Cuento de Juan García Brun: «Vinimos de Ancud»

in memoriam CVW

Mi tío murió hace un par de semanas. La noticia me la dio mi tía Martha, junto con enviarme la rendición de cuentas de los arriendos. Fue entonces que decidimos ir a saludar su tumba a la isla. El viaje, parte en tren, parte en barco y el tramo final a caballo, nos tomó unos quince días.

Cuando llegamos al pueblo —una aldea construida sobre acantilados marinos— tuvimos que esperar a que nos vinieran a buscar. Por radio habían anunciado: «el lunes doce llega el Sr. Backer y Sra. al cruce Los Pinos, favor ir a buscarlos» y llegamos antes. Luego, a la hora anunciada, Pedro se hizo presente, nos ayudó a desensillar y nos reiteró algunas explicaciones para evitar mareos al andar por las sendas colgantes, que hacían las veces de calle en el caserío. Visto desde donde estábamos, el lugar parecía una telaraña hecha de lazos y tablones pendiendo sobre una rompiente marina.

Preferí hospedarme en la residencial del pueblo, para evitar contratiempos y no abusar de mi tía. Nos paramos frente a la recepción y Pedro nos pidió que le esperáramos. En cosa de minutos salió de la oficinita portando un balón de gas de 15 kg (galón o garrafa, según la zona), tal objeto permitía ocupar la cabaña y hacía las veces de llave de la misma. Sin gas, que activaba el motor en la cabaña, no había ni calefacción ni electricidad, lo que la hacía totalmente inhabitable.

La pequeña cabaña tenía dos camas tipo camarote, una cocinilla y baño con ducha. La única ventana miraba hacia la otra cabaña y a un pedazo de roca negra. Si uno se paraba muy cerca de la ventana podía ver algo del mar que se sacudía en lo profundo. Nos recostamos y dormimos una breve siesta tras la cual la noche era completa y total. Una noche sin estrellas y sin luna.

A las 6:00 de la tarde, mi tía Martha nos esperaba para cenar.

Ayudados por un farol y sujetos a una cuerda de vida atada a un grueso cable marino, llegamos a la hora a esa casa que sólo yo conocía. Mi tía nos abrió y nos invitó a ingresar con una voz aguda y expresiones reiterativas de agradecimiento. «Hijos» nos decía, una y otra vez. La casa, que estaba construida en parte en una caverna, estaba decorada con imágenes orientales que representaban escenas de cacería, lámparas de papel y pequeños adornos de porcelana fría: flores y duendes.

Mientras cenábamos llevé la conversación a cuestiones que no nos entristecieran de forma de hacer llevadero lo inevitable, hablar de la muerte de mi tío. Así fue como hablamos de gallinas, de rocas de caramelo y de motonetas. Nos servimos guindado y galletas de mantequilla.

Al brindar al final Martha fijó la vista en el suelo y nos contó la extraña aparición de hormigas, antes de la muerte. Unas hormigas que nadie conocía y cuya ferocidad y número las hacían intolerables en extremo. La voz de Martha se hizo grave y decidida, describió intervenciones quirúrgicas, recriminó incompetencias.

Las dejé hablando. El murmullo de las voces femeninas se confundía con el mar. Fui a buscar leña. La leñera estaba acomodada ya en la caverna. En un extremo de ella, junto a un hacha y unos tarros de pintura, había una roldana que pendía —y a ratos temblaba gimiendo— sobre lo que parecía un pique minero. Se le escuchaba trabajar.

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