Dónde se equivoca el movimiento contra la psiquiatría sobre las enfermedades mentales

por Madeleine Ritts

La salud mental es evidentemente difícil de categorizar o definir. Después de más de dos siglos de estudio, apenas estamos cerca de conseguir explicaciones satisfactorias -científicas o de otro tipo- para las diversas formas de malestar y perturbación psíquica que pueden experimentar las personas.

La dificultad para comprender el sufrimiento psicológico se ve agravada por el hecho de que las adversidades sociales y personales -como la pobreza, la desigualdad, la precariedad económica y las experiencias de violencia o abuso- influyen significativamente en nuestra salud mental. Y, sin embargo, la experiencia de traumas semejantes afecta a los individuos y a su salud mental de manera diferente. ¿Por qué algunos supervivientes de la guerra desarrollan síntomas de estrés postraumático y otros no?

Impulsados por un deseo humanista de aliviar el sufrimiento, y por una justificada y profunda sospecha de sus justificaciones ideológicas, los radicales de izquierda han tratado, comprensiblemente, de encontrar explicaciones a las enfermedades mentales en las miserias cotidianas de las sociedades capitalistas. La precariedad económica y los bajos ingresos no pueden explicar por sí solos la depresión: no todos los que viven con bajos ingresos están deprimidos, y no todos los que tienen depresión tienen bajos ingresos. Otras formas de trastorno mental, como la manía o la psicosis, son aún más difíciles de atribuir únicamente a cuestiones de justicia económica. Aun así, salvo algunos modestos avances científicos en torno a los factores de riesgo sociales y genéticos (en el caso de la esquizofrenia), estamos lejos de comprender su causa.

Es difícil abordar estas cuestiones de causalidad cuando las mismas cuestiones que intentamos explicar están tan débilmente definidas. Las etiquetas diagnósticas intentan imponer un orden a una gran diversidad de experiencias que sencillamente no podemos explicar. Algunas personas con esquizofrenia oyen voces y siguen llevando vidas ricas y significativas. Otras experimentan alucinaciones debilitantes y, en ocasiones, violentamente perturbadoras, o una profunda desorganización del pensamiento y del habla. Estas personas pueden ver muy limitada su capacidad para realizar las tareas cotidianas más básicas. Una combinación de psicoterapia y medicación antipsicótica puede aliviar las características angustiosas de la psicosis en algunos casos, pero no en todos. Para algunos desafortunados, los efectos secundarios de los medicamentos pueden ser lo suficientemente importantes como para superar los beneficios esperables.

Para atender cualquier dolencia humana con la compasión adecuada y un tratamiento idóneo, es necesario compartir una cierta comprensión, aunque sea general, de la naturaleza del problema que pretendemos abordar. Muchas de las críticas bienintencionadas al tratamiento médico del sufrimiento psicológico se han centrado exclusivamente en sus causas sociales, bloqueando la posibilidad de un acercamiento entre la crítica socialista de la sociedad capitalista y el intento científico de curar el sufrimiento innecesario.

La naturaleza controvertida de la psiquiatría

En general, hemos asignado a los psiquiatras la doble tarea de comprender y responder al sufrimiento mental. Si bien la psiquiatría no es el área científicamente más primitiva de la medicina occidental moderna, sí es probablemente la más polarizante. Un estudio de la historia de la psiquiatría presentará descripciones desconcertantemente divergentes de la profesión. En sus doscientos años de historia, la psiquiatría ha pasado por muchos períodos de crisis y de reinvención y, con cada transformación, surgen nuevos paradigmas, estándares de evidencia y métodos de investigación.

Tanto si se es partidario como crítico de la disciplina, la identidad siempre cambiante de la psiquiatría supone un reto importante para cualquiera que intente tejer una narración coherente de su historia institucional e intelectual. Sus defensores sostienen que los psiquiatras son idealistas obstinados o soldados atribulados de la ciencia médica. Los escándalos con gran repercusión, las reformas fallidas, los grandes pronunciamientos y los fracasos públicos son etapas propias del conocido camino del progreso científico gradual.

Sus críticos, por el contrario, describen la historia de la disciplina como un proceso lleno de violencia. Desde este punto de vista, la psiquiatría se caracteriza por la represión y la conspiración: los psiquiatras son elementos interesados que se benefician y contribuyen al castigo de aquellos que amenazan la moral burguesa y el orden dominante. Y sin embargo, a través de estos profundos desacuerdos, uno encuentra un cierto nivel de acuerdo que conecta a los defensores de la psiquiatría y a muchos de sus críticos: que la locura sigue eludiendo nuestra comprensión de sus fundamentos básicos.

Los críticos del enfoque del status quo sobre el sufrimiento psíquico han ofrecido valiosas objeciones a nuestros supuestos más preciados sobre lo que constituye la enfermedad mental. Y lo que es más importante, han llamado la atención sobre los graves problemas de integridad moral y científica de la disciplina.

En la izquierda, las críticas habituales tratan de explicar cómo la psiquiatría puede, sin darse cuenta, medicalizar la injusticia. Estas críticas destacan la delictiva relación de interdependencia entre la psiquiatría y la industria farmacéutica, así como las diferentes formas en que la psiquiatría puede ser utilizada para legitimar la violencia y la opresión social. Críticos como Michel Foucault, R. D. Laing y David Cooper han aportado una visión política incalculable a las cuestiones del diagnóstico, el tratamiento y la custodia. Sin embargo, yendo más allá, también han respaldado el punto de vista de que las intervenciones dirigidas al sufrimiento psíquico son erróneas, inútiles o inhumanas.

El capitalismo es el trastorno, la enfermedad mental es el síntoma

Los vínculos íntimos entre la desigualdad social y el sufrimiento psíquico están bien documentados y son conocidos tanto por conservadores como por progresistas. El New York Times, el Financial Times y el Globe and Mail de Canadá han vinculado las crecientes tasas de depresión, ansiedad y «muertes por desesperanza» a las defectuosas redes de apoyo social y a los sistemas de atención sanitaria escasamente financiados o inaccesibles. Por su parte, los izquierdistas llevan mucho tiempo destacando la tensión estructural entre los programas de bienestar social y el funcionamiento básico del capitalismo. El inmutable dominio de la acumulación sobre las necesidades humanas garantiza que nada -incluido el trabajo de cuidados- pueda tener prioridad sobre las exigencias ineludibles de la mercantilización y el beneficio.

Si la pobreza, la explotación y la alienación son características inherentes al capitalismo, la degradación de la salud física y mental es inevitable mientras sigamos viviendo bajo el dominio del mercado. Para algunos, los sentimientos de tristeza, ansiedad y estrés, tanto episódicos como crónicos, se entienden mejor como respuestas lógicas a las fuerzas estructurales que están en juego en la vida cotidiana bajo el capitalismo.

La medicina psiquiátrica puede servir para legitimar y reforzar los intereses de la élite gobernante, ya sea por falta de oposición o de forma intencionada. Como el difunto gran Mark Fisher escribió una vez: «La actual ontología dominante niega cualquier posibilidad a una causalidad social de la enfermedad mental. La quimio-biologización de la enfermedad mental es, por supuesto, estrictamente proporcional a su despolitización». Este punto de vista, debo decirlo, es sostenido por no muchos psiquiatras y profesionales clínicos de la salud mental. Sin embargo, el sentimiento general que subyace es correcto: cuando el sufrimiento de origen político se medicaliza como disfunción personal, nuestro sentido de la solidaridad social y del poder político colectivo también se resiente.

En The sane society (Psicoanálisis de la sociedad contemporánea), el filósofo marxista Erich Fromm intentó ofrecer una formulación correctiva al paradigma médico dominante de la salud y la enfermedad mental. Para Fromm, la salud mental no se define por lo bien que un individuo puede adaptarse a su sociedad, sino por lo bien que la sociedad se ajusta a las necesidades de sus individuos. Una sociedad sana es aquella en la que las personas disponen de los medios, la libertad y la seguridad para prosperar como individuos, al tiempo que sienten la solidaridad y la pertenencia como parte de un todo que los incluye. La naturaleza corrosiva de la competencia y la atomización de la vida bajo el capitalismo roe nuestra psique colectiva y nadie, ni siquiera la clase dirigente, se libra de su capacidad para provocar sufrimiento existencial.

Los esfuerzos por exponer los fundamentos socioeconómicos del sufrimiento psíquico suelen tomar como caso de estudio estados de malestar psíquico en los que los límites entre la salud y la enfermedad no son fácilmente diferenciables. La depresión, la ansiedad, la angustia existencial -o los «trastornos del estado de ánimo y la ansiedad»- son tan frecuentes como diferentes en grado. La casi imposibilidad de establecer conexiones causales entre fenómenos sociales concretos y trastornos del estado de ánimo y de ansiedad mal definidos es una de las limitaciones de las explicaciones socioeconómicas de las enfermedades mentales.

Es dudoso que todas las formas de sufrimiento y desorganización psíquica -como la psicosis- puedan explicarse por igual y de forma satisfactoria por los sufrimientos de la vida bajo el capitalismo (aunque se puede ver fácilmente cómo estas podrían empeorar). Los debates sobre el grado en que el socialismo podría ser una panacea para la depresión, la ansiedad y los traumas -especialmente los más crónicos y graves- son en su mayoría especulativos. Parece más razonable suponer que, al igual que el dolor existiría en un mundo postrevolucionario, también lo harían las enfermedades mentales.

Las populares discusiones sobre la psiquiatría a menudo atribuyen a la profesión una comprensión poco matizada de nuestra vida psíquica. Ciertamente, se puede encontrar un fanatismo neurobiológico en la industria farmacéutica y en ciertas áreas de la disciplina. Sin embargo, en las últimas dos décadas, el «modelo biopsicosocial» ha surgido como el paradigma principal de la psiquiatría contemporánea. Representa un cambio significativo en la forma en que la medicina de salud mental tienen en cuenta la compleja interacción entre los factores sociales, el desarrollo psicológico y los genes.

Sin embargo, existen importantes críticas sobre la aplicabilidad y la coherencia del modelo biopsicosocial. La principal es que el modelo no tiene un marco sistemático para priorizar entre los factores biológicos, psicológicos y sociales. Esto deja un amplio margen para que los clínicos ignoren o exageren la importancia de algunos de los factores determinantes y, al hacerlo, afecten significativamente a la prestación de la asistencia.

Como ejemplo, consideremos el caso hipotético de alguien que experimenta una angustia extrema debido a su creencia de que poderosos y malignos espíritus intentan tomar el control de su cuerpo. Si se interpreta a través de una visión biológica estrecha, su sufrimiento podría atribuirse a una esquizofrenia mal tratada, por lo que lo mejor sería encontrar un medicamento antipsicótico más eficaz. Sin embargo, un médico con una visión diferente, que explorara la historia del desarrollo de este paciente, podría encontrar una historia de abuso infantil a manos de un miembro respetado de la comunidad religiosa del paciente. En la medida en que la experiencia actual del paciente tiene sus raíces en un trauma psicológico, se podría priorizar una intervención psicoterapéutica sobre los ensayos con medicamentos. Otro médico podría explorar tanto los elementos biológicos como los psicológicos, pero dar mayor consideración al entorno social del paciente. Si, por ejemplo, este paciente reside en un centro de internamiento sucio, violento y caótico, es mucho menos probable que los médicos aborden las barreras que le impiden seguir la psicoterapia, recordar tomar su medicación y establecer relaciones de confianza.

La formulación de casos clínicos es una de las muchas áreas en las que un análisis político, guiado por la justicia social y económica, sigue siendo muy necesario para evitar el tipo de psiquiatrización de la vida cotidiana con la que Fisher, Fromm, los miembros de la Red de Psiquiatría Crítica y muchos otros están preocupados con razón. Sin embargo, propiciar una crítica a la excesiva dependencia de la psiquiatría en las explicaciones químicas del sufrimiento humano no debería cerrar la posibilidad de investigar sus causas biológicas.

Trastorno depresivo mayor: locura y control social

A lo largo de la historia, las enfermedades mentales han recibido muchos nombres, significados y definiciones diferentes. Las descripciones de «locura» y «melancolía» se remontan a la antigüedad. Dado que la comprensión de la «locura» parece ser históricamente contingente, el propio concepto de enfermedad mental es controvertido.

Pocos pensadores han sido tan influyentes en la construcción de un andamiaje teórico para la locura como Michel Foucault. Locura y civilización (1988), el análisis histórico-filosófico de Foucault, rastrea la aparición de la «locura» como objeto de estudio científico y como fenómeno social que requiere la intervención y el control del Estado. En su relato, el desarrollo de una «ciencia mental» de la locura -es decir, la psiquiatría- no tenía nada que ver con la profundización de nuestra comprensión de la naturaleza humana, y sí con los nuevos modos de gobernanza. Desde este punto de vista, las ciencias de la mente son en sí mismas estructuras de control, un «monólogo de la razón» que ahoga todas las voces que amenazan la autoridad de la clase dirigente o el orden social.

La teoría de Foucault de que los gobernantes de los primeros tiempos de la modernidad y la industria veían a los locos como una amenaza para el orden social es, en el mejor de los casos, dudosa. Los historiadores no han encontrado prácticamente ninguna prueba que corrobore esta idea, que debemos considerar como una conjetura. No obstante, el relato de Foucault sigue teniendo mérito. Su cuidadoso tratamiento de los valores políticos y culturales asociados con la locura ha proporcionado herramientas teóricas útiles a los «activistas de la locura» y a los grupos contra la psiquiatría. Su trabajo también ha inspirado a generaciones de académicos y clínicos a cuestionar lo que consideramos normal y por qué, y cómo los comportamientos desviados se convierten en trastornos que necesitan ser etiquetados.

Son preguntas útiles. La historia es rica en ejemplos de cómo la psiquiatría ha patologizado la resistencia política, desestimando los actos de oposición como casos de trastorno mental. Por citar dos ejemplos: la drapetomanía, o «la enfermedad que hace huir a los esclavos», es un ejemplo atroz de diagnóstico que da cobertura a una práctica social atroz, y el trastorno negativista desafiante (TND, actualmente incluido en la quinta edición del Manual de Diagnóstico y Estadística) es un diagnóstico que se aplica normalmente a los niños y adolescentes que parecen inusualmente hostiles y que no son suficientemente obedientes o deferentes con los adultos en posiciones de autoridad. Como han señalado muchos críticos, el TND es un diagnóstico mal definido y cargado de valores, que corre el riesgo de medicalizar los factores ambientales y contextuales que conforman el desarrollo y el comportamiento infantil. Otro de los fallos de la psiquiatría, como han demostrado las campañas y los movimientos LGBTQ, es la forma en que la orientación sexual y las expresiones no normativas de género han sido objeto de la patología médica de forma absolutamente dañina.

Sin embargo, los argumentos que equiparan la psiquiatría con un control social casi dictatorial presentan una comprensión reduccionista de la profesión y atribuyen a los psiquiatras mucho más poder del que pueden tener. En estas narrativas está ausente una visión de los pacientes como receptores de cuidados y no como víctimas. ¿Cómo entender entonces a los pacientes actuales y a los que lo fueron cuando hablan de resultados positivos y, en algunos casos, de un cambio de vida tras el tratamiento psiquiátrico? La visión de victimización y de supervivencia de la psiquiatría no sólo descarta las experiencias de curación de algunas personas, sino que también sugiere que las personas sólo necesitan liberarse de las garras de la psiquiatría para revivir.

Llevadas a su punto final lógico, las teorías de control social -las que se denominan ampliamente «antipsiquiatría«- sostienen que la enfermedad mental es un mito. Se trata de una propuesta muy controvertida, especialmente para los profesionales de salud mental que trabajan sobre el terreno, o para cualquiera que haya experimentado u observado a alguien luchar con un comportamiento obsesivo debilitante, con perturbaciones visuales y auditivas incomprensibles, o con decisiones radicalmente fuera de lugar y peligrosas en pleno estado maníaco.

Para los miembros más intransigentes del movimiento contra la psiquiatría, el mito de la enfermedad mental es un intento de las estructuras sociales opresivas de excluir el poder revolucionario del deseo y la desviación. El concepto de esquizofrenia, para algunos pensadores franceses que escribieron tras la rebelión del mayo de 1968 en París, era un punto de apoyo para el poder libidinal que podía rehacer la sociedad. Los revolucionarios, según esta escuela de pensamiento, podían desmantelar las estructuras de jerarquía y opresión abrazando la locura y el deseo. Mientras que la fuerza liberadora del loco o del desviado podría haber fracasado en lograr un cambio social revolucionario, los arquitectos del neoliberalismo desplegaron un ethos de individualismo radical con un éxito considerable. Ronald Reagan y Margaret Thatcher estaban muy contentos de dar énfasis a un orden social basado en el interés personal y la autogratificación.

Históricamente, los que niegan la existencia de la enfermedad mental han encontrado extraños compañeros de viaje en los políticos conservadores. La derecha, deseosa de justificar la abdicación de la responsabilidad de dar ayudas humanitarias a la salud mental financiadas con fondos públicos, está muy contenta de aprovecharse de los manifiestos errores de la psiquiatría. En Canadá y el Reino Unido, la desinstitucionalización -el proceso histórico de desmantelamiento del sistema de manicomios y su cambio hacia una atención basada en la comunidad- se desarrolló con el objetivo explícito de reducir los gastos de atención sanitaria.

Históricamente, los que niegan la existencia de la enfermedad mental han encontrado extraños compañeros de cama en los políticos de derechas.

En las últimas décadas, los servicios y apoyos de salud mental basados en la comunidad se han desarrollado a través de un proceso azaroso, sin un plan o una visión coherente. Las débiles redes de servicios privados, de beneficiencia y gubernamentales que ahora forman la base de la atención comunitaria en gran parte de Estados Unidos y Canadá son incapaces de proporcionar una continuidad de cuidados a muchas personas que luchan contra enfermedades mentales graves. La vida de los enfermos mentales suele estar marcada por la violencia, la pobreza, la falta de vivienda y el encarcelamiento. Los activistas de resistencia contra la psiquiatría caracterizan a esta como un componente de esta dominación para afirmar que hace más daño que bien, defendiendo por ello soslayar los tratamientos. ¿Hasta qué punto la lucha contra el control social llega a coincidir con una política de abandono social?

El complejo farmacéutico-industrial

La influencia de la industria farmacéutica sobre la educación médica, la investigación y la práctica clínicas no es exclusiva de la psiquiatría. Sin embargo, es ciertamente preocupante el papel de la psiquiatría a la hora de impedir una comprensión profunda de aquellos problemas que la industria farmacéutica pretenden tratar con medicamentos. Las empresas farmacéuticas ejercen un preocupante grado de poder y autoridad en la definición de los trastornos mentales, la investigación de las causas del sufrimiento psíquico y la determinación de cual es la mejor manera de abordarlo.

A mediados del siglo XX, a medida que la psiquiatría dependía cada vez más de las intervenciones farmacéuticas, la industria farmacéutica se dio cuenta de lo rentable que podía ser una alianza, y nació una relación de inquietante dependencia. En Anatomía de una epidemia (2010), Robert Whitaker investigó la lucha de la psiquiatría por su legitimación junto a la de los intereses de la industria farmacéutica para exhibir los profundos vínculos de dependencia entre ambas. Esta relación, tras la aparición de los «revolucionarios» fármacos psicoactivos en la década de 1950, queda claramente ilustrada por la transición de la psicoterapia como método de tratamiento dominante hacia la terapia impulsada por la industria farmacéutica.

Aunque inicialmente se desarrollaron para tratar infecciones, de forma bastante fortuita se descubrió que fármacos como la clorpromazina y el meprobamato eran útiles para modificar los estados mentales y atenuar la presencia de síntomas agudos de psicosis, ansiedad y depresión. Aunque nadie sabía cómo funcionaban, rápidamente se extendió su uso en hospitales psiquiátricos y centros ambulatorios.

Con el tiempo, los investigadores pudieron observar que los psicofármacos afectaban al equilibrio de varios mensajeros químicos (neurotransmisores) en el cerebro, e hipotetizaron que los fármacos debían corregir desequilibrios químicos. Por ejemplo, dado que la clorpromazina bloquea los receptores de dopamina en el cerebro -cuyo efecto es reducir la agresividad y síntomas psicóticos como las alucinaciones- se postuló que las psicosis debían estar causadas por un exceso de dopamina. De este tipo de observaciones nació la infame teoría del «desequilibrio químico» de las enfermedades mentales.

Las siguientes décadas de investigación sobre la fisiología de las enfermedades psicóticas abrieron importantes líneas de investigación para comprender los elementos neurobiológicos implicados en el malestar psíquico y en los trastornos mentales. Sin embargo, el problema de toda esta investigación es que está controlada en gran medida por los intereses farmacéuticos, el problema que inhibe la mayoría de los estudios de ciencia básica y de experimentación psiquiátricos. Al trabajar dentro de la matriz de los incentivos del mercado, las empresas farmacéuticas hacen declaraciones audaces y afirmaciones reduccionistas sobre las causas de las enfermedades mentales. La teoría del desequilibrio químico se vendió a los pacientes y al público general porque era una herramienta de marketing conveniente. Pero su promesa de curas químicas fue exagerada de forma desproporcionada.

Las empresas farmacéuticas tienen medios evidentes para vender sus productos -como la publicidad directa al consumidor- y también estrategias más encubiertas. Los grupos de presión de la industria tienen un impacto significativo en la salud pública y en la política farmacéutica, y la financiación por parte de la industria de las actividades académicas y de investigación clínica sesga gravemente la educación médica y las guías de práctica clínica. En general, la psiquiatría se apoya en una base de conocimientos que se ha visto comprometida por la participación de la industria, pero este hecho por sí solo no explica la legítima preocupación por las extralimitaciones de la psiquiatría. Los médicos de familia -que llevan a cabo la mayoría de las prescripciones de psicofármacos para las usuarias de la atención ambulatoria- reciben mucha menos formación en psicoterapia de la que deberían. Sus esfuerzos de buena fe por ayudar a las personas se ven a menudo comprometidos por una excesiva dependencia de las recetas.

Mientras los prescriptores siguen utilizando rudimentarias herramientas psicofarmacológicas, la investigación y el desarrollo de nuevas intervenciones psicofarmacológicas se han prácticamente paralizado. A las empresas les resulta mucho más rentable modificar, volver a patentar y renombrar los medicamentos existentes que dedicarse al negocio mucho más arriesgado de crear nuevas teorías y tratamientos. Esto explica, en parte, por qué las empresas farmacéuticas invierten mucho más dinero en marketing que en investigación y diseño.

Quienes defienden y promueven la psicofarmacología lo hacen en gran medida porque sus fármacos, aunque imperfectos, suelen ser eficaces. Sin embargo, no es fácil valorar la veracidad de las afirmaciones realizadas por las empresas farmacéuticas. La desmesurada cantidad de dinero de la industria farmacéutica implicada en los estudios médicos compromete gravemente la calidad y la fiabilidad de la información que hace pública. El hecho de que los estudios financiados por la industria farmacéutica tengan muchas más probabilidades de presentar resultados positivos que los no fnanciados por esta está bien documentado. Además, los procedimientos de aprobación de medicamentos de la Administración Federal de Medicamentos de EE.UU. y de Health Canada -la cual sigue por línea general las decisiones tomadas en Estados Unidos- están dramáticamente sesgados en beneficio de las empresas farmacéuticas.

Para sacar un medicamento al mercado, las empresas farmacéuticas deben presentar todos los ensayos clínicos que han patrocinado (no están obligadas a presentar revisiones independientes de sus productos). Aunque las empresas farmacéuticas pueden realizar tantos ensayos como quieran de un medicamento, para que sea aprobado sólo deben presentar dos ensayos que demuestren que este es más eficaz que un placebo. Los ensayos negativos rara vez ven la luz, mientras que los estudios positivos se promocionan en congresos y se publican en revistas médicas. El público, y hasta cierto punto los médicos que nos tratan, quedan en gran parte en un estado de ignorancia.

Hacia una política de izquierdas de la atención de salud mental

Es fácil seleccionar los evidentes abusos de la psiquiatría para arrojar una luz negativa sobre toda la disciplina -sobre su pasado, presente y futuro-. Sin embargo, cabe señalar que los defensores de la psiquiatría también han producido sus propias historias selectivas las cuales arrojan una luz mucho menos negativa sobre su disciplina. Un enfoque más ecuánime sería mantener nuestras críticas a la psiquiatría y reconocer al mismo tiempo la gran dificultad de dar respuesta al sufrimiento psíquico.

Figuras prominentes de la disciplina como Leon Eisenberg y Allen Frances han ofrecido evaluaciones muy difundidas de las limitaciones habituales de la psiquiatría y de sus muchos fracasos. En 1982, en medio de las frenéticas promesas de una «revolución neurobiológica» en la psiquiatría, Roberto Mangabeira Unger destacó los desafíos de la disciplina en un conmovedor discurso ante la Asociación Americana de Psiquiatría:

“Nada perjudica más a la ciencia que la negación o la banalización del enigma. Al tiempo que tenemos ante nuestros ojos los fracasos explicativos de la ciencia psiquiátrica, también somos capaces de descubrir elementos válidos de autoconocimiento incluso en los ataques más extremos y menos cuidadosos a la psiquiatría contemporánea: de hecho, hacer que incluso sus críticos más confusos e implacables sean fuentes de inspiración es el sueño de un científico”.

La ciencia dista mucho de ser políticamente neutral, pero la izquierda puede y debe emplear sus métodos para promover fines políticos emancipadores y transformadores.

Las políticas del sufrimiento psíquico tiene varias dimensiones. Sabemos que las personas padecen diversas formas de malestar psíquicos importantes y duraderas que puede aliviarse o resolverse. Sin embargo, carecemos de explicaciones sociológicas, psicológicas y biológicas satisfactorias para ellas. Los profesionales de la psiquiatría no tienen el monopolio de este estado de ignorancia: es compartido por todos. Pero hemos cedido una autoridad y un poder significativos a los investigadores médicos y a las empresas farmacéuticas para progresar en nuestra comprensión pública sobre asuntos de gran interés y complejidad. Futuros estudios deben atenerse a normas más estrictas de transparencia y responsabilidad democrática.

La labor asistencial es una parte importante de la lucha más amplia por conseguir libertades sociales y económicas universales. Se necesita con urgencia la provisión pública de programas sociales y terapéuticos cuidadosamente diseñados -como casas de acogida, grupos de iguales, viviendas de apoyo, mediación de casos y terapias psicológicas y médicas verdaderamente accesibles- para ayudar a las personas a vivir con seguridad y bienestar.

No es fácil ni sencillo arrebatar el poder a las empresas e instituciones que actualmente se benefician de su monopolio sobre el sufrimiento psíquico. El camino hacia la democratización de la investigación científica será, sin duda, una ardua batalla. Sin embargo, es fundamental que vayamos más allá de la crítica y el rechazo generalizados de la psiquiatría y que nos comprometamos más activamente con estas cuestiones. Esto comienza con la humildad y una apreciación matizada de los desafíos epistemológicos y políticos a los que nos enfrentamos.

Una política de izquierdas de la atención de salud mental debe exigir una investigación democrática y financiada con fondos públicos sobre la naturaleza del sufrimiento mental y los posibles tratamientos, evaluaciones regulares de lo que es importante para las personas que sufren, y un compromiso con la provisión de tratamiento e interés por la atención. Las respuestas sociales a las enfermedades mentales se han caracterizado durante mucho tiempo por los extremos del paternalismo o la desatención. La izquierda tiene mucho que aportar para forjar un nuevo camino.Madeleine Ritts14/3/2022Madeleine Ritts trabaja como jefa de equipo de un programa comunitario de salud mental y adicciones en un hospital del centro de Toronto. Participa en la organización del trabajo en torno a la pobreza y los sin techo y ocupa un puesto de investigación basada en la práctica en el Li Ka Shing Knowledge Institute.

Madeleine Ritts trabaja como jefa de equipo de un programa comunitario de salud mental y adicciones en un hospital del centro de Toronto. Participa en la organización del trabajo en torno a la pobreza y los sin techo y ocupa un puesto de investigación basada en la práctica en el Li Ka Shing Knowledge Institute.

(Tomado de Jacobin)

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