El peligroso juego de Netanyahu

por Fred Weston

Los medios de comunicación hablan mucho sobre la presión diplomática que están ejerciendo sus aliados en Washington sobre el gobierno israelí para evitar una escalada de la guerra en Gaza hacia un conflicto regional. Y sin embargo, toda la situación se ha estado moviendo precisamente en la dirección de una conflagración mucho más amplia, que implica a varios frentes: desde Cisjordania hasta la frontera norte con Líbano, pasando por los hutíes en Yemen y los bombardeos en Siria, Irak y Pakistán, en los que también está implicado Irán. Los últimos bombardeos estadounidenses y británicos contra los hutíes ponen de relieve este riesgo.

Pero hay otro frente, interno, en el que Israel se enfrenta a una crisis sin precedentes en sus 76 años de historia. Las guerras anteriores han sido, por lo general, operaciones bastante cortas y nítidas, con la excepción del conflicto de 1982-85 en el Líbano. Llevamos más de 100 días de guerra y se espera que dure algún tiempo. Y sin embargo, a pesar de la inmensa muerte y destrucción infligida al pueblo palestino, Netanyahu no está ni siquiera cerca de alcanzar sus objetivos declarados.

La devastación en Gaza está a la vista de todos, y se está intensificando en Jan Yunis y sus alrededores mientras publicamos este artículo, con escenas similares a las que se han visto en el bombardeo de la ciudad de Gaza, incluidas las amenazas a los hospitales y el cierre de las vías de escape para los civiles. El número de muertos, el nivel de destrucción y el número de desplazados no tienen precedentes en las décadas de conflicto palestino-israelí, y las autoridades israelíes afirman que es probable que los combates continúen durante varios meses más.

El número real de víctimas mortales en Gaza sobrepasa los 30.000, con más de 26.000 muertos declarados oficialmente y otros 7.000 desaparecidos, sepultados bajo los escombros. Dos tercios de las víctimas son mujeres y niños. Otras 63.000 personas han resultado heridas, mientras que más de 1,9 millones han sido desplazadas internamente, es decir, el 85% de la población total.

Según un reciente artículo de The Guardian “Alrededor de 65.000 viviendas han quedado destruidas o inhabitables. Otras 290.000 han sufrido daños. Eso significa que cerca de medio millón de personas no tienen un hogar al que regresar”.

No sólo se han visto afectadas las viviendas. 23 de los 36 hospitales de Gaza han quedado destruidos, mientras que más de 100 escuelas han sufrido graves daños. Las redes de suministro de agua, alcantarillado y distribución de energía han sufrido graves daños. Las infraestructuras han sido reducidas a escombros y el suelo está sembrado de municiones y proyectiles sin detonar.

Incluso cuando alguna u otra casa haya quedado en pie, no significa que sea habitable. Se ha producido un aumento masivo de los casos de diarrea que afectan a los niños. La situación ha llevado a la Organización Mundial de la Salud a alertar de que en Gaza podría morir más gente por enfermedad que por los bombardeos de Israel. Y ahora, funcionarios de la ONU han declarado que una cuarta parte de la población se está muriendo de hambre.

Netanyahu fracasa en sus objetivos

Y sin embargo, a pesar de todo esto, Netanyahu está muy lejos de lograr su objetivo, que es el de destruir a Hamás como fuerza de combate. El ejército israelí afirma haber matado a unos 9.000 combatientes de Hamás. Antes de esta guerra, las estimaciones sobre el número de combatientes de Hamás y la Yihad Islámica Palestina (YIP) en la Franja de Gaza oscilaba entre 40.000 y 50.000. 

Por lo tanto, tal y como están las cosas, todavía hay una fuerza de combate significativa incrustada en Gaza, por no mencionar el importante apoyo que Hamás ha ganado en Cisjordania, Jerusalén Este y a través de los campos de refugiados palestinos como resultado de la brutalidad de la guerra genocida de Israel en Gaza.

Destruir esta fuerza requeriría muchos meses de una guerra urbana prolongada, sistemática, casa por casa, túnel por túnel, calle por calle. Hasta ahora, el ejército israelí ha perdido más de 200 soldados en los combates de Gaza, según las últimas cifras de las FDI, y más de 1.000 han resultado heridos. Para alcanzar los objetivos de Netanyahu, se perderían muchos más, y la reciente muerte de 21 soldados en un solo incidente (en el que sus propias minas, colocadas para destruir viviendas palestinas, fueron detonadas por un certero disparo de RPG) confirma muy claramente esta perspectiva.

Ahora bien, algunos altos funcionarios israelíes han estado diciendo que los dos objetivos -destruir a Hamás y liberar a los rehenes- se excluyen mutuamente. Los rehenes, de hecho, parecen ser lo último en la lista de prioridades de Netanyahu. Pero para apaciguar a la opinión pública nacional, ha seguido haciendo promesas de rescatarlos y traerlos de vuelta a casa.

Es comprensible que la principal preocupación de las familias de los rehenes sea que sus parientes regresen vivos a casa. Su enfado por la aparente despreocupación de Netanyahu quedó gráficamente ilustrado por una dramática escena en la que familiares de los rehenes irrumpieron el lunes en una reunión del comité de finanzas de la Knesset, gritando a los presentes en la reunión que se concentraran en liberar a los rehenes.

De hecho, las familias de los rehenes avergüenzan a Netanyahu, ya que organizan manifestaciones ante su domicilio particular. El hecho de que, según los informes, al menos 27 de los rehenes tomados el 7 de octubre murieran bajo los bombardeos israelíes, y que tres fueran asesinados por soldados israelíes mientras ondeaban una bandera blanca, añade fuerza a las demandas de las familias de que se haga al menos una pausa temporal para permitir que prosigan las negociaciones.

Las familias exigen que se llegue a un acuerdo, aunque ello suponga una interrupción prolongada de los combates, la retirada de las tropas y la liberación de los presos palestinos. El gobierno está sometido a una inmensa presión en esta cuestión, con divisiones internas que se discuten abiertamente.

Según un informe de Axios, parece haber una propuesta sobre la mesa para una “pausa” en la guerra que podría prolongarse hasta un periodo de dos meses, permitiendo una liberación escalonada de los rehenes restantes a cambio de la liberación de una cierta cantidad de presos palestinos detenidos en cárceles israelíes. informes posteriores indican que se ha avanzado muy poco en la consecución de dicho acuerdo, y funcionarios israelíes anónimos afirman que toda la historia es “falsa”, lo que ha sido ampliamente difundido dentro de Israel. 

El escollo es que Hamás ha exigido el fin total de la guerra para que se produzca dicho intercambio. El gobierno de Netanyahu, en cambio, propone reanudar los combates una vez liberados los rehenes.

Netanyahu sigue manteniendo su postura de que un acuerdo que contemple permitir que Hamás siga controlando Gaza está descartado. Esto está en consonancia con lo que ha venido diciendo para el escenario de posguerra, se mantendría la presencia del ejército israelí y asumiría la responsabilidad general de la “seguridad”.

El “acuerdo”, según informa Axios.com, es un ejemplo clásico de intento de cuadrar el círculo. Pone a los dirigentes de Hamás -en caso de que acepten dicha oferta- en la tesitura de renunciar a la única baza de negociación que aún tienen sin ninguna garantía de que la guerra termine. Si liberan a todos los rehenes y se reanudan los combates, la devastación continuará. Parece que Hamás podría estar dispuesto a liberar a algunos de los rehenes a cambio de una pausa prolongada, pero sólo consideraría liberarlos a todos si se acuerda un alto el fuego permanente, con grandes actores internacionales que garanticen el acuerdo.

Para facilitar un acuerdo de este tipo, la propuesta parece incluir la liberación de más prisioneros palestinos en un futuro intercambio por los rehenes. El problema es que Netanyahu ha excluido cualquier compromiso de poner fin a la guerra. Hasta hace poco excluía cualquier pausa prolongada, o alto el fuego, temiendo que tal escenario pudiera acabar con su gobierno teniendo que aceptar algún tipo de acuerdo internacional, y no pudiendo reanudar el bombardeo de Gaza. En esta línea de argumentación, cuenta con el respaldo de sus amigos de extrema derecha en el gabinete.

Netanyahu ha insistido en que los rehenes restantes serían rescatados por el ejército israelí en su guerra contra Gaza. Sin embargo, hasta ahora, el hecho es que de los 110 rehenes liberados, sólo uno fue liberado por las fuerzas israelíes. Cuatro fueron liberados por Hamás unilateralmente y los otros 105 fueron liberados en un acuerdo de intercambio de prisioneros. Los rehenes liberados fueron devueltos a sus hogares como resultado de las negociaciones, durante una pausa en los combates.

Netanyahu ha estado repitiendo su mantra de que la guerra continuará hasta que se hayan alcanzado todos sus objetivos. Si sigue por este camino, la situación corre el riesgo de convertirse en una guerra que podría desestabilizar todos los regímenes de Oriente Próximo. Al mismo tiempo, se está sumando a los factores que actualmente empujan a la economía mundial hacia una recesión. Esto tiene importantes implicaciones para las potencias imperialistas tanto en Europa como en Norteamérica. La enorme reducción del tráfico a través del Canal de Suez ya está teniendo efectos. 

La guerra perjudica a la economía israelí

Las divisiones que atraviesan toda la sociedad israelí salieron a la superficie el año pasado en el enorme movimiento contra los intentos de Netanyahu de cambiar el sistema judicial. Ahora, con sus acciones, ha desestabilizado aún más el frente interno, tanto política como económicamente.

La economía israelí está sintiendo el impacto de la guerra actual. La movilización de unos 300.000 reservistas es la mayor desde la guerra de 1973 y ha provocado una escasez de mano de obra en toda la economía, con la consiguiente contracción del PIB.

La mano de obra palestina desempeñaba un papel especialmente importante en el turismo, que prácticamente ha colapsado, la construcción y la agricultura antes de que comenzara esta guerra. Desde el 7 de octubre, los numerosos palestinos de los Territorios Ocupados empleados en estos sectores tienen prohibida la entrada en Israel.

Los palestinos constituían entre el 65% y el 70% de la mano de obra del sector de la construcción en Israel. Esto explica por qué el sector de la construcción israelí ha pedido al gobierno que autorice la contratación de 100.000 trabajadores de la India para sustituir a los palestinos, que ahora sufren, además de todo lo demás, la pérdida de puestos de trabajo y de ingresos.

Un artículo titulado “La mitad de las obras de construcción israelíes cerradas” describe el impacto que está teniendo esta situación:

“La parálisis de la industria de la construcción puede traer daños sustanciales a toda la economía. Según las estimaciones del Ministerio de Hacienda presentadas la semana pasada a la Comisión Especial de la Knesset sobre Trabajadores Extranjeros, la industria perderá 2.400 millones de NIS de producto a la semana y, dado que se prevé que la situación actual continúe en los próximos meses, podría perderse hasta el 3% del PIB anual nacional.”

A una situación similar se enfrenta el sector agrícola, que tradicionalmente ha dependido de miles de trabajadores palestinos, junto con emigrantes tailandeses, para trabajar la tierra y recoger las cosechas.

La falta de trabajadores ha dejado ahora frutas y verduras sin recoger pudriéndose en los campos. Yuval Lipkin, subdirector general del Ministerio de Agricultura de Israel, explicó a Reuters que “la agricultura israelí atraviesa su mayor crisis desde la creación de Israel”. Esto se está notando en la vida cotidiana de la gente corriente, con una espiral de precios de los alimentos básicos.

El sector de la alta tecnología israelí es otro ejemplo. Es el sector más productivo de la economía, da empleo a cerca del 12% de la mano de obra total, produce el 18% del producto interior bruto y representa aproximadamente el 50% de las exportaciones de Israel. Ahora, decenas de miles de trabajadores de alta tecnología han sido llamados a filas.

A esto hay que añadir el problema de los 200.000 israelíes que se han visto desplazados internamente tras la evacuación de las personas que vivían cerca de las fronteras con Líbano y Gaza. Han tenido que abandonar sus puestos de trabajo, mientras que los que trabajan por cuenta propia corren el riesgo de ver destruidos sus medios de subsistencia. Y según la Autoridad de Población e Inmigración israelí, 470.000 israelíes han abandonado el país desde el ataque del 7 de octubre, ¡es decir, el 5% de la población total!

Según el Ministerio de Trabajo de noviembre, el número total de personas que han quedado fuera del mercado laboral a causa de la guerra -ya sea porque han sido llamados a filas, desplazados o porque han dejado de trabajar porque se ha interrumpido el trabajo en sus sectores- se estimaba en el 18% de la población activa de Israel.

Según la Oficina Central de Estadística de Israel, algunas industrias han sufrido una caída de más del 70% en sus ingresos, siendo las empresas más pequeñas las más afectadas. Muchas han quebrado o se enfrentan a la amenaza de tener que cerrar. Desde este estrato se critica mucho la política del gobierno. Creen que el Gobierno no hace lo suficiente para ayudar a las empresas en dificultades. Esto explica también la reciente desmovilización de varios miles de soldados en un intento de aliviar la presión sobre la economía.

Desplome económico, inflación y pobreza

Según el Banco de Israel, la economía se contrajo en torno al 2% en el último trimestre de 2023, mientras que el gasto de los consumidores ha disminuido desde el atentado del 7 de octubre.

A todo esto hay que añadir el creciente coste de la guerra en sí, que hasta ahora ha alcanzado una cifra de unos 60.000 millones de dólares. Esto equivale al presupuesto militar anual del Reino Unido para todo 2023. Pero el PIB del Reino Unido fue de unos 3,2 billones de dólares el año pasado, mientras que el de Israel fue de 520.000 millones. Por lo tanto, Israel ha gastado en sólo tres meses lo que el Reino Unido gasta normalmente en un año, a pesar de tener un PIB de sólo una sexta parte del del Reino Unido. La deuda pública de Israel se acerca a los 300.000 millones de dólares. La guerra actual está aumentando significativamente esa cifra.

El gobierno israelí modificó recientemente su presupuesto para 2024, añadiendo un gasto adicional de 15.000 millones de dólares, en su mayor parte para financiar la guerra y compensar a los perjudicados por la situación actual. Pero si la guerra continúa, como Netanyahu ha insistido repetidamente, es posible que esta cifra tenga que modificarse varias veces.

Es cierto que Israel tiene una economía avanzada y que entró en esta guerra con 200.000 millones de dólares de reservas. Pero cuanto más se prolonga la guerra, más se consumen estas reservas. Si la guerra se convierte en un conflicto total con Hezbolá en el Líbano, en Cisjordania y más allá, el coste podría duplicarse o incluso triplicarse. Analistas serios afirman que el impacto económico dentro de Israel podría ser diferente a todo lo que el país ha experimentado en décadas.

Antes del 7 de octubre, se esperaba que el déficit presupuestario anual de Israel para 2023 fuera de sólo el 0,9% del PIB. Pero el presupuesto enmendado para 2024 ha aumentado significativamente el gasto en defensa, al tiempo que impone recortes en gran parte del gasto civil, elevando el déficit previsto al 6,6% del PIB.

La ralentización global de la economía mundial, agravada por las subidas de los tipos de interés, había provocado un lento descenso de la inflación en Israel. Ahora, sin embargo, el Banco de Israel ha expresado su preocupación por que la inflación pueda empezar a subir de nuevo debido a los efectos de la guerra.

La inflación de los precios de los alimentos ha sido especialmente alta, afectando a los 1,4 millones de personas (14,5% de la población) que sufren inseguridad alimentaria incluso en “tiempos normales”. Según un artículo del Times of Israel, el 20% de las tierras agrícolas de Israel se encuentran cerca de la frontera con Gaza, y otro 10% cerca de la frontera norte con Líbano.

Como explica el artículo:

“En todo el país se ha perdido alrededor del 40% de la mano de obra agrícola (30.000 personas). Los trabajadores extranjeros, en su mayoría tailandeses, volvieron a casa tras el comienzo de la guerra, mientras que a los palestinos no se les permite actualmente entrar en el país”.

Y esto ha repercutido en el precio de algunos productos alimentarios básicos:

“En la primera semana tras el estallido de la guerra, los precios del tomate subieron cerca de un 50%, y en diciembre el precio al por mayor seguía siendo un 33% más alto que justo antes de la guerra, según el informe. El precio de los pepinos aumentó cerca de un 90% durante este periodo. El precio de las patatas subió alrededor de un 40% en las dos primeras semanas de la contienda, y en diciembre el precio al por mayor seguía siendo un 20% superior al de antes de la guerra”.

Esto está afectando a las capas más pobres de la sociedad israelí, ya que Israel es uno de los países de renta alta más desiguales del mundo. El 10% más rico gana 19 veces más que el 50% más pobre de la población. Esto afecta especialmente a los palestinos que tienen la ciudadanía israelí, ya que constituyen dos tercios de los que sufren inseguridad alimentaria. Pero también se ha visto afectada una capa de la población judía.

Netanyahu, Hamás y el gran fracaso de la seguridad

Como vemos, es evidente que Netanyahu ha fallado a mucha gente en Israel, sobre todo a los trabajadores de a pie del país y a las pequeñas empresas. Ha intentado presentarse como el hombre que puede hacer que los judíos de Israel se sientan seguros. Y también en este frente ha fracasado estrepitosamente.

Es bien sabido que, durante años, promovió una política para mantener a Hamás en el poder en Gaza. ¿Por qué? Porque de este modo, Gaza y Cisjordania permanecían políticamente divididas. Un pueblo palestino dividido se consideraba la mejor manera de hacer retroceder cualquier idea de un Estado palestino.

El New York Times publicó en diciembre un interesante artículo sobre esta cuestión: “Comprando la tranquilidad: detalles del plan israelí que apuntaló a Hamas”. El artículo explica que “durante años, el gobierno qatarí había estado enviando millones de dólares al mes a la Franja de Gaza, dinero que ayudó a apuntalar el gobierno de Hamás allí. El Primer Ministro de Israel, Benjamin Netanyahu, no sólo toleraba esos pagos, sino que los había alentado”. El artículo continúa describiendo las ideas que subyacen a esta política.

Un artículo más reciente aparecido en el sitio web de la BBC, “Eran los “ojos de Israel en la frontera”, pero sus advertencias a Hamás no fueron escuchadas”, basado en entrevistas con jóvenes soldados israelíes que estaban destinadas en los puestos de observación del ejército israelí cerca de la frontera con Gaza, es muy revelador. Su trabajo consistía en informar de cualquier movimiento sospechoso a través de la valla perimetral. El artículo informa de que “en los meses previos a los ataques de Hamás del 7 de octubre, empezaron a ver cosas: prácticas de asalto, simulacros de toma de rehenes y granjeros comportándose de forma extraña al otro lado de la valla”.

Estas observaciones se comunicaron a funcionarios superiores, pero no se hizo nada al respecto. Desde el atentado del 7 de octubre se ha informado de otras advertencias de este tipo, que señalan al propio Netanyahu.

Teniendo en cuenta el historial de Netanyahu, es creíble que fuera consciente de que se estaba preparando un atentado, pero que no se diera cuenta de su gravedad. Probablemente pensó que, teniendo en cuenta la creciente oposición a la que se enfrentaba en el frente interno, un atentado menor sería útil como instrumento para azuzar la “unidad nacional” y distraer la atención de los numerosos problemas de la sociedad israelí, por no hablar de sus escándalos personales.

El atentado, por supuesto, resultó ser mucho más grave de lo que había imaginado, poniendo en el punto de mira su papel en toda la gestión de la seguridad.

Conflicto abierto en el gabinete de guerra

Las tensiones que recorren toda la sociedad israelí se están reflejando en la división abierta en el propio gobierno. El ex jefe militar Gadi Eisenkot ha pedido que se celebren elecciones en unos meses y ha acusado al gobierno de no decir la verdad a la opinión pública sobre la guerra de Gaza. En una declaración televisada, afirmó que “debemos decir con valentía que es imposible devolver con vida a los rehenes en un futuro próximo sin un acuerdo [con Hamás]”. También planteó la idea de que el gobierno debería considerar la posibilidad de poner fin a los combates durante un periodo “significativo” para permitir que se materialice dicho acuerdo. Esto coincide con el informe de Axios.com citado anteriormente.

Bajo esta presión, tres figuras clave que componen este gabinete -Netanyahu, el ministro de Defensa Yoav Gallant (a quien Netanyahu intentó despedir pero se vio obligado a restituir en abril del año pasado) y el ex jefe de las fuerzas armadas israelíes, Benny Gantz- se critican abiertamente en público. Las relaciones entre ellos se han deteriorado tanto que, según algunos informes, Netanyahu y Gantz apenas se hablan.

Dos grandes cuestiones están fomentando la división: si Israel debe iniciar negociaciones para poner fin al conflicto, preparando así el terreno para la liberación de los rehenes; y cómo debe administrarse Gaza una vez finalizada la guerra. Gallant está presionando para que el gobierno adopte un plan que contemple algún tipo de administración propia palestina en Gaza, combinada con una fuerza internacional de “mantenimiento de la paz”.

Gantz, expresando con mucha más fuerza la presión de las familias de los rehenes y la fuerte opinión pública sobre esta cuestión, está presionando para que se negocie con Hamás la liberación de los rehenes restantes. También hay divisiones sobre la duración de los combates en Gaza, si hay que empezar a reducir las operaciones o si hay que continuar.

Biden defiende la idea de una solución de dos Estados. Pero, ¿qué tipo de Estado sugiere que se conceda a los palestinos? En sus propias palabras: “Hay varios tipos de soluciones de dos Estados. Hay una serie de países miembros de la ONU que… no tienen ejército propio”.

Se trataría, por tanto, de un Estado sin ejército propio, sin “cuerpos armados”, que nunca podría resistir la entrada del ejército israelí cuando la clase dominante sionista lo considerara necesario, un “Estado” que nunca podría resistir futuros bombardeos como la carnicería actual que está teniendo lugar. Esto es más o menos un refrito de la desacreditada Autoridad Palestina, es decir, no es un Estado en absoluto.

Hasta hace muy poco, Netanyahu, junto con sus amigos más ultraderechistas del gabinete, se había resistido a las presiones para avanzar hacia algún tipo de acuerdo negociado con Hamás. El jueves declaró que “continuaría la lucha con toda su fuerza” hasta la “victoria total sobre Hamás”.

Y en respuesta a Biden, ha declarado que se opone a cualquier tipo de “solución de dos Estados”, incluso a la ‘no estatal’ que sugiere la Administración estadounidense, y que no se conformaría con nada que no fuera “el pleno control de seguridad israelí de todo el territorio al oeste del río Jordán”.

Los imperialistas occidentales no creen seriamente en una solución de dos Estados, pero deben seguir defendiendo de boquilla la idea de que están comprometidos con un futuro Estado palestino (de algún tipo) para legitimar su pleno apoyo a Israel. Aunque incluso ellos están divididos, con gente como Trump adoptando una posición más beligerante. Al renunciar abiertamente a tal resultado, Netanyahu ha colocado a personas como Biden y la UE en una posición muy vergonzosa.

El conflicto abierto en la cúpula del gobierno israelí refleja el conflicto más antiguo dentro de la clase dirigente, que condujo a la crisis constitucional del año pasado, pero que se ha agudizado enormemente con la guerra.

Luchando por mantenerse en el cargo

Netanyahu ha tenido un objetivo principal durante toda esta crisis: mantenerse en el cargo a toda costa. No ha hecho nada por las capas de menores ingresos de la sociedad israelí, ni por los judíos ni por los palestinos. Pero en un intento de “unir a la nación”, o al menos a los judíos de Israel, ha intensificado la propaganda sionista y se ha inclinado cada vez más hacia la extrema derecha.

Eso explica por qué tiene tantos sionistas ultranacionalistas y ultraortodoxos de extrema derecha en su gabinete, como Ben-Gvir, que dirige el Partido del Poder Judío de extrema derecha; o Smotrich, que dirige el Partido del Sionismo Religioso de línea dura, ambos colonos ilegales en la Cisjordania ocupada, y que nunca han ocultado sus opiniones racistas extremas. Ambos han estado intentando provocar una escalada con el objetivo final de la expulsión de los palestinos de Jerusalén Este y Cisjordania. Con Netanyahu, han tenido muchas oportunidades de perseguir sus objetivos.

Sin embargo, según una encuesta reciente, sólo el 15% de los israelíes cree que Netanyahu debería seguir en el cargo cuando termine la guerra de Gaza. Y si las elecciones se celebraran hoy, su partido, el Likud, sólo obtendría 16 escaños, frente a los 32 que tiene actualmente en el Knesset, de 120 miembros. Su coalición en su conjunto obtendría sólo 45 escaños, frente a la escasa mayoría de 64 escaños que tiene actualmente.

Al Likud le iría algo mejor si Netanyahu dejara de ser el líder del partido, aunque seguiría retrocediendo significativamente. Mientras tanto, el partido Unidad Nacional de Benny Gantz triplicaría sus escaños de 12 a 37, y una coalición en torno a Gantz surgiría con una fuerte mayoría en la Knesset.

Netanyahu es, por tanto, muy consciente de un hecho: una vez que termine la guerra y se convoquen elecciones, su carrera política habrá terminado. Dentro del propio campo sionista han aumentado las críticas. El comentarista militar Amos Harel, escribiendo en Haaretz, considerado un periódico liberal, ha declarado que: “Netanyahu ya no piensa en el bien del país, sino en su propia salvación política y legal”.

Ha sido acusado de soborno, fraude y abuso de confianza en las causas judiciales que se han abierto contra él. Está claro que hay un ala de la clase dirigente trabajando contra él, como vimos el año pasado durante las enormes protestas callejeras contra su gobierno.

Netanyahu sabe que tiene los días contados. Eso explica por qué ha estado alargando la guerra. Necesita desesperadamente algún tipo de logro militar del que presumir, en un intento de recuperar parte del apoyo que ha perdido. El provocador asesinato del segundo al mando de Hamás en Beirut, el asesinato de un alto mando de Hezbolá en el sur del Líbano y los ataques contra funcionarios iraníes en Siria forman parte claramente de esta estrategia.

Esto explica también por qué sigue enfrentándose a las propuestas del imperialismo estadounidense, que ha mostrado su preocupación por la posibilidad de que la guerra actual se recrudezca. Netanyahu sabe muy bien que Israel es el único aliado estable real del imperialismo estadounidense en la región. Y también sabe que, haga lo que haga, el gobierno estadounidense tendrá que respaldarle, incluso si provoca una escalada de la guerra.

Como hemos visto, Netanyahu ha fallado a los judíos de a pie que viven en Israel en muchos frentes. Sus políticas están sumiendo a Israel en una profunda crisis económica. La gente corre el riesgo de perder sus empleos y sus negocios. El atentado del 7 de octubre puso de manifiesto que las fuerzas de seguridad israelíes no son el cuerpo invencible, todopoderoso y que todo lo ve como se presenta, capaz de garantizar la seguridad de los  judíos en Israel. El papel de Netanyahu en todas estas crisis ha quedado a la vista de todos. También ha fallado a las familias de los rehenes.

Esto no significa que haya una oposición masiva a la guerra de Netanyahu contra Gaza. Todas las encuestas de opinión muestran que la inmensa mayoría de los judíos de Israel apoyan la guerra. En una encuesta reciente, el 87% de los judíos israelíes expresaron su apoyo a la idea de que Hamás debía ser destruido. Una gran parte de la población se siente insegura tras el ataque del 7 de octubre, y los sionistas están explotando al máximo este estado de ánimo. Sin embargo, también es cierto que una capa significativa está descontenta con la forma en que Netanyahu ha gestionado toda la situación, y especialmente la cuestión de la liberación de los rehenes. Todo esto se hará aún más evidente cuando termine la guerra.

Lo que ha mantenido a Netanyahu en el cargo hasta ahora ha sido la guerra. Pero las cosas pueden convertirse en su contrario a medida que todas las contradicciones salgan a la superficie, especialmente a medida que se haga más evidente que Netanyahu no puede alcanzar sus objetivos. Tarde o temprano, esta guerra debe terminar. Cuando lo haga, Netanyahu será destituido y podría ser condenado en los tribunales. Todos estos factores explican por qué tiene interés en provocar un conflicto cada vez mayor, empujando a Israel cada vez más cerca del abismo y extendiendo la guerra a otros frentes.

El lunes 15 de enero, las FDI retiraron varias divisiones de la Franja de Gaza y trasladaron una unidad especial de allí a Cisjordania. Según Haaretz, los oficiales de las IDF describen la situación allí como “al borde de la explosión”.

El riesgo de escalada se puso aún más de relieve en una reciente declaración del Jefe del Estado Mayor israelí, Herzl Halevi, en la que afirmaba ante soldados israelíes que “las posibilidades de una guerra en el norte son más altas que nunca”. Halevi añadió que las IDF “están aumentando su preparación para un enfrentamiento. Hemos aprendido muchas lecciones de los combates en Gaza, muy relevantes para los combates en Líbano, y hay algunas que deben corregirse”.

Si estallara una guerra abierta en la frontera libanesa y en Cisjordania, la situación cambiaría radicalmente. El escenario analizado por muchos comentaristas serios de una desestabilización más amplia en toda la región y el impacto que esto tendría en la economía mundial se haría realidad.

Tal escenario se convertiría en un factor clave para desestabilizar aún más toda la situación mundial. En tiempos de grave crisis económica, las numerosas cuestiones nacionales sin resolver, cuya responsabilidad recae sobre los hombros de los imperialistas, pueden estallar con fuerza. Y la cuestión nacional palestina tiene un carácter particularmente agudo. Los imperialistas, en particular Estados Unidos, han apoyado durante décadas a la élite sionista de Israel en su criminal opresión de los palestinos. Esto se está volviendo en su contra a medida que su sistema se hunde más y más en la crisis.

(Fuente: Revolución)

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