El blanqueamiento de los judíos europeos y el mal uso de la memoria del Holocausto

por Gilbert Achcar

Tras el Holocausto y la formación de Israel, la posición de los judíos en el Norte Global pasó de ser la de una minoría racializada a la de miembros plenamente blancos de la sociedad judeocristiana. Sin embargo, como muestra Gilbert Achcar en este ensayo, esta asimilación a la superblancura depende de que los judíos acepten plácidamente su equiparación con el sionismo y, por tanto, la discriminación racista y la violencia de Israel contra los musulmanes árabes.

El mantra según el cual la muy blanca civilización occidental es judeocristiana se ha hecho tan omnipresente que ha adquirido el estatus de idea falsa común, digna del Diccionario de ideas recibidas de Gustave Flaubert. Este mismo mantra se ha visto fuertemente reforzado últimamente por la forma en que los gobiernos occidentales, empezando por la administración estadounidense de Joe Biden, han apoyado incondicionalmente al gobierno israelí de extrema derecha de Benjamin Netanyahu en su masacre de represalia de un gran número de habitantes de la Franja de Gaza, incluyendo una asombrosa proporción de niños, junto con la devastación de la mayor parte del territorio y el desplazamiento de la gran mayoría de quienes aún podrían lograr sobrevivir; todo esto mientras hipócritamente se habla de boquilla de la necesidad de preservar a los civiles. Este apoyo incondicional surgió de una identificación occidental con los israelíes ante el ataque del 7 de octubre de 2023 muy similar a la compasión narcisista de los pueblos europeos con el estadounidense ante los atentados del 11 de septiembre de 2001. Describí esta última hace 22 años como «una forma de compasión evocada mucho más por calamidades que golpean a gente como nosotros, y mucho menos por calamidades que afectan a gente distinta a nosotros»i.

Los judíos como no blancos
Sin embargo, la percepción de las personas judías europeas como blancas es bastante reciente desde el punto de vista histórico. Durante la mayor parte de su historia, la población judía fue percibida en Europa como no blanca, entendiendo por tal principalmente a la no europea, emigrante de Asia occidental, una percepción de la que dan testimonio las lenguas europeas en la ya obsoleta designación de las y los judíos como israelitas en inglés y francés o su continua designación como hebreos en griego, italiano, ruso y otras lenguas de Europa oriental. La propia población judía en Europa se identificó durante mucho tiempo como un pueblo de emigrantes, no como componente de las innumerables migraciones que formaron las naciones europeas modernas, sino como una población específicamente desarraigada que preservó su singularidad a lo largo de los siglos de acuerdo con la narración bíblica.

La modernización y democratización de Europa Occidental y Central en el siglo XIX hizo posible una emancipación y asimilación gradual de las y los judíos. Este proceso se invirtió peligrosamente cuando la población judía del Imperio Ruso se convirtió cada vez más en chivo expiatorio en la última parte del siglo y, huyendo de la persecución, emigró hacia el oeste en gran número en el contexto de la primera gran crisis de la economía capitalista mundial: la larga depresión de 1873-1896. La combinación de migración y crisis económica produjo el aumento de la xenofobia y el racismo en los países de destino, un patrón que se ha repetido desde entonces. Las y os judíos fueron el blanco de la creciente extrema derecha en la Europa de finales del siglo XIX, que continuó y alcanzó su punto álgido en los años de entreguerras del siglo siguiente, plagados de crisisii.La secularización de Europa y el auge del cientificismo en el siglo XIX se tradujeron en la secularización de este odio renovado hacia la población judía: los viejos prejuicios cristianos dieron paso al antisemitismo pseudocientífico.

En el mejor de los casos, a la población judía de Europa Occidental se le comparaba favorablemente con la emigrante de Europa Oriental y, en el peor, se les agrupaba con ella como miembros de una categoría racialmente inferior y difamadaiii. Así pues, la asimilación de la población judía de Europa occidental se invirtió en gran parte entre finales del siglo XIX y mediados del XX, con la diferencia de que ya no era vista principalmente por sus detractores como asesina de Cristo, sino como miembros de una raza semítica o de Asia occidental/Oriente Próximo despreciada por los europeos arios o blancos. La referencia a un continuo ario indoeuropeo es un recurso ideológico adoptado por el nazismo en busca de un fundamento científico en la lingüística para su visión racista del mundo. Para las y los europeos del sur, como los fascistas italianos, era más aceptable que la otra teoría racial del supremacismo blanco, conocida como nordicismo, más cercana a la creencia espontánea del racismo ordinario en Alemania y otros países nórdicos.

El propio Hitler estaba muy impresionado por las opiniones del lingüista-antropólogo nórdico Hans Friedrich Karl Günther, que refutaba explícitamente la caracterización racial de la población judía como semitaa o incluso como miembro de una «raza judía»iv. Günther resumió sus opiniones sobre los judíos en contraste con otros pueblos europeos en su libro de 1924, Rassenkunde Europas (Estudios raciales de Europa). Conviene citar extensamente esas divagaciones, ya que sólo los historiadores especializados las conocen hoy en día:

Existe una serie de conceptos erróneos sobre los judíos. Se dice que pertenecen a una «raza semítica». Pero no existe tal cosa; sólo hay pueblos de lengua semítica que muestran diferentes composiciones raciales… Se dice que los propios judíos son una raza: «la raza judía». Esto también es erróneo; incluso una mirada superficial revela que entre los judíos hay personas de aspecto muy diferente. Se supone que los judíos son una comunidad religiosa. Este es el error más superficial, porque hay judíos de todos los credos europeos, y particularmente entre los judíos con las opiniones judeo-étnicas más fuertes [jüdisch-völkisch], los sionistas, hay muchos que no pertenecen al credo mosaico. …

Los judíos son un pueblo [Volk] y, como otros pueblos, pueden dividirse en varios credos y, como otros pueblos también, se componen de diferentes razas. Las dos razas, que constituyen la base del pueblo judío, son … la asiática occidental [vorderasiatische, también traducida como Oriente Próximo] y la oriental. También hay influencias más ligeras de las razas camítica, nórdica, asiática interior y negra, e influencias más fuertes de la raza occidental y, sobre todo, báltica oriental.

Se distinguen dos partes del pueblo judío: los judíos del sur (sefardíes) y los judíos del este (asquenazíes); los primeros constituyen 1 décima parte, los segundos 9 décimas partes de la población total de unos 15 millones de personas. Los primeros constituyen principalmente la judería de África, la Península Balcánica, Italia, España, Portugal y parte de la judería de Francia, Holanda e Inglaterra. Estos judíos meridionales representan una mezcla oriental-occidental-asiática-occidental-hamítica-nórdica-negra con predominio de la raza oriental. Los judíos orientales constituyen la judería de Rusia, Polonia, Galitzia, Hungría, Austria y Alemania, probablemente la mayor parte de la judería norteamericana y parte de la europea occidental. Representan una mezcla asiática occidental-oriental-báltica oriental-asiática interior-nórdica-hamítica-negra con cierto predominio de la raza asiática occidental.

En ambas ramas del judaísmo, sin embargo, se han producido aparentemente procesos de selección similares que, por así decirlo, han estrechado el círculo de combinaciones cruzadas posibles en tal mezcla racial, de modo que en el pueblo judío en su conjunto aparecen una y otra vez rasgos físicos y mentales tan similares entre una gran proporción de judíos de todos los países que fácilmente puede surgir la impresión de una «raza judía»v.

Günther apoyó la «solución» sionista a la cuestión judía:

Una solución digna y clara a la cuestión judía reside en la separación de los judíos de los no judíos deseada por el sionismo, en la separación de los judíos de los pueblos no judíos. En el seno de los pueblos europeos, cuya composición racial es completamente diferente de la del judaísmo, este último actúa, en palabras del escritor judío Buber, como «una cuña que Asia clavó en la estructura de Europa, una causa de fermento y perturbación»vi.

El Buber que citó Günther no es otro que el famoso filósofo austriaco Martin Buber, que entonces destacaba como ardiente partidario del sionismo y admirador de Theodor Herzl. Günther tomó prestada la siguiente conclusión de un artículo titulado «La tierra de los judíos» (1910) reeditado en la colección de Buber de 1916, Die Jüdische Bewegung (El movimiento judío):

Aquí somos una cuña que Asia clavó en la estructura de Europa, una causa de fermento y perturbación. Regresemos al seno de Asia, a la gran cuna de las naciones, que fue y es también la cuna de los dioses, y volvamos así al sentido de nuestra existencia: servir a lo divino, experimentar lo divino, estar en lo divinovii.

Al otro lado del Atlántico, los desvaríos racistas similares a los de Günther estaban muy extendidos en el mismo periodo de entreguerras. Un escritor destacado en este sentido fue Kenneth L. Roberts, periodista y miembro de la élite WASP (era licenciado por la Universidad de Cornell), cuyos desvaríos carecían de las divagaciones pseudoescolásticas de Günther y, por tanto, se acercan algo más al racismo anti-inmigrante de nuestro tiempo. Roberts difundió sus opiniones en periódicos y revistas y publicó una recopilación de sus escritos en 1922 con el título Why Europe Leaves Home. He aquí algunos fragmentos de su prosa extraídos de ese libro:

Incluso las autoridades más liberales en materia de inmigración afirman que los judíos de Polonia son parásitos humanos, que viven unos de otros y de sus vecinos de otras razas por medios que con demasiada frecuencia son solapados, que siguen existiendo de la misma manera después de venir a América, y que por lo tanto son altamente indeseables como inmigrantesviii.

Las razas no pueden cruzarse sin mestizarse, como tampoco pueden cruzarse las razas de perros sin mestizarse. La nación americana fue fundada y desarrollada por la raza nórdica, pero si se vierten entre nosotros unos cuantos millones más de miembros de las razas alpina, mediterránea y semítica, el resultado será inevitablemente una raza híbrida de personas tan inútiles y fútiles como los mestizos buenos para nada de Centroamérica y el sureste de Europaix.

América se enfrenta a una emergencia perpetua mientras sus leyes permitan que millones de extranjeros no nórdicos atraviesen sus puertas marítimas. Cuando esta afluencia deje de ser una emergencia, Estados Unidos se habrá mestizado completamente…x

No debe olvidarse, además, que los judíos de Rusia, Polonia y casi todo el sudeste de Europa no son europeos: son asiáticos y en parte, al menos, mongoloides. … Habrá, por supuesto, muchas personas bien intencionadas que nieguen que los judíos rusos y polacos tengan sangre mongoloide. Este hecho, sin embargo, puede ser fácilmente confirmado en la sección de la Enciclopedia Judía que trata de los Jázaros. La Enciclopedia Judía afirma que los jázaros eran «gente de origen turco cuya vida e historia están entrelazadas con los comienzos de la historia de los judíos de Rusia»xi.

Blanqueamiento de los judíos occidentales
Por una de las paradojas de la historia, el peor episodio que les haya ocurrido a los judíos europeos en su calvario de siglos —es decir, por supuesto, el genocidio nazi de los judíos, comúnmente designado en inglés como Holocaust– fue el principal catalizador de su reconocimiento en las décadas de posguerra como un componente legítimo de la civilización occidental al mismo nivel que los europeos de ascendencia cristiana. Fue sobre todo en Estados Unidos donde se llevó adelante este proceso y la redefinición de la civilización occidental como «judeocristiana». Como observó Peter Novick en 1999

Antes de la Segunda Guerra Mundial, era habitual oír describir a Estados Unidos como un país cristiano; estadísticamente, una designación muy defendible. Después de la guerra, los líderes de una sociedad no abrumadoramente cristiana se acomodaron a los judíos al hablar de nuestras «tradiciones judeo-cristianas»; elevaron el 3% de la sociedad estadounidense que era judía a la paridad simbólica con grupos mucho mayores al hablar de «protestantes-católicos-judíos»xii.

Mark Silk describió cómo la idea «judeocristiana» surgió en la lucha ideológica contra el fascismo y cómo se generalizó tras la Segunda Guerra Mundial como pedigrí ideológico distintivo contrapuesto a las dos variantes del totalitarismo: la fascista y la comunista. Se convirtió así en un elemento básico de la ideología de la Guerra Fría:

… el concepto de «judeocristiano» y sus términos acompañantes eran imparables. Tras las revelaciones de los campos de exterminio nazis, una frase como «nuestra civilización cristiana» parecía ominosamente excluyente; se necesitaba una mayor amplitud para proclamar la espiritualidad del American Way. «Cuando nuestros propios líderes espirituales buscan los fundamentos morales de nuestros ideales democráticos», observó Arthur E. Murphy, de Cornell, en la Conferencia sobre Ciencia, Filosofía y Religión de 1949, «tienden a encontrarlos en ‘nuestra herencia judeocristiana’, la cultura de ‘Occidente’ o ‘la tradición americana'». Por su parte, Murphy contraponía a los líderes espirituales estadounidenses con los líderes de la Unión Soviética, que proclamaban ideales morales propios de altos vuelos. … «judeocristiano» servía al mismo propósito, destacando, de forma que incluyera a estadounidenses de todas las creencias, la piedad de Estados Unidos frente a la impiedad de la URSSxiii.

En su libro de 1998 How Jews Became White Folks and What That Says about Race in America (Cómo los judíos se convirtieron en blancos y lo que eso dice sobre la raza en Estados Unidos), Karen Brodkin describe la transformación correlativa de los judíos estadounidenses en partícipes de la corriente dominante en el modo de vida estadounidense:

El antisemitismo estadounidense formaba parte de un patrón más amplio de racismo de finales del siglo XIX contra todos los inmigrantes del sur y el este de Europa, así como contra los inmigrantes asiáticos, por no mencionar a los afroamericanos, los nativos americanos y los mexicanos. Estas opiniones justificaban todo tipo de trato discriminatorio, incluido el cierre de las puertas, entre 1882 y 1927, a la inmigración procedente de Europa y Asia. Este panorama cambió radicalmente tras la Segunda Guerra Mundial. De repente, la misma gente que había promovido el nativismo y la xenofobia estaba ansiosa por creer que las personas de origen europeo a las que habían deportado, vilipendiado como miembros de razas inferiores e impedido inmigrar sólo unos años antes, eran ahora ciudadanos-modelo blancos de clase media de los suburbiosxiv.

Hollywood y la industria cultural fueron, naturalmente, poderosos contribuyentes a este cambio ideológico, especialmente en su representación de la Segunda Guerra Mundial y el Holocausto. Las y los judíos representados en películas y programas de televisión a lo largo de los años han sido esencialmente judíos asimilados, sin apenas judíos tradicionalistas de Europa del Este, especialmente judíos ortodoxos, como los judíos haredi o jasídicos, aunque proporcionalmente fueron los más afectados por el Holocausto. Una anécdota reveladora a este respecto es a la que se enfrentó Barbra Streisand cuando intentó conseguir el respaldo de Hollywood para su proyecto de hacer una película basada en la historia de Isaac Bashevis Singer «Yentl, el chico de la Yeshiva». Al parecer, el jefe de producción judío de 20th Century Fox le dijo: «La historia es demasiado étnica, demasiado esotérica»xv. La miniserie de televisión de 1978 Holocausto —»sin duda el momento más importante de la entrada del Holocausto en la conciencia general estadounidense», en palabras de Peter Novickxvi— representaba a una familia ficticia de judíos alemanes asimilados muy de clase media, por supuesto.

El blanqueamiento de las y los judíos estadounidenses vino acompañado de un cambio en el uso político dominante del Holocausto. En lugar de ser un caso extremo de a lo que puede conducir el racismo de todo tipo, y por tanto una referencia invocada en la lucha contra todo tipo de racismo, se convirtió en un clímax del odio específico sólo contra la población judía. El nunca más se redujo de una advertencia contra todo tipo de persecución racista que pudiera conducir al genocidio, a una advertencia contra el racismo antijudío concebido como singular. Como señaló Peter Novick en 1999: «En las últimas décadas, las principales organizaciones judías han invocado el Holocausto para argumentar que el antisemitismo es una forma de odio distintivamente virulenta y asesina». Esto contrastaba con el énfasis que se ponía en «las raíces psicológicas comunes de todas las formas de prejuicio» en las primeras décadas de la posguerra, cuando las mismas organizaciones judías líderes «razonaban que podían servir a la causa de la autodefensa judía atacando también el prejuicio y la discriminación contra los negros así como abordando directamente el antisemitismo»xvii.

La célebre protesta del poeta martiniqués Aimé Césaire en 1950 contra el doble rasero occidental en la reacción ante el destino de la población judía europea en comparación con el de las personas no blancas se vio así revalidada retrospectivamente. En su famoso Discurso sobre el colonialismo, Césaire afirmaba, refiriéndose a «los burgueses muy distinguidos, muy humanistas, muy cristianos del siglo XX», que

lo que no le perdona a Hitler no es el crimen en si, «el crimen contra el hombre», no es «la humillación del hombre en si», sino el crimen contra el hombre blanco,es la humillación del hombre blanco, y haber aplicado en Europa procedimientos colonialistas que hasta ahora solo concernían a los árabes de Argelia, a los «coolies» de la India y a los negros de Áfricaxviii.

La afirmación de Césaire sólo tenía razón en parte en 1950. Porque, como hemos visto, las y los judíos europeos no habían sido considerados como gente blanca por una gran parte de los «burgueses del siglo XX» blancos antes del Holocausto. Sólo más tarde el Holocausto adquirió en la representación común el carácter de un crimen contra los blancos. Lo que sigue siendo cierto, sin embargo, es que el trato degradante y finalmente genocida infligido por los nazis a la población judía y a algunas otras categorías humanas tuvo lugar en el corazón de Europa, no en algún lugar del corazón de las tinieblas alejado de la vista de los europeos, donde sin duda habría suscitado mucha menos condena en el Norte Global.

Del antisemitismo al filo-sionismo
Señalar el Holocausto como irreductible a un caso de racismo y genocidio genéricos permitió que tuviera lugar otra operación: la identificación del Estado de Israel con la condición judía, a pesar de que es la antítesis misma de esa condición histórica: un Estado de mayoría judía basado en la discriminación racista contra la población no judí, fuertemente militarizado y dedicado a la persecución de otro pueblo, los palestinos, y a la ocupación de su tierra, con periódicas embestidas asesinas contra ellos hasta la masacre de proporciones genocidas que se está perpetrando en Gaza en el momento de escribir estas líneas.

Esta perversión del registro histórico fue posible al equiparar dos conjuntos de actitudes muy diferentes: por un lado, el racismo de los europeos blancos, o de sus vástagos en otros continentes, contra las minorías judías históricamente perseguidas en su seno; por otro, la reacción de los palestinos y otros pueblos del Sur Global, o procedentes de él, ante el brutal comportamiento colonial de un Estado que insiste en su autodefinición como «judío», excluyendo así a una parte considerable de su propia población. Esta equiparación se logró mediante la designación de un «nuevo antisemitismo» definido como aquel que implica críticas al Estado israelíxix. De este modo, la equiparación de las y los judíos con el sionismo, que hasta entonces había sido el sello distintivo de los antisemitas árabes contra las corrientes árabes progresistas que insistían en la necesidad de hacer una clara distinción entre ambas categorías, se ha convertido en un sello distintivo, no sólo del sionismo, para el que esta equiparación ha sido constitutiva de su pretensión original de hablar en nombre de la nación judía global, sino también de un filosemitismo occidental que se transformó en un apoyo incondicional al Estado sionista, aunque a veces fuera tímidamente crítico.

Como era de esperar, aunque resulte paradójico, este proceso alcanzó su punto álgido en Alemania, cuna del nazismo y de los autores del genocidio judío. Frank Stern lo estudió muy pronto en su libro de 1992 The Whitewashing of the Yellow Badge: Antisemitism and Philosemitism in Postwar Germany, originalmente una tesis doctoral defendida en la Universidad de Tel Avivxx. El estudio de Stern fue actualizado y complementado por Daniel Marwecki en su libro de 2020, Germany and Israel: Whitewashing and Statebuildingxxi. Naturalmente, la identificación con Israel frente a los palestinos y otros árabes se convierte fácilmente en un vector de racismo antiárabe y antimusulmán, en el que se basa la ideología dominante en el propio Israel. De ahí la facilidad con la que las corrientes de extrema derecha tradicionalmente antisemitas de Europa han recurrido al filosionismo para blanquearse disolviendo a la gente judía en una blancura genérica sin dejar de considerar a Israel como el propio y único país de las y los judíos.

Ante la reciente sucesión de acontecimientos en Gaza, la postura filosemita alemana pro-Israel ha caído en lo grotesco, como describe vívidamente Susan Neiman:

Las denuncias alemanas de Hamás y las declaraciones de solidaridad inquebrantable con Israel se han vuelto tan automáticas que apareció una en el cajero automático de mi banco local: «Estamos horrorizados por el brutal ataque contra Israel. Nuestras condolencias están con el pueblo de Israel, las víctimas, sus familias y amigos». El aviso apareció una vez cuando pulsé la pantalla, otra cuando elegí un idioma, una tercera cuando tecleé mi PIN y, por último, cuando el dinero salió por la ranura. Ya sea de una máquina o de un político, tales afirmaciones no me hacen sentir más segura. Al contrario, la repetición de fórmulas insulsas aumenta mi creciente temor a una reacción violenta. Las defensas reflexivas de Alemania hacia Israel mientras se abstiene de criticar a su gobierno o su ocupación de Palestina sólo pueden provocar resentimiento. La mayoría de los políticos reconocen el problema en privado, pero se sienten obligados a repetir frases vacías en público, aunque sepan que los partidos de derechas están utilizando la masacre de Israel para avivar el sentimiento anti-inmigrante en Alemaniaxxii.

Eleonore Sterling, cuyo nombre de soltera es Oppenheimer, y cuyos padres murieron en el Holocausto, lo expresó muy acertadamente en Die Zeit en 1965: «El antisemitismo y la más reciente idolatría de los judíos tienen mucho en común»xxiii. Ambos, comentaba, «derivan de una incapacidad mental para respetar verdaderamente al otro. Los judíos siguen siendo extranjeros tanto para los antisemitas como para los filosemitas». El blanqueamiento de las y los judíos ha derivado así hacia una admiración altamente censurable por un Israel percibido como superblanco, un puesto avanzado del supremacismo blanco en Oriente Próximo, la cuna del Islam, el principal objeto de odio del racismo actual en el Norte Global. Cuando este puesto de avanzada emprende una furia de muerte y destrucción contra Gaza que el Washington Post describió como llevada a cabo «a un ritmo y nivel de devastación que probablemente supera cualquier conflicto reciente»xxiv, la reacción inevitable es un resurgimiento del antisemitismo centrado en el Estado israelí, convirtiendo así, por desgracia, el mantra del «nuevo antisemitismo» en una profecía autocumplida.

27/12/2023

*Este ensayo se basa en la charla que pronuncié el 11 de junio de 2022 con el mismo título en la conferencia de Berlín sobre «El secuestro de la memoria: El Holocausto y la Nueva Derecha», organizada por el Foro Einstein y el Centro de Investigación sobre el Antisemitismo de la Universidad Técnica de Berlín. Agradezco a Brian Klug y Stephen Shalom que leyeran y comentaran un borrador anterior de este ensayo, que se publicará en alemán en una obra colectiva basada en la conferencia de 2022.

Publicado originalmente como blog en The Whitening of European Jews and the Misuse of Holocaust Memory | Verso Books: https://www.versobooks.com/blogs/news/the-whitening-of-european-jews-and-the-misuse-of-holocaust-memory

Traducción al español de César Ayala.

Notas
i Eso fue en un libro que escribí tras el 11-S: Gilbert Achcar, The Clash of Barbarisms: The Making of the New World Disorder [2002], 2ª ed., Londres: Saqi Books y Routledge, 2006, p. 34. Continuaba: «Sólo esta compasión narcisista —que va más allá de la legítima compasión por cualquier ser humano víctima de un acto de barbarie— permite comprender la intensidad formidable, absolutamente excepcional, de las emociones y pasiones que se apoderaron de la «opinión pública», empezando por los creadores de opinión, en los países occidentales y en las metrópolis de la economía globalizada tras los atentados del 11 de septiembre.»

ii El primer análisis del auge del antisemitismo en Europa en estos términos fue el formulado por el joven Abraham Léon (nacido Abram Wajnsztok) —un trotskista belga de ascendencia judeo-polaca— antes de su muerte en Auschwitz en 1944 a la edad de 26 años. Lo hizo en un libro escrito en francés (La conception matérialiste de la question juive) y traducido al inglés con el título The Jewish Question: A Marxist Interpretation, Nueva York: Pathfinder Press, varias ediciones.

iii El sionismo político moderno explotó originalmente el deseo de los judíos europeos asimilados de Europa Central y Occidental de detener el efecto perjudicial que la marea migratoria de sus correligionarios pobres de Europa Oriental tenía sobre su propia condición. Esto queda muy claro en el manifiesto sionista de Theodor Herzl, Der Judenstaat (traducido al español como El Estado judío), como argumenté en Gilbert Achcar, “The Zionist Project’s Duality: Escaping Racist Oppression and Reproducing it in Colonial Context”, Jadaliyya (sitio web), 3 de noviembre de 2017.

iv Sobre Hans F. K. Günther, véase Alan E. Steinweis, Studying the Jew: Scholarly Antisemitism in Nazi Germany, Cambridge, MA: Harvard University Press, 2006, pp. 25-41.

v Hans F. K. Günther, Rassenkunde Europas, 3ª ed., Munich: J. F. Lehmanns Verlag, 1929, pp.100-104. Existe una traducción al inglés bastante aproximada basada en la 2ª edición (1925): The Racial Elements of European History, traducido por G. C. Wheeler, Londres: Methuen & Co., 1927. Las citas anteriores se han traducido directamente del original alemán para mayor precisión.

vi Ibídem, p. 105. La concordancia entre el deseo antisemita de convertir a Alemania en Judenrein y el deseo sionista de trasladar a todos los judíos a Palestina se tradujo en la colaboración de las autoridades nazis con los sionistas alemanes para organizar el «traslado» de los judíos alemanes a Palestina (Acuerdo de Haavara, firmado el 25 de agosto de 1933). Esta colaboración duró hasta 1941, es decir, hasta el giro de los nazis hacia la «Solución Final». La mejor y más fiable fuente sobre esta cuestión es Francis R. Nicosia, Zionism and Anti-Semitism in Nazi Germany, Cambridge: Cambridge University Press, 2008.

vii Martin Buber, Die Jüdische Bewegung: Gesammelte Aufsätze und Ansprachen 1900-1915, Berlín: Jüdischer Verlag, 1916, p. 195.

viii Kenneth L. Roberts, Why Europe Leaves Home, Nueva York: The Bobbs-Merrill Company, 1922, p. 15.

ix Ibídem, p. 22.

x Ibídem, p. 97.

xi Ibídem, pp. 117-18.

xii Peter Novick, The Holocaust in American Life, Boston, MA: Houghton Mifflin Company, 1999, p. 225.

xiii Mark Silk, «Notes on the Judeo-Christian Tradition in America», American Quarterly, Vol. 36, nº 1, primavera de 1984, pp. 69-70. Silk pasó a describir las consecuencias teológicas de este cambio de perspectiva dentro del judaísmo estadounidense, así como entre el catolicismo y el protestantismo, y la diferencia entre las dos ramas cristianas a ese respecto.

xiv Karen Brodkin, How Jews Became White Folks and What That Says about Race in America, New Brunswick, NJ: Rutgers University Press, 1998, p. 26.

xv Neal Gabler, Barbra Streisand: Redefining Beauty, Femininity, and Power, New Haven, CT: Yale University Press, 2016, p. 190.

xvi Novick, The Holocaust in American Life, p. 209.

xvii Ibídem, p. 116.

xviii Aimé Césaire, Discourse on Colonialism (Discurso sobre el colonialismo), translated by Joan Pinkham, with an Introduction by Robin D.G. Kelley, New York: Monthly Review Press, 2000, p. 36. Nota del traductor: Tomamos la traducción al español de este pasaje de Césaire por Mara Viveros Vigoya, en Aimé Césaire, Discurso sobre el colonialismo, Madrid: Ediciones Akal, 2006, p. 15. https://enriquedussel.com/txt/Textos_200_Obras/Filosofia_liberacion/Discurso_colonialismo-Aime_Cesaire.pdf

xix Véase Gilbert Achcar, The Arabs and the Holocaust: The Arab-Israeli War of Narratives, Londres: Saqi Books y Nueva York: Metropolitan Books, 2010.

xx Frank Stern, The Whitewashing of the Yellow Badge: Antisemitism and Philosemitism in Postwar Germany, Oxford: Pergamon, 1992.

xxi Daniel Marwecki, Germany and Israel: Whitewashing and Statebuilding, Londres: C. Hurst & Co., 2020.

xxii Susan Neiman, «Germany on Edge», New York Review of Books, 3 de noviembre de 2023

xxiii Eleonore Sterling, «Judenfreunde-Judenfeinde: Fragwürdiger Philosemitismus in der Bundesrepublik», Die Zeit, 10 de diciembre de 1965.

xxiv Evan Hill, Imogen Piper, Meg Kelly y Jarrett Ley, «Israel has waged one of this century’s most destructive wars in Gaza», Washington Post, 23 de diciembre de 2023.

(Fuente: Viento Sur)

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