión del Estado y la economía cuando éste se encuentra en manos de capitalistas extremos, críticos de la corrupción, la ineficiencia y el despilfarro. Elon Musk, en el corto tiempo que fue responsable del Departamento de Eficiencia Gubernamental en Estados Unidos, implementó varias medidas orientadas a reducir el presupuesto federal en 2 billones de dólares (es decir en un 30%, aunque con suerte llegó al 1%) para hacer más eficiente el aparato gubernamental y reducir el gasto público, como por ejemplo: eliminar programas de diversidad e inclusión; suprimir la Oficina de Protección Financiera del Consumidor (CFPB); desmantelar la USAAID que proporciona agua potable a los pobres y servicios de prevención del VIH; eliminar el Departamento de Trabajo que atendía quejas por la seguridad laboral; reducir la asistencia sanitaria para 13.7 millones de personas.
Hasta ahí todo bien para el hombre más rico del mundo, pero todo cambió cuando se enteró del «One Big, Beautiful Bill«, es decir, del proyecto de ley de reconciliación presupuestaria, calificado por Trump como “grande y hermoso”. Este proyecto significaría el fin de los créditos fiscales para automóviles eléctricos durante el presente año y de los incentivos para proyectos de energía eólica, solar e incluso nuclear para el 2032. Recuérdese que Tesla –la empresa de automóviles eléctricos de E Musk- se beneficia de un crédito fiscal de 7.500 dólares por cada vehículo eléctrico vendido, por lo que JP Morgan estimó que la pérdida del crédito fiscal para vehículos eléctricos podría costarle a Tesla alrededor de 1.200 millones de dólares al año.
Este campeón del capitalismo verde[4], acérrimo enemigo del Estado benefactor, el hombre más rico del mundo según Forbes, ha hecho su fortuna gracias a suculentos subsidios del Estado. Según el Washington Post, el imperio de Elon Musk está construido gracias al aporte estatal de 38 mil millones de dólares de los contribuyentes norteamericanos, a los que Elon Musk ha castigado quitándoles importantes beneficios en salud y alimentación. Y ahora que un proyecto de ley de presupuesto afectaría a su imperio financiero construido gracias al Estado, se ofusca y lo califica de “una abominación repugnante“. El problema que enfrenta Musk hoy en día es el empeoramiento de la situación financiera de Tesla, ya que según CNN, en el primer trimestre del presente año la compañía experimentó una caída del 71% en los ingresos netos. Hoy más que nunca Elon Musk necesita el apoyo de los subsidios públicos. Así las cosas, en el neoliberalismo del capitalismo tardío no se trata de poner fin al Estado, más bien de privatizarlo, de ponerlo al servicio irrestricto de la acumulación capitalista y retirarlo de todo aquello que se vista de solidaridad y justicia social.
Esta realidad política precaria y degenerada es posible porque -siguiendo a Fisher- el capitalismo se ha convertido en el único horizonte posible después de la caída del muro de Berlín en el siglo XX. Algo similar anticiparon Marx y Engels en 1848: donde el capitalismo ha establecido su dominio … ha desgarrado todo sin piedad para no dejar subsistir otro vínculo entre los hombres que el frío interés, el cruel «pago al contado»… ha hecho de la dignidad personal un simple valor de cambio … ha sustituido las numerosas libertades por la única y desalmada libertad de comercio[5]. Es esto lo que Fisher intenta develar cuando afirma que el capitalismo se ha naturalizado como el único sistema socioeconómico viable, eliminando la capacidad de imaginar alternativas, dominando no solo la economía, sino que también moldea la subjetividad, la cultura, la educación y hasta la conciencia, lo que es también consistente con la idea de Marx de que todo está subsumido en el capital como una totalidad orgánica en la que todo funciona, se estructura y se ordena en torno a éste, es decir, algo así como la mano invisible del capital que hace que toda la existencia humana funcione para satisfacer la lógica implícita del capital, que no es otra cosa que su valoración permanente y creciente.
Así es como el ecologismo crítico que nace activamente después de la publicación en 1972 del Informe Meadows sobre los límites del crecimiento[6], que alentó una crítica al modo capitalista de producción, degeneró en un sinnúmero de negocios verdes que han permitido nacer a figuras como Elon Musk que se ha enriquecido –bajo el rótulo de la sustentabilidad- vendiendo automóviles eléctricos subvencionados por el Estado y los famosos bonos de carbono[7], que son permisos negociables para emitir una cantidad determinada de dióxido de carbono u otros gases de efecto invernadero (GEI). Una vez más la capacidad del capital de subordinar hasta su crítica más radical a la dinámica de la acumulación.
En las últimas décadas, esto ha sido también posible gracias al nacimiento de la “izquierda” woke que yo prefiero llamar “izquierda” rosa posmoderne, ya que es hija de los intelectuales posmodernos del siglo XX que alimentaron la idea de la deconstrucción y el nacimiento de las ideologías de género, el feminismo posmoderno y del ecologismo capitalista. Sin dejar de reconocer el profundo y correcto sentido crítico de la posmodernidad sobre todo cuando se refiere al capitalismo, no deja de ser preocupante que haya llegado al extremo de diluir y deconstruir el proyecto histórico de la izquierda, abandonando a las grandes mayorías oprimidas por el sistema capitalista y conformándose con un proyecto orientado a las minorías como son los movimientos ecologistas, las feministas y la comunidad LGTBQ+.
Aunque esto pueda ser muy consistente con lo que plantean Fisher y Marx en cuanto a que todo se subordina al capital – como ocurre con el feminismo posmoderno, el ecologismo capitalista o el proyecto de la “izquierda” rosa posmoderne- ya es tiempo de reaccionar y comenzar a levantar de una vez por todas un proyecto de liberación de las mayorías oprimidas, de los desheredados, de los que tienen hambre y sed de justicia.
[1] Mark Fisher, “Realismo capitalista: ¿No hay Alternativa?» (2009)
[2] Francis Fukuyama «El fin de la Historia y el último hombre»(1992)
[3] Según Peter Baker, corresponsal jefe de la Casa Blanca (publicado en The New York Times), la escala y el alcance del mercantilismo presidencial han sido impresionantes: la familia Trump y sus socios comerciales han recaudado 320 millones de dólares en comisiones de una nueva criptomoneda. La Revista Forbes por su parte, informó de ganancias por mil millones de dólares de esta familia solo en 9 meses especulando con criptomonedas.
[4] No solo ha recibido subsidios por la venta de automóviles Tesla, también ha gozado de convenios con la NASA y eso de ser el campeón de la sostenibilidad ambiental debe ponerse entre comillas puesto que mucha de la energía eléctrica que usan sus automóviles proviene de plantas a petróleo, carbón y energía nuclear y usan baterías de litio que tienen severos impactos ambientales destruyendo acuíferos fundamentales para las comunidades andinas en la zona geográfica ubicada en el sur de América Andina, en el límite de Argentina, Bolivia y Chile. Las dos empresas que se dedican a la explotación de litio en Atacama –Sociedad Química y Minera de Chile (SQM) (Chile) y Albemarle (EE. UU.)–, tienen permisos para extraer casi 2.000 litros de salmuera por segundo.
[5] Marx & Engels, Manifiesto del Partido Comunista” (1849)
[6] Meadows et al, «Los Límites del Crecimiento: Un informe para el Proyecto del Club de Roma sobre la situación de la humanidad» (1972)
[7] Mecanismo de lucha contra el cambio climático propuesto inicialmente en el Protocolo de Kyoto en 1997 y consiste en la emisión de permisos para limitar las emisiones y que se pueden transar, de forma tal que aquellos que tienen derechos a contaminar y no los utilizan porque no emiten gases de efecto invernadero (GEI) como Elon Musk con sus vehículos Tesla, los pueden vender a quienes sí los necesitan como la producción de automóviles a gasolina. Este ha sido otro gran negocio de Musk.
El autor es Economista e integrante del Centro de Estudios para la Industrialización (CEI) USACH
