Cuento de Walter Garib: «En el café un día de lluvia»

Conocí en persona a Frank Sinatra, aquella tarde de invierno. Jamás olvidaré las circunstancias del hecho, ni la fecha, pues marcó mi vida. A diario acostumbro a caminar por la avenida Libertad de Viña del Mar, y en esa circunstancia, al sentir en mi rostro gotas de lluvia, me dirigí apresurado a guarecerme al “Café con Letras”. Me senté a una mesa situada en la parte interior del lugar, alejado del bullicio, y al inspeccionar a mí alrededor, vi a un personaje que me resultó demasiado familiar. Permanecía en silencio, en un discreto rincón, mientras degustaba su café y comía galletas. Sentí un pálpito. Sí, sí; no había dudas. Se trataba del famoso cantante Frank Sinatra en persona, que alejado del bullicio, disfrutaba un momento de solaz. ¿Qué hacía esa tarde en Viña del Mar? Todos en algún instante, deseamos enfrentarnos a la posibilidad de ver a un artista de aquella magnitud. De pronto, dudaba que fuese Frank Sinatra y quizá se trataba de una persona muy parecida a él.

Cuando una de las chicas se acercó a tomarme el pedido, le pregunté en forma discreta, si era Frank Sinatra, quien permanecía algo escondido al fondo del local. Ella sonrió y moviendo la cabeza, dijo que sí. ¿Qué hacía el cantante a esa hora en Viña del Mar? Como cualquier artista célebre, acostumbra a desplazarse en silencio y de incógnita, para soslayar a la gente indiscreta. A menudo, personajes de popularidad, son importunados por sujetos vulgares, que nada saben de discreción. ¿Cómo olvidar sus canciones, donde estaban mis favoritas: New York, New YorkFly me to the moon y sobre todo, la pegajosa Night and Day que me seduce tararear?

En tanto llovía, instalado Frank Sinatra junto a una ventana, se ponía a observar la lluvia. Sus ojos relumbraban. De seguro, buscaba estímulo o la idea, para componer una canción, y no me sorprendí, al ver que del bolsillo retiraba una libretita de apuntes y escribía algo ahí. Aquello, constituía un deleite, al presenciar un acto de creación.

Yo lo observaba embelesado y mientras bebía mi café, me las ingeniaba para no perder detalle de sus movimientos, lo cual constituía una fiesta. Aquella experiencia, de seguro, iba a marcar mi vida. Dentro de unos días nos íbamos a reunir poetas y novelistas en ese lugar, como lo hacemos los jueves, y de exponer mi historia, me iban a acusar de mentir.

Como la lluvia no amainaba y crecía acompañada de relámpagos, de seguro Frank Sinatra iba a permanecer largo tiempo en el café. Ojalá así fuese para seguir deleitando mis ojos. Jamás habría imaginado hallarme en una situación idéntica. Mientras se mantuviera en el local, no pensaba moverme de ahí.

Hubo un instante en que cruzamos nuestras miradas, donde experimenté una infinita dicha. ¿Y si por cortesía lo saludaba? Lo juzgué una impertinencia y preferí mantenerme callado. Aparecía en ese instante Patricia, la dueña del Café con Letras y mientras sonreía, se dirigió al público, y dijo:

—Queridos amigos y amigas. Esta tarde de lluvia, la cual no ha sido invitada al Café con Letras, tengo el placer de presentar a quien nos deleitará en esta oportunidad, con su preciosa voz de barítono y amplio repertorio musical.

Mientras aplaudíamos, Frank Sinatra se ponía de pie y avanzaba para situarse al centro de la sala, en tanto agradecía, manteniendo sobre su pecho, los brazos en cruz. Llevaba puesto su sombrero borsalino y tenía enrollada al cuello, una bufanda de seda blanca. La escena parecía un sueño. En ese instante, una chica le entregaba la guitarra.

—Me refiero —prosiguió Patricia, y lo señalaba con el brazo extendido— a nuestro querido Martín Borja, cantante de Valparaíso, apodado Frank Sinatra.

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