El proceso chileno y las reminiscencias de Versalles

por Fernando Socar

El magnífico mármol de las escaleras de la sede de Santiago del Congreso Nacional, que fue escenario de la presentación del «Acuerdo por Chile», ha sido la icónica mejor ironía (inconsciente) que pudieron utilizar, para evocar los tiempos y cegueras de la época versallesca. 

En efecto,  en aquellos años de la monarquía absoluta francesa, la corte, los dignatarios y las élites, se aislaron del pueblo, se alejaron de las masas parisinas, construyeron no solo un espectacular palacio con sus villas circundantes, sino una costumbre de sistema dominante que gobernaba en las alturas, indolentes y ensimismados.

Más de un hecho previo fue dando signos inequívocos de malestar y evidenciando que el llamado antiguo régimen se protegía a sí mismo, postergando a los desposeídos y excluyendo a los segmentos emergentes que existían en las expansivas ciudades.

Las escaleras y pasillos del espléndido palacio de Versalles, conservan hasta nuestros días el mármol que fue testigo cuando el pueblo de París marchó sobre Versalles, y en octubre de 1789 (octubre, cómo no), sacaron de su residencia a la familia real y a los diputados de la Asamblea Constituyente y los llevaron de regreso a París. En ese lapso de tiempo, desde el 14 de julio, ya se había instalado una Asamblea y se habían proclamado decretos que abolían privilegios y la declaración de los derechos del hombre. 

¿Les hace sentido o encuentran alguna similitud en este breve y muy resumido relato?. ¿Cuántas veces se ha replicado en diversas realidades y épocas?. 

Por cierto que guardando las proporciones de diversa consideración, también nos evoca este tiempo nuestro, en Chile, desde hace ya tres años, cuando luego de la revuelta que inicia el 18 de octubre de 2019, se desencadenan una serie de hitos, donde las élites se protegen a sí mismas, ‘entregan’ ciertos símbolos y baluartes, pero que en el fondo apuntan a defenderse y blindarse. 

Luego del fracaso del proceso constitucional iniciado en la traición del 15 de noviembre de 2019, donde una contundente mayoría rechazó en 2022, no sólo los contenidos de la propuesta sino que la lógica de las componendas de quienes se autoerigen como los que detentan y definen los destinos de todos, marginando la participación al hecho de concurrir a aprobar o rechazar al final del proceso, pero que jamás podrían considerar siquiera la posibilidad de que sea el pueblo soberano quien ejerza su derecho a escribir sus normas de convivencia.

Pero esa experiencia no fue suficiente. Y en vez de ponerse al servicio del pueblo en esta ocasión, replegando protagonismo y dando paso a un proceso genuino, desde la base social, sin tutelas ni cortapisas, se coluden nuevamente, levantando un proceso ajeno a la participación ciudadana, replicando amplificadamente en varias semanas aquella jornada maratónica del 15N, que terminó con una nefasta imagen, donde precisamente uno de los Presidentes de las Cámaras se restó de la fotografía, al haber excluido al pueblo movilizado. Hoy, perseveran en los mecanismos, mismos libretos, mismas formas. Niegan cualquier disidencia y se cierran como un hermético bloque infranqueable, aplastando incluso a quienes impulsan iniciativas que permitan, en una pequeña proporción, abrir un poco el proceso a la injerencia ciudadana.

Pero esta vez evidencia aún más la impudicia. Ya que ciertos sectores de la izquierda, que incluso criticaron o se restaron en 2019, pero que luego participaron igualmente en la elección de convencionales y en todo lo demás, esta vez claudican en su esencia más profunda, cuando se allanan a firmar el llamado “Acuerdo por Chile”, un documento que en uno de sus párrafos dice “Chile es un Estado social y Democrático de Derecho, cuya finalidad es promover el bien común; que reconoce derechos y libertades fundamentales; y que promueve el desarrollo progresivo de los derechos sociales, con sujeción al principio de responsabilidad fiscal; y a través de instituciones estatales y privadas”. 

Los partidos y dirigentes que firmaron esto, quedaran en la historia como los responsables de poner un eslabón más en la consolidación del neoliberalismo. Porque no se trata de extremar posturas ni criticar los acuerdos. Lo que se define en estos tiempos es la forma de construir sociedad. La oportunidad de cambiar el rumbo o claudicar.

En estos días, en que el Congreso Nacional debate y define este nuevo proceso, justamente quienes han sido cuestionados por el movimiento popular y las manifestaciones sociales, cuando la clase política se equivoca nuevamente al tomar para sí misma las reivindicaciones ciudadanas y no se pone a su servicio, es que resuenan más visibles que nunca los fantasmas de aquella corte versallesca, que se embriaga de soberbia y egoísmo, avanzando y empujando un diseño que se edifica sobre las necesidades y precariedades de las mayorías. 

Ir al contenido