En las distintas casas de la memoria

por Edmundo Moure

Vuelvo a esperar el año, como tantas veces, en las distintas casas de la memoria, desde bibliotecas más o menos numerosas, con un libro abierto; leo todo lo posible mientras se articulan los preparativos de la última noche del año y Ella se afana en brindar una cena que resulte tan inolvidable como un cuento de Chéjov o una novela de Tolstoi o la Carta al Greco, de Kazantzakis.

Cuanto más cerca de la medianoche pueda leer, mejor se me dará el Año Literario 2024. Hablo de este, en el que pongo mis esperanzas, más allá de cualquier crítica entre pares por no haberme hecho escéptico medio siglo antes, y seguir aguardando imposibles milagros en la inhospitalaria morada de los escribas, esa donde esperamos la invitación a la mesa de los selectos.

El mínimo de acercamiento horario, para esta manía supersticiosa, es de quince minutos antes de las 0 horas. Si logro leer en los cinco minutos finales, el resultado será óptimo.

Así, estoy ahora leyendo El astillero, de Juan Carlos Onetti (1909 – 1994); voy en la página 134 de 215. Es una deuda mía con el gran autor uruguayo. ¡Qué tremendo narrador! Espero darle el abrazo número tres; el primero será para Marisol, el segundo, para la Sol.

«Juan Carlos Onetti, lucidez ante la inutilidad de la vida, una idea casi vertiginosa de la muerte y esa otra luminosa poética de la incertidumbre y la relatividad de la existencia…».

La biblioteca que soñamos infinita

Alguien me reprende a viva voz; hace siete minutos de la medianoche, ya fueron dados los abrazos importantes, ya comienzan los fuegos artificiales en la plataforma ubicada frente al ventanal del departamento de mi amigo y paisano, de estirpe orensana, Guillermo Martínez Wilson, fino narrador, pintor y dibujante por añadidura.

Recibo los reproches, como cuando tenía doce años de edad y mi abuela me regañaba por distraerme —abstraerme— en los momentos cruciales de la vida cotidiana; pero ahora es mucho más grave, pues cumpliré en 2024, 83 años.

Guillermo tiene aquí, en su casa de Viña del Mar, una nutrida biblioteca y sólo de ojear los títulos, veo con angustia nuevas obligaciones de lectura, como si fueran nuevos apremios amorosos para los cuales no quedan ímpetus, lo que equivale a la escasez de tiempo para afrontar esa labor entrañable de leer.

Alguien comenta, en medio de los brindis que unen la ilusoria frontera de ambos años, que este viejo escriba: «no tiene remedio».

Yo me río —también lloro para mis adentros— y deseo con perfecta y renovada sinceridad, a todos quienes identifico en mis caminos, un Feliz Año Nuevo, y un abrazo joven para el libro que somos en la biblioteca que soñamos infinita, a pesar de cronos y del olvido.

(Fuente: Cine y Literatura)

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