En el bosque extraviado de nuestros sueños

por Edmundo Moure

Arte de vida (1970), de Efraín Barquero (1931 – 2020), es un libro que me impresionó profundamente. Prosa en apariencia sencilla, cargada de significaciones poéticas, de acento nostálgico, desde la fuerza evocativa de su lar en Lo Gallardo. Como si al recordar, el poeta se sintiera un extraño entre sus propias palabras. Un ser aislado en medio del recuerdo de sus afectos.

La compañera y otros poemas; el poema «La miel heredada», concluye con versos inolvidables que la memoria del lector y poeta recoge: «Yo nací cuando ardían las fogatas de mayo/ y lo primero que recuerdo/ es la voz del río y de la tierra».

Estos hallazgos míos datan de 1981, aunque entonces no tenía yo la perspectiva estética y vital de hoy, también extranjero entre mis escritos. Supe que Efraín Barquero estaba por aquellos días exiliado en Estrasburgo, al norte de Francia.

Me lo contó el poeta y compañero en la Casa Escrita, Raúl Mellado, amigo de Barquero. Le pedí su dirección, para escribirle; necesitaba hablar de su extrañeza, intuyendo quizá las interrogaciones de la mía en ciernes. Raúl se hizo el desentendido durante un mes, hasta que mi porfía torció su voluntad y me escribió los datos en un papel, con tinta verde.

Escribí al poeta y me respondió, con sencilla cordialidad. Durante varios meses, mantuvimos asidua correspondencia. Yo le enviaba modestas noticias literarias de Chile, libros, un par de poemarios míos; él respondía también con envíos de volúmenes, a través de un correo que no era tan oneroso como hoy.

Luego de la lectura de mi libro La voz de la casa, me hizo llegar La poética del espacio y El agua y los sueños, de Gaston Bachelard, ambos en francés. Le conté mi anécdota con Jorge Teillier, cuando el poeta de Lautaro, después de leer La voz de la casa, me respondió de manera exquisitamente literaria, obsequiándome, sin agregar palabra, La casa del aliento, novela autobiográfica, virtual poema en prosa, del estadounidense sureño, William Goyen.

Diálogo entre poetas, respuestas alegóricas a través del intercambio y agasajo de libros. ¿Qué mejor ejercicio de esa extraña empatía que puede ser la fraternidad literaria?

Epístolas interrumpidas

En 1983, Barquero abandonó el frío norte y se trasladó a Aix en Provence, en busca del sol y de los bosques.

Ya instalado, Efraín me preguntó, en una de sus cartas, si era posible que me hiciera llegar un nuevo libro suyo, impreso y anillado (no había entonces la maravilla de internet, esto de «adjuntar» escritos de cualquier tamaño), para que yo se lo revisara y le sugiriese posibles cambios, editándolo, en verdad.

Me recalcaba el poeta que había perdido parte del lenguaje de la tribu y solicitaba mi concurso para recuperarlo en aquellos versos agrupado en un título quizá demasiado explícito: era «Un desterronado», es decir, un ser arrancado de sus terrones germinados —como él experimentara el atroz desarraigo—, que pugna por restituirlos a través de la memoria poética, sin derramar en ellos esa extranjería de la angustia que es todo exilio.

En realidad, aquello fue para mí un grande e inesperado honor, al que accedí con mi mejor ánimo y buena voluntad. Cumplida la encomienda, Efraín me agradeció en una de sus últimas cartas, destacando que había aceptado el 98 por ciento de mis sugerencias; halago y gratificación; me llamó «amigo ojo de tigre».

Después, en carta posterior, habiéndole narrado yo mis encuentros bohemios con Jorge Teillier, Álvaro Ruiz, Tote España y Rolando Cárdenas, en la Unión Chica, refugio parroquiano en Nueva York 11, Barquero me pidió referencias más precisas de Rolando Cárdenas, a quien quería como amigo y apreciaba como poeta.

Le respondí, lo mejor que pude; al final de mi carta, deslicé algunos comentarios míos acerca de la dipsomanía irremediable del poeta puntarenense, que lo aniquilaba a ojos vista, sin ánimo de moralina enjuiciadora, sino como el lamento de un compañero, por lo demás, nada ajeno a esas etílicas y desaforadas convivencias. Pero algo en mis palabras, al parecer, perturbó a Barquero y la relación epistolar se interrumpió para siempre.

A comienzos de los 90, Efraín Barquero regresó a Chile. Publicó su poemario Mujeres de oscuro, libro premiado en 1993 por la Academia Chilena de la Lengua. Es una suerte de condensación de aquel texto que yo había editado, diez años antes. Nunca más pude contactarlo.

Cuando se celebró el otorgamiento del Premio Nacional de Literatura en 2008, estuve cerca de él, a punto de saludarle, pero lo sentí lejano, como a un extranjero fuera de su patria y de su terruño. Sí, me dolió ese desencuentro, para el que carezco de una explicación certera.

Una mesa sin brindis

Hace unos días, mi buen amigo, Víctor Escobar, me obsequió Mujeres de oscuro, edición 2017 de Ediciones Universitarias, con prólogo de Naín Nómez, destacado académico y exegeta suyo. Lo leí anoche, con una mezcla de pena y regocijo.

Somos extraños los escritores, los poetas; nuestras interacciones parecen, en ocasiones, signadas por un prurito de desconfianza y desencuentro que nos vuelve extranjeros, convidados de piedra en una mesa donde no somos capaces de reconocer ni el aroma del pan ni el sabor de un vino que de pronto nos hiere, como si no mereciéramos su brindis. Transcribo el último poema del libro, como si fuera una respuesta a mi extrañeza:

Cada cierto tiempo viene un visitante
a sentarse a nuestra mesa.

Viene antes de lluvias o sequías.

Es el mismo siempre
          Más joven o más viejo
y vuelve a partir sin que nadie lo vea.

Sólo los niños hablan del viajero por unos días.

Entonces aparece de nuevo
más viejo que la última vez
      o es que los niños han crecido
o es que falta alguien en la casa.

Entonces llega el forastero
           como si quisiera decirnos algo
pero se contenta con mirar la mesa
          el techo, las colinas.

Y nosotros evitamos preguntarle de dónde viene.

Nos daría vergüenza preguntarle
a la gran ausencia
     por las pequeñas ausencias.

Entonces viene
     Cuando tenemos pudor de las palabras.

Entonces aparece el extranjero.

Sí, somos todos, a la postre, ese extraño, extranjero, forastero, ese desconocido que silba en el bosque extraviado de nuestros sueños.

(Fuente: Cine y Literatura)

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