Cuento de Samuel Rodríguez: «El mundo en llamas»

Padre Nuestro que estás en los cielos,
Con las golondrinas y con los misiles,
Quiero que vuelvas antes de que olvides
Cómo se llega al sur de Río Grande.

Mario Benedetti.

He muerto en el infierno 

—le llamaban Passchendaele-.

Sigfried Sassoon

Miles de cuerpos caían atravesados por las balas, devorados por las ratas, abatidos por el odio de una furia al límite. La locura se apoderó de nosotros. El mundo estaba en llamas.  

Hemos perdido la juventud, pero también la cordura, y también los deseos de vivir.  Estábamos tan despreocupados, y sin embargo al borde del infierno. Nos sentíamos seguros. Nadie nos dijo la verdad: éramos frágiles. 

El incendio nos rodeaba por todas partes, el olor a cuerpos quemados enfermaba cada centímetro de la realidad. El mundo se encontraba a punto de sucumbir ante su propia inmundicia. Mi padre fue el primero que me habló del incendio. Va a llover fuego, me dijo, prepárate. Se suicidó dos meses después. Una bala le atravesó el cráneo. 

Mi padre pensaba en el suicidio desde antes de la guerra, pero esto era distinto. Luego vivimos como ratas, huyendo entre las coladeras de la ciudad, escondiéndonos hasta de nuestra sombra. Nadie entendió el motivo de la guerra. Un día estallaron las bombas, destruyeron Monterrey, Juárez, Reynosa, Tijuana, luego nos enteramos de que toda la América Latina había quedado arrasada: los puertos marítimos, las selvas, las ruinas milenarias, las ciudades abigarradas, todo aquello quedó reducido a cenizas.

Un poco antes de la guerra mi padre y yo estábamos de viaje en su vieja furgoneta. Juntos atravesamos el país, sabíamos que era una despedida. Estábamos conscientes de que moriría pronto y el viejo deseaba pasar las tardes más dulces hablando conmigo. El cáncer le comía la vida.

 Pasamos por pueblos sin nombre que bordeaban el desierto, recorrimos carreteras que terminaban en parajes solitarios en donde hasta el silencio dolía. Una tarde paramos en un burdel en un pueblo cercano a la playa; las mujeres nos recibieron como si fuéramos dioses adoloridos que llegaban a su última morada. En otro pueblo plagado de iglesias el viejo se bajó a mear. Meo victoriosamente en cuatro de las iglesias más grandes de lugar. La gente le reclamaba, él los miraba fijamente hasta hacerlos bajar los ojos. Nunca vi una meada más triunfante. La tos lo derrotaba por las noches, largos espasmos asesinos lo doblaban, sin embargo, resistía. Dos o tres medicinas aminoraban el dolor, pero no lo suficiente. Al terminar de toser me miraba. ¡Que bien que lo pasamos con las señoras!, decía con los dientes llenos de sangre y los ojos reventados de dolor. 

La primera bomba cayó en la frontera el primer día del mes de noviembre, luego otra y otra y así una cantidad incontenible. La tierra entera se llenó de un horrendo olor a gasolina y a carne quemada. El incendio se veía a cientos de kilómetros de distancia. La guerra iluminaba la noche.

El incendio era la lumbrera que daba luz entre las sombras; era un incendio monstruoso, feroz, asesino e imponente. Era un incendio caníbal que avanzaba simultáneamente por todo el mundo conocido hasta hacer delirar el sentido de la vida. A varios kilómetros por encima del incendio aviones de caza norteamericanos y canadienses arrojaban bombas sobre lo que alguna vez se llamó México. Reventaron Guadalajara, Puebla, San Cristóbal, Oaxaca de Juárez, Mérida, Hermosillo, Mazatlán, el puerto de Veracruz desapareció en un día. Todo Baja California se desprendió del continente mediante el uso de bombas subterráneas que provocaron terremotos por todo el norte. Cuando por fin se desprendió por completo y vagó por el océano como una gran balsa a la deriva, fue declarado territorio de Estados Unidos, poco después acabaron sin piedad con la totalidad de la población local. De Guatemala a Panamá no quedó ni el eco de la muerte, Cuba fue borrada de la faz de las aguas. Por los pocos sobrevivientes que nos encontrábamos en el camino nos enteramos de que el objetivo era acabar con todo y con todos en una carrera loca y atroz.  Un viento enfermo soplaba sobre la miseria del tiempo. El calor del incendio asesinaba la vida hasta lo más hondo. ¿Qué querías?, dijo mi padre, esto se veía venir, siempre nos odiaron. 

Por una familia de caminantes supimos que el ejército del norte estrechaba el cerco también por el Mar de Cortés y por el Golfo de México. Varios miles de soldados avanzaban asesinando a cuantos se atravesaban por su camino: mujeres, niños, ancianos, recién nacidos, animales, hombres de todas las edades sucumbían ante las balas. El pobre y mal entrenado ejército nacional quedó devastado en las primeras batallas; además, los cuerpos de policía huyeron casi de inmediato. Sólo pequeños grupos de guerrilleros les hacían frente en la sierra de Guerrero. Se calculaba que para ese momento habían muerto varios millones de personas. Miles de mexicanos se echaron a la mar, las pequeñas embarcaciones lucían como hormigas moribundas que llevan su hoja seca por el río del fin del mundo. Fueron presa fácil para los submarinos y para los portaviones. Los marines jugaban competencias sobre las almas de la gente. Los mares se infestaron de grandes peces que se hartaron de la carne de las víctimas, el mar se tiñó de sangre inocente. Las playas rebosaban de muertos, el día era un muestrario del horror. También supimos que habían acabado con miles de ciudades. Lo que antes fue Santiago, Rosario, Fortaleza, Maracaibo, San Pablo, Asunción, Mendoza, Cusco, La Paz, Lima y Medellín hoy era el más grande cementerio de la historia. De Buenos Aires solo quedó en pie Villa Fiorito; del Congreso de la nación no quedó ni el recuerdo. 

Un extraño silencio subía a nosotros del profundo sur del continente, la sombra de los muertos crepitaba entre la lengua del fuego. El incendio estaba cada vez más vivo.

Mi padre creció en los duros desiertos del norte, nació justo al terminar la Segunda Guerra. Vio el siglo, entendió su tiempo, y ahora que la vida llegaba a su fin, se enfrentaba conmigo a la guerra de exterminio más insólita de la historia. 

–Nos matarán a todos, me dijo una noche; no tengas miedo, es solo que los dueños del mundo tienen más hambre que de costumbre.  

–¿Por qué nos matan, papá, le pregunté sin miramientos? ¿Es la piel?, ¿les molesta el acento?, ¿les desagrada la frontera?

 –No te hagas líos, me dijo casi con compasión; somos débiles y tenemos petróleo; no hay más.

–¿Nos van a ayudar los chinos o los rusos? ¿y Europa?; Europa siempre defendió la libertad, papá.

Sonrió con los ojos cerrados, me besó la frente y se quedó dormido un par de horas. 

El resto de la noche estuvimos en silencio. La tos rompía el sueño de la oscuridad. Pernoctamos en una cueva, al amanecer escuchamos un estruendo maquinal e imponente; nadie se atrevió a preguntar nada. Nos quedamos helados en un rincón, ni él ni yo volteamos a vernos. Pasamos largas horas sentados, esperando que las paredes de la cueva cayeran sobre nuestros cuerpos frágiles. La explosión había cimbrado el mundo. No lo sabíamos en ese momento, pero una serie de bombas habían acabado con la Ciudad de México. Un avión militar arrojó su odio contra la ciudad más grande del país. Una gran columna de humo se alzaba ante nuestra mirada, el fin se hacía presente y levantaba su voz de tiniebla, pregonando su triunfo con una furia antigua. Una parvada de cuervos pasó sobre nosotros ocultando la luz del amanecer, se confundían con la columna de humo. Iban a saciarse de la carne de los muertos y de los últimos vivos.

 Días después, temblorosos y hambrientos, llegamos al centro de una ciudad de la que nunca supimos el nombre. El incendio nos asediaba por el norte, el ejército norteamericano subía por el sur, la Ciudad de México había desaparecido por completo. Todos olíamos a muerte. Un puñado de personas deambulaba por las calles, varios niños correteaban por la plaza, no había perros. ¡Ahí vienen los gringos!, gritó una mujer desde una calle sin nombre. ¡Nos van a matar!, siguió gritando y su grito helaba las entrañas. Eran las dos de la tarde, pero parecía de noche; el humo lo envolvía todo en un bostezo negro que destripaba las ganas de vivir. No encontramos comida, ni agua, ni luz. 

–Es del todo ilusorio comer algo, dijo mi padre, al final, el odio siempre llega, y asesina. Al decir esto escupió una pasta de sangre coagulada.

–¿Qué lugar es este, papá?; él solo se alzó de hombros. 

Por la noche los niños no dejaban de llorar. En la plaza asaban un perro que amarrado con alambres daba vueltas en una hoguera, a lo lejos se escuchaban detonaciones interminables, infinitas. No había a donde ir. En un momento dormí o dormité. Sentí el abrazo de mi padre; eso fue lo último que supe de él. Antes de que el sol saliera mi padre ya estaría muerto. Un balazo despedazó su cabeza. Una mujer se apresuró a robar sus pertenencias, ni siquiera la detuve. Se llevó el reloj y la cartera. Pensé que esos pesos absurdos animarían el último fuego de la civilización. Le cerré los ojos, arrastré el cuerpo hasta un árbol y lo dejé reposando a la sombra del amanecer. Me dolía pensar que su última cena había sido carne de perro. “Qué bien la pasamos con las señoras”, escuché en mi mente al alejarme de ahí. Antes de marcharme volví la mirada hacia el árbol. Su cuerpo había desaparecido. 

Al mediodía dejé la ciudad. Los gritos de los hombres y de los caballos que morían son imposibles de olvidar. Pensé en unirme a la resistencia, luchar como un demonio con las autodefensas de Guerrero. No puedo explicar qué fue lo que me detuvo. El ejército del norte avanzaba como una máquina de muerte perfecta, arrollando a cuanto se cruzaba en su camino. Decidí ir al otro lado, al incendio y quedarme ahí hasta que mi vista se hundiera con el mundo conocido. Conforme avanzaba, el humo se volvía más denso, algunos claros entre la tiniebla me hacían saber que caminaba sobre miles de muertos, les pedía perdón por pisarlos. Algo superior a mis fuerzas me movía hacia el incendio; tenía que verlo, tenía que ver la destrucción total. Un sobreviviente que venía del fuego me contó que cada día caían nuevas bombas, querían asegurarse de que nada ni nadie sobreviviera, me dijo antes de correr y perderse en medio de aquel páramo de muerte. Lo que alguna vez fue la frontera ahora era una cortina de lumbre, las llamas subían al horizonte en largas lenguas vivas. Desde un monte donde alguna vez estuvo la iglesia del Berea, vi el fuego devorador. El fuego ardería durante treinta años sin que nadie se atreviera a desafiarlo. El ejército del norte despedazó el mundo, solo unos pocos quedamos vivos, escondidos para siempre entre las víseras del humo. 

Todo a mi alrededor estaba roto, se habían desvanecido las ilusiones. Me quedé quieto, hasta a mí llegaba el último aliento del mundo. Hasta ahí llegaba el milenario, el musical y misterioso sonido espectral de la nada. Una nueva bomba cayó en algún punto cercano. La luna parecía de sangre. 

Fin

@samuelrodriguezdiciembre

Del libro ( Muerte a la deriva, Alción Editora, Córdoba Argentina,  2021, Javier Villanueva y Samuel Rodríguez Medina)

Cortesía para la revista El Porteño.

Ir al contenido