Cuento de Juan García Brun: «Árboles africanos»

Uno hombre delgado, no tan alto, pero quijotesco conversa con Mansilla mientras bajan por la colina de un barrio industrial. Se ve el Estrecho desde allí aunque el viento se los impide. Hablan del clima, de ceremonias antiguas y de negocios. En un momento parecen perder el equilibrio y la escena casi se detiene. Mansilla agita los brazos y el flaco lo observa como si se tratara de una representación teatral. No hay tiempo en esa conversación. Entonces dejan de reír. Ambos creyeron haber ido a convencer a la familia de que vendieran el bosque que ocupaba la zona que llamaban Cero.

Esto no debió alterarlos, el problema era que ambos creían haber convencido a esa familia y haberlo hecho en un día como ese, un día frío de invierno y de sol, acompañados ambos por un tercero, Soto. 

Mansilla creía haber llegado ese día ante esa familia sin  padres. Un grupo de los que alguna vez fueron adolescentes que siguieron viviendo ahí, creciendo salvajes, entre  un gallinero enorme y un difuso taller mecánico de camiones. Se sabía que vivieron la mayor parte del tiempo en una casa-galpón, un esperpento hecho alguna vez de tejas de alerce, pero reparado con latas y más próximamente por plásticos e inclusive cuero de animales y ramas. Es lo que observó el flaco.

Los hermanos -parecían alemanes o rusos- habían decidido vender. El mayor de ellos, al estrechar las manos y cerrar el negocio quiso darles a entender de que tenían un proyecto para irse de ahí, movió las manos aludiendo algo grandioso. Sin embargo y a pesar de que el negocio importaba una fortuna la situación les pareció, al flaco y a Mansilla, abrumadoramente triste. El muchacho, que llevaba unos bigotes impresentables, no sabría qué hacer con el dinero ni mucho menos con sus hermanos.

El flaco recordaba lo mismo, sólo agregaba que al momento de cerrar el negocio el muchacho llamó a su hermana mayor, para darle mayor realce al momento.

El campo había sido talado por completo. Sus árboles aserrados. Este trabajo tomó años, un trabajo metódico y feroz, hasta que todo el lugar se transformó en un lodazal.

Los hombres seguían bajando, ahora por una pendiente muy pronunciada hasta llegar a una calle de importancia. En el bandejón central había una glorieta, una fuente vacía y aquello que pudo, bien visto, haber sido un monumento. Mansilla se da cuenta que anochece, que la oscuridad amorosamente cubre la ciudad. Una ciudad principal de galpones en los que resiste esa madera.

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