Elogio a Ernst Bloch. Notas sobre esperanza y utopía

por Aniceto Hevia

                                                                                          Dedicado a C.R. T. con cariño inmarcesible.

Pongámonos a escribir sobre Bloch. El mismo título de su obra mayor, “El Principio Esperanza”, evoca una palabra que parece añeja o de cura, que va a contramano de la utilidad práctica de la vida. Nos auto-observamos, percibimos el trote marcial por el sueldo, las cuentas por pagar, el ganarse la vida pequeño burgués, el endurecimiento fruto de los avatares de la lucha por la subsistencia; en fin, un ahogo que nos consume e invade el mundo de nuestros sueños y pesadillas, el insomnio. No hay tiempo. Hemos sido invadidos hasta en lo que ayer era intimidad inviolable. No hay tiempo y espacio para nuestras más intensas aspiraciones, nuestros deseos y demandas. Todo deseo parece un chispazo de un rincón imposible de la vida, mejor dejarlo de lado, nos decimos. Pero no nos dejamos de desear un tiempo sin apremios, deseamos una bella muchacha, deseamos un amor ideal, deseamos una sociedad de iguales y libres, deseamos una vida bella y en paz para todos. En ese caos de deseos apenas conscientes hay un contenido de verdad que Bloch exploró. Y su viaje intelectual valió la pena, fue una gigantomaquia contra el pensamiento burgués, contra la filosofía burguesa que, de Kant a Schopenhauer, de Nietzsche a Husserl, Heidegger y Freud. Ellos que han sido los guardianes terribles del acceso al pensar emancipatorio. Las amenazas y los rugidos de esos tótem resguardan todos los mitos de Occidente. Pocos se atreven a constatar que también esos mitos constituyen sucesivas mutaciones y modulaciones del liberalismo europeo. Ernst Bloch como Hércules limpió los establos de Augías.  

El filósofo comienza con el deseo como ajeno a toda metafísica. Piensa en el deseo realizado, ese que se nos aparece durante el día en el ir y venir que configura la experiencia corriente del hombre bajo el capitalismo. En el núcleo del deseo está el tiempo, partiendo del querer y buscar enuncia que en el hombre hay un impulso hacia el futuro. El hombre para Bloch es un ser deseante y por ello constituido con un futuro que no lo abandona jamás, el sujeto se proyecta hacia el futuro siempre, en tanto que singularidad y clase social. La humanidad sin futuro habrá perdido su humanidad, pues habrá perdido lo esencial; tanto en su singularidad, como en su clase social. Siguiendo a Bloch, podemos siempre esperar que haya un interés de parte del liberalismo en detener teóricamente el transcurso del tiempo, en negar la historia y desfigurarla; pues la historia misma es una historia de deseos revolucionarios, de ansias de “un futuro mejor”. Sin embargo, no se puede tapar el sol con un dedo, el hombre es hombre, pues desea y el deseo adviene y requiere de futuro. Es sabido cuanto nos cuesta ese futuro, ha habido turbantes amarillos, espartacos, rebeliones campesinas y de negros haitianos, jacobinos, comuneros, soviets y ejércitos nacionales de liberación. Todos estos ejemplos corroboran que la conciencia del futuro humano no está en el escritorio solitario del filósofo, sino en aquel que atrapado en la bicicleta financiera teme el futuro y tiene un súbito chispazo de otra cosa. El “esto no debería ser así”, el “me han robado la vida”, son siempre resortes que impulsan hacia adelante, a veces como una tromba imparable. Y todo parte de un chispazo de la conciencia, de una iluminación dialéctica diría su discípulo Walter Benjamin, una experiencia del mundo que se concibe alterado, reconfigurado, revolucionado; aunque no haya llegado todavía. Ese es el aún-no blochiano, el noch-nicht. Lo que deseamos, en el ahora no lo podemos realizar todavía. Aún no se puede, la realidad dada nos impone su peso. Sin embargo, agrega, eso no significa que la realidad del hombre, del capitalismo, del individuo no pueda variar, mutar cambiar para bien y sea la garantía de la realización de la demanda de un mundo humanizado. Pues lo esencial humano adquiere relevancia en cuanto se desea y surge como aún-no (noch nicht).     

El deseo aparece en la conciencia humana como un sueño, un ensoñar, operación de la imaginación que también es guiada por el deseo. El deseo produce imágenes, ensoñamos un futuro feliz no solo como individuos singulares, también como grupos sociales. Históricamente, siempre hemos soñado e imaginado una vida mejor, las llamamos utopías. Considerándolas un juego gratuito, el fruto de una fantasía lúdica que en horas perdidas se deleita con un juego ocioso. Aunque uno debe preguntarse por su persistencia; ya en la metafísica griega se plasman configuraciones de estas representaciones, me refiero a la República de Platón. Con la vuelta del platonismo en el renacimiento aparece la utopía de Tomás Moro, quien le asigna un nombre a estas imágenes y también la de Campanella. En el siglo XIX la modernidad trajo utopías modernas nacionalistas como dice nuestro himno patrio: “la copia feliz del Edén” y, también las primeras utopías técnicas, ciudades iluminadas, cascos para caballeros y sombreros para damas que en su lado superior tenían una ampolleta que se prendía debido al contacto con un cable eléctrico que se conectaba al cuerpo. Las Exposiciones Mundiales eran utopías coloniales que mataron indígenas ona de frío en París. Todo este despliegue de imágenes moduladas por diversos tiempos históricos tuvo precedentes religiosos, la Tierra Prometida, el Edén. La utopía no es un objeto de reflexión para el materialismo dialéctico de menor importancia, ha acompañado el proceso de hominización del hombre. Se han creado utopías verdaderas y falsas, las fantasías ideológicas ornamentadas de utopía caracterizan la propaganda con visos de deseo y esperanza; pienso en los imaginarios pseudo-utópicos de los nazis, fundados en mitos arcaicos y no en ensoñaciones de futuro emancipado. Ha habido enemigos declarados de la utopía, la burguesía en el siglo XVI declaró que las utopías no debían existir, a partir de allí se le ha negado su lugar en la cultura; pues es bien sabido que las verdaderas utopías pueden canalizar la acción y romper la hegemonía socio-cultural.

De los estados de ánimo Bloch distingue entre la angustia y el miedo (Angst), de carácter destructivo, negativo, pesadillesco, nocturno; y la esperanza y la confianza que resuman ensueños conscientes, diurnidad, luz, fundadas en operaciones cognoscitivas que incluyen el recuerdo. Agregando que: “Contrariamente a la angustia, la esperanza, por su acusada por su acusada intencionalidad positiva, reviste un carácter cognoscitivo que no posee ningún otro afecto. Por último, la esperanza se comporta como una potencia tan determinante, que anega a la angustia” (Principio esperanza). También ve una superación del miedo (Angst) por la esperanza, ya que esta nunca se sumerge en la nada nocturna, sino en el día, la luz amiga del hombre. En Bloch advertimos un proceso continuo desde el recuerdo a lo nuevo (novum) y la esperanza; proceso que no puede ser entendido, sino como dialéctico. Tan afincado en la realidad que la búsqueda de lo nuevo (novum) y el emerger de la esperanza auténtica no están desprovistas de “peligro” (Gefahr) y “fe” (Glaube), constitutivas de su verdad. Dice el poeta Hölderlin: “Wo Gefahr ist, wächst das Rettende auch”, es decir: “donde hay peligro, también crece la salvación”. No es la esperanza de la teología, tranquilizadora, metafísica, en la cual el sujeto debe creer en un mundo otro, pletórico de ángeles donde se viviría todo aquello que fue negado en la tierra. Al contrario, es un llamado a una fe histórica de redención telúrica que solo adviene cogiendo lo nuevo (novum) de los pueblos en plan de emancipación. El ponerse en riesgo del sujeto es consustancial a los pueblos que desean y ensueñan vívidamente lo nuevo (novum) en la más radical de sus significaciones, trabajando para hacerlo posible, alzándose sobre la angustia y el miedo. La verdadera terapia no es la del psicoanálisis, es la rebelión que elimine las constricciones que la producen, la sociedad de clases liberal y burguesa.  

Pero nada quedaba ajeno a la reflexión del filósofo. “Homo sum, humani nihil a me alienum puto”, Hombre soy, nada de lo humano me es ajeno. Para él, si el deseo es natural al hombre, ambos están inalienablemente unidos; así, hombre y naturaleza comparten su ser y relación mutua con el Cosmos. Cabe agregar, que todas las luchas también buscan la emancipación de lo natural, en tanto que lo natural forma parte de la humanidad.  

Acá me detengo.