De la covid-19 a la invasión de Ucrania y más allá: la economía mundial, en un callejón sin salida

por Norbert Holcblat

En el siglo XVI, los navegantes ingleses acuñaron la hermosa expresión ‘aguas inexploradas’, aguas en las que nunca se ha navegado, de las que no hay mapas. Ahí es donde estamos hoy en día”, 
François Chesnais[01]

Es evidente que la economía mundial atraviesa una fase singular marcada por la concatenación de la pandemia y la guerra y en la que se impone, en un trasfondo cada vez más inmediato, la crisis ecológica. Merece la pena intentar comprender mejor la situación, aunque no extraigamos, al menos aquí, conclusiones definitivas. Para ello no podemos limitar el análisis a lo estrictamente económico; hay que tener en cuenta todo lo que puede romper el equilibrio capitalista: la situación económica (fluctuaciones de la actividad, alteraciones en la tasa de beneficios, etc.), las relaciones entre Estados (incluidas las guerras abiertas o no, las barreras comerciales, etc.) y los enfrentamientos sociales[02].

Tradicionalmente, los economistas marxistas describen dos tipos de crisis económicas:

  • Crisis cíclicas, en las que los ciclos están marcados por la alternancia de fases de expansión y desaceleración, e incluso de recesión.
  • Las grandes crisis, que se corresponden
    con la inversión de una onda larga del capitalismo, con el agotamiento de un orden productivo.

Las fases de cambio suelen estar marcadas por colapsos financieros, caídas de la bolsa, quiebras bancarias, que son la manifestación de la crisis a punto de estallar, pero no su causa. Las causas de las crisis se hallan en las alteraciones de la tasa de beneficios, en la sobreproducción, etc. Así, la crisis del petróleo de 1973 actuó como detonante, pero ya había una bomba lista para explotar[03].

Los instrumentos de análisis brevemente aludidos aquí apenas permiten comprender la crisis de la covid de 2020/2021. En el momento de su aparición, los economistas marxistas se mostraron reacios a sopesar los factores clásicos de nuestros análisis, así como el factor sanitario.

Es cierto que la crisis de la covid no estalló en un contexto marcado por la calma. En 2019 eran muchos quienes esperaban que se produjera una recesión y no fue nada original publicar (en junio de ese año) un artículo titulado “La crisis que viene”[04]. El capitalismo, al menos en los países de la OCDE, aún se tambaleaba por las consecuencias de la crisis de 2008/2009, la denominada crisis de las hipotecas de alto riesgo. Los bancos centrales mantuvieron los tipos de interés muy bajos y vertieron en los bancos un flujo constante de liquidez para sostener los precios de las acciones y animarles a conceder más créditos a las empresas con el argumento de respaldar el crecimiento. En la eurozona, la política no convencional del BCE combinó adquisiciones masivas de títulos públicos y privados en el mercado secundario, tipos reales negativos y operaciones de refinanciación a largo plazo para los bancos (LTRO y TLTRO). A pesar de ello, la economía seguía agitada.

El colapso
Como resumió Michel Husson, “el coronavirus no atacó a un cuerpo sano. (…) Lo cierto es que esta no se trata de una crisis clásica[05]. Nunca tantos países han experimentado una contracción simultánea del PIB per cápita (del orden del 95%, según un documento elaborado por economistas del Banco Mundial)[06]. A pesar de la imprecisión de los datos, la comparación con recesiones previas resulta esclarecedora en lo que respecta a la especificidad de la recesión de 2020 (ver gráfico en página siguiente).

Esta profundidad y simultaneidad son en parte el resultado de decisiones estatales, en cierto sentido forzadas por los estragos de las políticas neoliberales en el sistema sanitario. En algunos países (por ejemplo, Italia), también intervino el malestar de la población y de las y los trabajadores, ya que los empresarios trataron de reducir al máximo el número de paros laborales.

La crisis sanitaria se convirtió en una crisis económica bajo el efecto de dos impactos generalizados: la oferta y la demanda.

Proporción de economías con una contracción del PIB per cápita

  • El impacto de la oferta se caracteriza por la caída de la producción vinculada a la aparición de restricciones en el suministro de materiales de consumo intermedios (debidas, en particular, al confinamiento en China), por el cierre de empresas como resultado del confinamiento de una parte de la mano de obra y por la reducción de la provisión de servicios.
  • El impacto de la demanda se caracteriza, según los países, por una caída de la demanda exterior, que lleva consigo la caída de las exportaciones, y por una caída de la demanda interna, especialmente de servicios (transporte, hostelería, etc.).

Las relaciones comerciales internacionales se han visto extraordinaria y severamente alteradas, sobre todo por el confinamiento en China. Según la UNCTAD (Conferencia de las Naciones Unidas para el Comercio y el Desarrollo), a pesar de su recuperación a finales de año, el comercio internacional de mercancías cayó una media del 7,4% en 2020.

El inicio del colapso de los mercados financieros se contrarrestó con la intensificación de las políticas de apoyo a los bancos y a las grandes empresas (a través de compra de bonos) por parte de los bancos centrales.

Las consecuencias para el empleo han sido devastadoras. La OIT (Organización Internacional del Trabajo) estima que en 2020 se perdió el 8,8% del total de horas de trabajo, lo que equivale a las horas trabajadas en un año por 255 millones de trabajadores a tiempo completo. Aproximadamente la mitad de la pérdida de horas de trabajo se debe a la reducción de las horas de trabajo de quienes conservaron su empleo (que puede atribuirse a la reducción de la jornada laboral o a la jornada cero en el marco de los regímenes de jornada reducida). La otra mitad se debe a la pérdida total de puestos de trabajo. En comparación con 2019, el número total de puestos de trabajo perdidos en 2020 fue de 114 millones[07]. El paro aumentó brutalmente en EE UU, China e India. En varios países de Europa Occidental, entre ellos Francia, el aumento del paro se vio limitado por la introducción de regímenes de desempleo parcial o técnico con cargo al erario público.

Los efectos del virus sobre el empleo en EE UU

Capitalismo asistido
El 12 de marzo de 2020, Emmanuel Macron anunció que el gobierno haría frente al coronavirus tanto en el sector sanitario como en el económico “cueste lo que cueste”. Sin necesidad de proclamarlo con tanto énfasis, los diferentes Estados han aumentado su gasto muy por encima de los objetivos presupuestarios establecidos previamente. A la laxitud de los bancos centrales desde la crisis de 2008/2009 se ha sumado el decidido apoyo fiscal a las empresas (y, en mucha menor medida, las ayudas a las y los parados). Según el FMI, el esfuerzo fiscal mundial total en enero de 2021 fue de 14 billones de dólares.

Como consecuencia de estas políticas se evitó que la profunda recesión viniera acompañada de destrucción de capital; durante la crisis de la covid no se produjeron grandes quiebras (con una excepción: las cadenas de grandes almacenes en EE UU). Si echamos la vista atrás veremos que esto no es un fenómeno totalmente nuevo.

En el capitalismo actual, las quiebras de bancos y grandes empresas parecen cada vez menos probables

Tras la quiebra de Lehman Brothers en septiembre de 2008, el gobierno federal de EE UU –y luego otros gobiernos– intervino masivamente para salvar, recapitalizar y reestructurar bancos, compañías de seguros y grandes empresas mediante la concesión de importantes préstamos o incluso participaciones de capital. La prioridad era salvar a los bancos. Así, es cierto que en EE UU aumentaron las quiebras entre 2008 y 2009, pero aparte de Lehman Brothers el Estado rescató a grandes empresas en dificultades, como las prestamistas de hipotecarios de relevancia nacional (comúnmente conocidos como Fanny Mae y Freddy Mac), que fueron nacionalizados; en el sector automovilístico, la Chrysler fue respaldada por un préstamo gubernamental, al igual que General Motors (en cuyo capital invirtieron temporalmente los gobiernos estadounidense y canadiense).

En Francia también se produjo un pico de quiebras empresariales (sobre todo pequeñas, pero también la Camify otras), aunque sin mayor repercusión. El gobierno puso en marcha medidas para salvaguardar los bancos, con garantías y ayudas a la recapitalización. Las empresas se beneficiaron del plan de recuperación mediante préstamos a los fabricantes de automóviles y ayudas a la tesorería.

Durante la crisis de la covid se produjeron quiebras en el sector minorista estadounidense, pero no fue una avalancha. En Francia, gracias al conjunto de medidas de apoyo, incluso disminuyó el número de quiebras y no hay indicios de una oleada importante.

De hecho, en el capitalismo actual, las quiebras de bancos y grandes empresas parecen cada vez menos probables. Los Estados, aplicando la norma too big to fail (demasiado grande para quebrar), salvan a los grandes bancos por temor a los riesgos potenciales que implicaría su colapso. En cuanto a las grandes empresas industriales y de transporte, se están reestructurando, recortando puestos de trabajo, cerrando instalaciones y trasladando sus dificultades a los subcontratistas.

Otra consecuencia es que no ha habido destrucción de capital ficticio. Por el contrario, gracias a la compra generalizada de valores por parte de los bancos centrales, los mercados financieros siguieron prosperando rápidamente y los multimillonarios enriqueciéndose (en 2020 su riqueza aumentó a nivel internacional en 1.900 billones).

En la eurozona se suspendieron temporalmente las regulaciones que limitan los déficits presupuestarios y las ayudas estatales. Como se ha mencionado anteriormente, el BCE ha aumentado sus intervenciones. Además, una innovación importante fue la creación en julio de 2020 de un fondo europeo de recuperación (llamado Next Generation EU), financiado por un préstamo emitido por la UE. Algunos han visto en estas medidas el anuncio de un giro fundamental y progresista de la UE con el que comenzaría a liberarse de las regulaciones presupuestarias del Tratado de Maastricht y acuerdos posteriores. De forma más lúcida y realista, el economista estadounidense Adam Tooze señala que las medidas fiscales y otras adoptadas en 2020 en EE UU, la UE y otros países tenían una “lógica fundamentalmente (…) conservadora”[08]. De lo que se trata es de salvar el sistema perturbando lo menos posible los mercados. Para ello, hasta los más neoliberales están dispuestos a gastar, aunque después haya que volver a la austeridad. De hecho, las únicas normas de la eurozona en las que se ha producido un cambio significativo y probablemente duradero son las que rigen las intervenciones del BCE.

Asimismo, este periodo se caracterizó por una desaceleración sostenida del comercio mundial de mercancías, mientras se agudizaba el conflicto comercial entre EE UU y China que reflejaba no solo la peculiaridad de Trump (véase su eslogan Make America great again), sino la negativa del imperialismo estadounidense a quedar rebajado por una potencia cada vez más poderosa. Otros Estados también comenzaron a promulgar medidas para controlar las inversiones chinas.

Después de la fase más aguda de la crisis de la covid
Las distintas economías nacionales se han recuperado a medida que se han suavizado las restricciones. La economía china fue la que más rápido se recuperó (manteniendo su política de covid cero), lo que confirma la particularidad de esta recesión: tanto en su inicio como en su final, las decisiones estatales tienen un peso fundamental.

Pero el optimismo que rezumaban los discursos de los dirigentes, deseosos de dejar atrás la pandemia y sus consecuencias, se vio rápidamente empañado por diversos problemas:

  • Continúan las dificultades de suministros, en particular de los semiconductores, con repercusiones en diversas producciones (como la industria del automóvil), así como la escasez de existencias en madera, papel y plásticos.
  • La desorganización de los intercambios comerciales, intensificada por la política de los armadores de no reiniciar el flujo de cargueros de transporte si no se restablecían las garantías de rentabilidad. Esto ha provocado un fuerte aumento del precio de los fletes de Asia a Europa y mayores retrasos.
  • El aumento de las presiones inflacionistas inicialmente consideradas como transitorias. En el caso de la energía y los alimentos, el aumento comenzó antes de la invasión de Ucrania y en estos mercados los comportamientos especulativos amplifican los movimientos directamente relacionados con la realidad económica (por ejemplo, malas cosechas de cereales). Los precios de los alimentos, y en particular de los cereales, tienen un impacto directo en la gente: entre 2019 y 2021, algo más de 200 millones de personas han caído en una situación de inseguridad alimentaria grave[09].

El petróleo brent alcanza su nivel más alto desde octubre de 2014

Entre el segundo semestre de 2021 y comienzos de 2022 prevaleció un análisis optimista según el cual estos tres problemas –las dificultades de abastecimiento, la desorganización del comercio y las presiones inflacionistas– se explicaban esencialmente por la repentina reactivación de la economía tras las restricciones y los confinamientos sanitarios.

Este análisis pasaba por alto las causas estructurales. La escasez de materias primas, de componentes electrónicos y de piezas de recambio remite, de hecho, a las dificultades propias del modelo neoliberal (fragmentación de los procesos productivos, producción justo a tiempo, stock cero). La imposibilidad de coordinar realmente la oferta y la demanda, por ejemplo, de metales raros o de chips electrónicos, provoca múltiples desequilibrios sectoriales[10]. Asimismo, hay que tener en cuenta la política de las empresas interesadas sobre todo en asegurar sus márgenes y los beneficios de sus accionistas.

Índice de precios de alimentos de la FAO
(Organización Mundial de la Alimentación)

Por último, las nuevas tecnologías de la información (TIC) siguen sin generar la aceleración en el aumento de productividad; la paradoja de Solow enunciada en 1987 –“se ven ordenadores por todas partes, excepto en las estadísticas de productividad”– no ha sido desmentida. Esta situación sigue sin estar bien explicada. Algunos economistas creen que el aumento de la productividad está ya agotado porque la eficiencia generada por el uso de las TIC puede reducirse a medida que el aparato productivo se equipa con ellas. Otros opinan, por el contrario, que los efectos están aún por llegar porque para que una innovación se integre efectivamente en el proceso de producción tiene que pasar un tiempo[11]. Y otros culpan a una subestimación del crecimiento del volumen y, por tanto, de la productividad… En cualquier caso, el estancamiento secular, según la expresión aparecida después de 2009, sigue vigente.

La invasión de Ucrania y las sanciones contra Rusia
La agresión contra Ucrania y sus consecuencias han incrementado las tensiones económicas:

  • En primer lugar, por las presiones inflacionistas (petróleo, gas, cereales, etc.). Como consecuencia, los precios al consumo, que ya estaban subiendo, empezaron a dispararse bruscamente.
  • En segundo lugar, por la tendencia a la recesión: desde principios de 2022, el FMI ha revisado constantemente a la baja sus previsiones de crecimiento. Con cada previsión, la inflación es mayor y el crecimiento más débil. Según la previsión más reciente, del 26 de julio de 2022, este año el PIB mundial no aumentará más de un 3,2%. El próximo año también será complicado, pues el FMI prevé un aumento internacional de solo un 2,9%. Aunque la recesión no es el escenario preferente del FMI, su economista jefe tiene claro que no está lejos. “Es posible que estemos al borde de una recesión mundial”, advirtió. No obstante, el riesgo de una recesión se considera mayor en Europa debido a las amenazas sobre el suministro de gas.

Las economías de Ucrania –en donde la producción ha caído al menos un 35% y se ha disparado la pobreza– y de Rusia, en mucha menor medida debido a las sanciones, sufrirán las consecuencias de la guerra, pero en la práctica habrá repercusiones de diversa magnitud en el conjunto de la economía internacional, empezando por muchos países pobres.

Según un reciente informe del Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD), solo en tres meses (desde marzo de 2022), unos 71 millones de personas más en todo el mundo han caído en la pobreza. Los desequilibrios económicos intensificados por la guerra en Ucrania están provocando un nuevo aumento de los precios de la energía y los alimentos, ya en alza tras el primer año de la pandemia. En los últimos doce meses, el precio del trigo se ha incrementado en un 64%. La crisis de la covid ha aumentado la deuda pública de los llamados países emergentes de una media del 52% entre 2015 y 2019 al 67% del PIB en 2021. En una nota dirigida al G20, el FMI advierte que esta inflación podría “inflamar las tensiones sociales” en los países afectados. Sri Lanka –donde el presidente fue derrocado por un movimiento popular– y Ecuador –que vivió diez días de disturbios porque la gente exigía disminuir el precio de los carburantes– pueden ser señales premonitorias.

En cuanto a China, el repunte de la pandemia y las estrictas medidas de confinamiento local están lastrando el crecimiento. A esto se suma la crisis del sector inmobiliario que, teniendo en cuenta todas las actividades directa o indirectamente ligadas a él, representa aproximadamente una cuarta parte del PIB chino: el gigante Evergrande está arruinado por una deuda de unos 300.000 millones de dólares. Cada vez son más los promotores que afrontan problemas para concluir sus proyectos y entregar a tiempo viviendas vendidas antes de su construcción. Como represalia, los propietarios indignados se niegan a pagar sus hipotecas, lo que agrava la crisis del sector y amenaza con extenderse a los bancos. Es poco probable que se cumpla el objetivo de crecimiento económico del 5,5% en este año de trascendencia política por la celebración del XX Congreso del PC. A diferencia de otros bancos centrales, el Banco de China ha recortado recientemente los tipos de interés.

La situación en EE UU –que intenta sacar el máximo provecho de la guerra en Ucrania, tanto militar como económicamente– es incierta, pero hay señales negativas: el crecimiento fue negativo en los dos primeros trimestres de 2022. Varios sectores, incluido el tecnológico, han anunciado despidos en las últimas semanas; Tesla [líder mundial en la fabricación de coches eléctricos] ha anunciado que prescindirá del 10% de sus empleados en los próximos tres meses, al tiempo que aumentará el número de trabajadores temporales.

Previsión de crecimiento por región

Ante la inflación, los bancos centrales ya habían decidido antes de la invasión de Ucrania abandonar las políticas de dinero fácil y subir los tipos de interés para contener la inflación. Por el momento, mantienen esta política y tanto en EE UU como en Europa suben los tipos. Pero esto no consigue más que reforzar la tendencia a la recesión e incrementar las dificultades de los países del sur, que perderán capital en favor de EE UU.

En la eurozona se añade un inconveniente más: el riesgo de que aumenten otra vez los diferenciales entre los tipos de interés que los mercados exigen para suscribir los préstamos de los distintos Estados. Grecia e Italia serían los primeros países debilitados por un aumento del diferencial de los tipos de interés a largo plazo, junto a Alemania, considerado el país más solvente. Esta situación es uno de los factores que explican la actual caída del euro frente al dólar, una caída que hace aumentar el precio de los productos importados (y, por tanto, alimenta la inflación) y favorece las exportaciones de la zona euro (su precio en dólares disminuye). Por ello, el BCE ha anunciado recientemente una subida de tipos y la puesta en marcha de un instrumento –la compra de valores– con vistas a limitar los diferenciales de tipos de interés injustificados.

Por el momento, y a pesar de que no se están cerrando empresas (lo que permite aumentar la tasa de beneficios al desaparecer las menos rentables), según los dirigentes de las grandes compañías los beneficios van bastante bien. Aumentaron considerablemente en 2020 y por el momento parecen mantenerse a pesar del incremento de los costes. Así, a finales de julio, Carlos Tavares (director general de Stellantis) mostraba con orgullo su confianza: aunque no se puedan excluir escenarios de nuevos choques importantes, como una recesión económica mundial o una crisis de abastecimiento energético en Europa, Stellantis podría hacerles frente: “En el primer semestre, nuestro estancamiento alcanzó al 40% de las ventas”, señalaba el directivo. “Podríamos soportar una caída de ventas del 60% y seguir siendo rentables”[12].

El aumento de la inflación ha suscitado multitud de comentarios y análisis. Los economistas de la corriente dominante lo achacan al bucle precios-salarios. Para ellos, el riesgo está en que el aumento de los precios despierte al monstruo dormido (las demandas salariales). Pero, en realidad, lo que está en juego hoy es, como escribe el periodista económico de Mediapart, Romaric Godin, un bucle beneficios-salarios: ciertos costes empresariales –energía, materias primas, componentes– aumentan y, para preservar sus beneficios o incluso aumentarlos, las empresas que pueden hacerlo suben sus precios. Y se niegan a conceder aumentos salariales que cubran al menos la inflación. Detrás de la inflación está, en realidad, la vieja lucha de clases que libran los capitalistas para explotar al máximo a los y las trabajadoras. Como escribe Romaric Godin en uno de sus artículos:

A escala internacional, las empresas aumentan sus precios y recortan los salarios para salvaguardar sus márgenes. Aunque no deja de ser una compensación parcial, esta coyuntura provoca una situación extremadamente peligrosa porque recae sobre la demanda. Y como el instinto es compensar la caída de los volúmenes con el alza de los precios, se trata efectivamente de un bucle precios-beneficios en el que los asalariados son los cándidos de la farsa y las víctimas expiatorias de la prioridad dada a los márgenes[13].

En EE UU, por ejemplo, según la Oficina de Estadísticas Laborales (BLS), el salario real por hora (beneficio menos inflación) disminuyó un 3,6% en los 12 meses anteriores a junio de 2022. En Francia, según datos del Ministerio de Trabajo correspondientes al segundo trimestre de 2022, el índice salarial básico mensual (SBM) del conjunto de los asalariados aumentó un 3,0% en un año. Pero los precios al consumo aumentaron un 6,0% entre finales de junio de 2021 y finales de junio de 2022. Por lo tanto, en un año, el SBM real ha disminuido un 3,0%. La mayoría de los países de la OCDE están registrando un descenso de los salarios reales.

El economista marxista inglés Michael Roberts constataba el pasado mes de mayo:

Desde la crisis de la covid, la proporción de las rentas del trabajo y los salarios reales han caído bruscamente incluso cuando el desempleo ha disminuido. (…) El aumento de la inflación no se debe a lo que pudiera ser un mercado laboral sobrecalentado, sino al aumento de los márgenes de beneficio de las empresas y a las trabas en la cadena de suministros[14].

Por tanto, un factor clave de la inflación es la evolución de los márgenes (mark up) en función del aumento de los costes para preservar los beneficios. De hecho, limitándonos a las empresas francesas más importantes (cuyos beneficios no se obtienen, evidentemente, exclusivamente en Francia), su comunicación, reproducida en julio de 2022 en el periódico económico Les Echos, es esclarecedora: Michelin, Schneider, Bel (alimentación) y Arkema (química) anunciaron que habían decidido aumentar los precios para preservar sus resultados, aunque no estaban atravesando dificultades.

En el primer semestre de 2022, treinta y ocho de los grupos del CAC40 [equivalente al Ibex35] (Alsthom y Pernod-Ricard están excluidos de los cálculos debido a sus diferentes periodos contables) obtuvieron un beneficio acumulado de 81.300 millones de euros (según cálculo de Mediapart). Ello supone 20.000 millones de euros más que en el mismo periodo del año anterior. “Las empresas del CAC40 han demostrado que tienen un poder real para fijar los precios, lo que es muy tranquilizador dado el contexto inflacionista”, comentaba cínicamente un analista financiero. Pero otras empresas más pequeñas o más dependientes de las fluctuaciones del precio de la energía pueden tener más dificultades en repercutir los aumentos de costes en sus precios.

¿Hacia una crisis?
Volviendo a la cita de François Chesnais al principio de este artículo, la economía mundial navega en aguas en buena parte desconocidas.

Concurren todos los ingredientes para que se produzca una fuerte desaceleración de la economía internacional: endurecimiento de los bancos centrales, fragilidad en la esfera financiera, una elevada deuda pública, desórdenes en los suministros, economías vacilantes y un clima general de incertidumbre. Los signos de recesión ya son visibles, especialmente en EE UU, donde en los dos primeros trimestres de 2022 se registró un crecimiento negativo. En Europa, la guerra en Ucrania está afectando al suministro de gas. El crecimiento chino es demasiado débil para ser un tractor significativo de la economía mundial.

Las subidas de tipos impulsadas por los bancos centrales han llevado a algunos a temer que se repita el escenario de finales de los años 70, cuando un fuerte incremento de los tipos, justificado según sus precursores (principalmente el presidente del Banco Central de EE UU, Paul Volcker) por la lucha contra la inflación, provocó una recesión mundial en 1982 y una serie de crisis financieras en los países del sur[15].

Hay que prever otra hipótesis: una situación en la que el capitalismo estaría sumido en una crisis permanente

Asimismo, se rememora la estanflación [estancamiento con inflación] de los años 70, una situación en la que coexistió una alta inflación con un crecimiento económico estancado. Así, el Banco Mundial, en sus Perspectivas económicas mundiales publicadas a principios de junio de 2022, escribe:

Incluso si se evita una recesión mundial, el dolor de la estanflación podría persistir durante varios años, salvo que se produzca una mejora importante en los problemas de la oferta. (…) Es probable que se produzcan varios años de inflación por encima de la tendencia y de crecimiento por debajo de la misma, con consecuencias potencialmente desestabilizadoras para los países de rentas bajas y medias. Se trata de un fenómeno (la estanflación) que el mundo no había vivido desde los años 70.

Después, podría haber una recuperación más o menos pronunciada dependiendo de las tensiones internacionales. Recuperación que podría verse alimentada por la reconversión ecológica de ciertas industrias (por ejemplo, la del automóvil) y por el gasto en armamento.

Pero hay que prever otra hipótesis: una situación en la que el capitalismo estaría sumido en una crisis permanente, con Estados atrincherados en el neoliberalismo y (sin que ello resulte contradictorio) adoptando, algunos de ellos, formas de nacionalismo económico en un clima de guerra abierta o latente, o de conflictos comerciales con bajo crecimiento. El escaso aumento de la productividad y la amplificación de la crisis ecológica forman parte de ello.

La crisis permanente no significaría el colapso del capitalismo[16], sino que se instala en un funcionamiento cada vez más regresivo cuyas premisas son evidentes desde hace varios años.

¿Desglobalización?
Como señalaron Marx y Engels ya en 1848 en el Manifiesto Comunista, la tendencia a la expansión global es inherente al capitalismo. Pero esta internacionalización ha pasado por diferentes fases. En la primera mitad del siglo XX se produjo un retroceso en la globalización.

  • La primera globalización. A partir de mediados del siglo XIX se asiste a un impetuoso crecimiento del comercio internacional de bienes (que creció más rápido que la producción) y de las exportaciones de capital. Al mismo tiempo, los países imperialistas se repartieron el mundo y se produjo una importante migración de Europa a EE UU, Latinoamérica, Australia, etc.
  • Esta primera globalización concluyó con la Primera Guerra Mundial y, sobre todo, con la gran crisis de los años treinta. Los distintos Estados se rodearon de barreras aduaneras (a las que añadieron sus imperios coloniales) y se reguló la circulación de capitales. Ello no supuso el fin total del comercio internacional, ni siquiera de las relaciones de capital entre empresas de distintos países.
  • Tras la Segunda Guerra Mundial, los países capitalistas acordaron liberalizar gradualmente su comercio de bienes y capitales. Se extendieron las empresas multinacionales y se reorganizaron las cadenas de producción a nivel mundial. Las monedas volvieron a ser convertibles. Florecieron los paraísos fiscales. Con la caída del Muro de Berlín en Europa y el giro de China, la globalización de la economía incorporó progresivamente al antiguo bloque soviético y a China. Rusia y China se incorporaron al FMI y a la Organización Mundial del Comercio (OMC) en conformidad a su transición al capitalismo. A través de los planes de ajuste estructural, el FMI impuso a los países del sur el desmantelamiento de los derechos de aduana y la liberalización de los movimientos de capitales (todos ellos avanzarán en esta dirección, aunque a ritmos desiguales).
  • ¿Y ahora qué? Desde la covid-19 y con la guerra de Ucrania, varios analistas han profetizado el fin de la globalización. Es poco probable que se vaya a producir un declive repentino de la globalización tal y como el de las décadas de 1920 y 1930. Igualmente, un movimiento de relocalización de amplio alcance tampoco es muy creíble. La lógica del capital sigue siendo la de la internacionalización y el mercado mundial.

Antes de la guerra en Ucrania, el crecimiento del comercio mundial (la relación entre el crecimiento del comercio de bienes y el crecimiento de la economía) ya se había ralentizado. Según un estudio de 2020[17], el aumento de los salarios en algunos países (sobre todo en China), el incremento de los costes de transporte en algunos sectores, la aceleración de la robotización de las cadenas de montaje y los problemas con los plazos de entrega, la calidad y la seguridad de los productos deslocalizados son factores que frenan la deslocalización industrial. Pero el mismo estudio precisa que esto no será necesariamente igual en el caso de las industrias cuyas actividades de ensamblaje no pueden robotizarse (textil, confección, cuero, calzado, etc.) y cuya producción puede trasladarse de China a Vietnam, Bangladesh o incluso a Etiopía. Asimismo, existe un importante potencial de deslocalización en servicios como la banca, los seguros, etc.

La ralentización del comercio mundial se ha acentuado con la crisis de la covid, pero no hay una disminución del comercio internacional de mercancías. En 2021, los flujos de inversión extranjera directa (IED) han vuelto a su nivel prepandémico de 1.580.000 millones de dólares, lo que supone un aumento del 64% respecto a 2020.

La situación puede ser más compleja en 2022, debido sobre todo a la guerra en Ucrania, pero aún no se pueden extraer conclusiones definitivas. Algunos países tratarán de estimular los movimientos de deslocalización con subvenciones. Es el caso de EE UU, donde el pasado mes de agosto se promulgó una ley de fomento de la inversión en semiconductores con un presupuesto de 52.000 millones de dólares en subvenciones. Otros textos también pretenden fomentar la producción de coches eléctricos y paneles solares.

Cabe pensar que, alentadas o no por los créditos públicos, las empresas serán más cautelosas con respecto al stock cero y al just-in-time. Intentarán no depender de proveedores situados en el mismo país. Algunas cadenas de producción pueden regionalizarse, por ejemplo, UE + Europa Central y del Este.

Las consideraciones políticas se sumarán a los factores económicos antes mencionados e influirán en mayor medida que antes en la ubicación de las empresas en el extranjero y en sus políticas de subcontratación y compra: “Además de la deslocalización, se producirá un movimiento hacia una globalización entre amigos, en la que los bienes estratégicos se producirán en casa o en países aliados”, escribió la OMC en un documento sobre las consecuencias de la guerra en Ucrania[18].

Por último, se observa que varios Estados (EE UU, Alemania y, en menor medida, Francia) han establecido controles sobre los proyectos de inversión extranjera, dirigidos esencialmente a China.

El contexto actual nos recuerda que el capitalismo sigue estructurado en gran medida en torno a Estados que tienen capacidades desiguales para influir en los demás en el plano económico, político, militar… Los grandes países han relanzado la carrera armamentística. Y el nacionalismo avanza en gobiernos que combinan políticas económicas y sociales neoliberales con una retórica reaccionaria y nacionalista, e incluso con comportamientos beligerantes. Hay muchos ejemplos de diferentes grados: Trump, Bolsonaro, Erdogan…, pero también el Brexit, Orban, el gobierno polaco, Modi en India. Y, por supuesto, Rusia. En China, el auge del nacionalismo acompaña el deseo de los dirigentes del partido-Estado de conservar el control de los grandes equilibrios económicos, al tiempo que lanzan una gran iniciativa multiforme (la Nueva Ruta de la Seda) para consolidar la influencia china y asegurar las comunicaciones marítimas y terrestres de China con sus proveedores y clientes.

Norbert Holcblat es economista y militante del Nuevo Partido Anticapitalista (NPA, Francia) y de la Cuarta Internacional

(El original de este texto fue publicado en la revista Inprecor, 699-700, pp. 9-14, 2022)

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