El sionismo con rostro humano

por Alejandro Kirk

¿»Habrá calculado Hamás la reacción de Israel cuando lanzó los ataques terroristas del 7 de octubre?» «¿Consulta Hamás a los civiles palestinos antes de hacer túneles debajo de sus viviendas, disparar desde zonas urbanas y provocar los ataques de Israel»? Son interrogantes que se hace un bloguero que conozco, compungido por las matanzas del régimen israelí, y que vienen con respuesta incluida: No, a Hamás no le importa que mueran miles de mujeres y niños. Si le importaran, dejaría las armas, o pelearía a campo abierto.Digámoslo de entrada: el «sionista bondadoso» que sufre por los niños palestinos, es más peligroso, más sádico y más cruel que el «sionista malvado» que los quiere matar a todos con una bomba nuclear.

«Mira lo que me hiciste hacer», le dice el psicópata a su víctima, que se convierte automáticamente en culpable de la violencia ejercida en su contra. En esta lógica, la rebelión del 7 de octubre de 2023 es similar: al lanzar ataques contra el territorio ocupado, la resistencia palestina se convierte en culpable de provocar la previsible furia del régimen psicópata.

No se equivocan los colonialistas ultras cuando afirman que «no existen los palestinos inocentes». Porque la inocencia consistiría en rechazar la resistencia armada, y buscar «la paz» a través del diálogo con el Estado colonial, para lograr una convivencia civilizada.

No obstante, la inmensa popularidad de Hamás en Gaza -y también en los territorios ocupados de la margen occidental del rio Jordán, semi controlada por la Autoridad Palestina- sólo les enseña a los sionistas que hay que matarlos a todos.

Se atoran, los sionistas «buenos», para definir el espacio en que se realizaría la convivencia civilizada que saldría del diálogo: ¿Palestina? ¿Israel? ¿Dos estados excluyentes, uno para judíos y otro para árabes?

Los civilizados diálogos de Camp David y Oslo, el siglo pasado, llevaron a la renuncia de la lucha armada y la formación de una Autoridad Palestina sin poder alguno, que más bien ejerce como «kapo» del régimen sionista en la supresión de los movimientos de resistencia, mientras día a día se reduce el espacio de su jurisdicción, a través del sistema de Apartheid y los asentamientos ilegales.

De ahí salen Hamás, y la popularidad de Hamás. No del fanatismo musulmán. Porque el plan sionista «pacífico» es que los palestinos administren su propia desaparición a través de una «Autoridad» corrupta, sin autoridad alguna. Por lo visto, Hamás y el resto de la resistencia no tienen ya el menor interés en seguir administrando el régimen colonial en el campo de concentración de Gaza. Es lo que cambió el 7 de octubre.

La historia mundial reciente es prolífica en ejemplos de «diálogos» fallidos y «pueblos culpables» que apoyan movimientos de liberación nacional, a pesar de los castigos colectivos implacables perpetrados por los invasores: China contra Japón, la URSS contra Alemania, Vietnam contra Japón, Francia y Estados Unidos; Kenya, Ghana, Nigeria, Congo, Angola, Mozambique, Cabo Verde, Zimbabwe, Zambia, Argelia y otros contra Gran Bretaña, Bélgica, Francia, Portugal; Namibia contra Alemania y Sudáfrica, y muchos más.

En la historia humana, tal vez cientos de millones no habrían sido asesinados de haber aceptado la esclavitud, vivir de rodillas, sometidos a la muerte lenta, en lugar de rebelarse y enfrentar con los medios disponibles a los opresores.

Desde la rebelión de Espartaco, todos los movimientos de liberación comenzaron como células clandestinas en aldeas y ciudades, realizando acciones políticas y armadas, protegidos por la propia población, que es de donde salen los combatientes. Su ventaja radica precisamente en eso, en que no se diferencian, porque son ellos mismos la población.

Los invasores estadounidenses de Vietnam buscaron denodadamente, desesperadamente, aislar a los combatientes del Frente de Liberación Nacional de Vietnam del Sur (Viet-Cong) de su pueblo. Cuando fracasó el plan de las «aldeas estratégicas» de 1962, se lanzaron a masacrar civiles sin misericordia, lanzando artillería, bombardeos, napalm y agente naranja sobre los poblados y las plantaciones de arroz. El saldo fue de entre dos y tres millones de muertos, y muchos más heridos y víctimas de enfermedades genéticas que prevalecen hasta hoy, además de una catástrofe ambiental.

Los combatientes del Frente de Liberación Nacional de Argelia actuaban desde la Kashba de Argel, después objeto de películas, poemas y novelas. Un laberinto de vericuetos y rincones que los hacían intocables ante el inmensamente superior ejército colonial francés, que recurrió a las masacres y torturas colectivas. Los guerrilleros del FLN eran invencibles no por la estructura de la Kashba, sino por la gente que vivía allí.

La Kashba de Gaza son los túneles. Por eso, como en Vietnam, los invasores intentan separar a los combatientes de quienes los protegen: el pueblo gazatí. Y lo hacen destruyéndolo todo, asesinando en masa.

No hay nada de nuevo en eso. Ho Chi Minh, el líder vietnamita, sentenció: «no hay nada más importante que la independencia y la libertad», y eso incluía el alto costo en sufrimiento y muerte que imponen los agresores.

La resistencia anticolonial no es un Estado, ni un ejército. No tiene aviones, tanques ni cañones. Aun así, los palestinos se enfrentan con éxito a uno de los ejércitos más poderosos del mundo.

En su apoyo, el empobrecido Yemen tiene a la economía israelí de rodillas, e impotente a una coalición militar organizada por la OTAN, mientras casi todos los estados árabes miran para otro lado.

Los ataques múltiples a civiles, a los estados vecinos, a la ONU, los insultos a quien quiera se les oponga, el terrorismo de estado sin estrategia alguna, sólo van denotando la debilidad estructural del ente colonial.

Mientras tanto, los sionistas «humanistas» incitan a los palestinos rendirse, para salvar a los niños del monstruo israelí del que ellos forman parte.

El lugar común del «sionismo con rostro humano» es que no se plantean siquiera la posibilidad de que el estado colonial deje de existir.

Suelen ser progresistas y ateos, pero creen en el derecho bíblico de su linaje a ocupar tierra ajena, y se alarman ante la idea de convivir con los árabes, que se reproducen más rápido, y por lo tanto, tarde o temprano serán mayoría.

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