Cuento de Juan García Brun: «Tiberio»

El último edificio —casi sobre la Viale di Trastevere— era el reservado para los sobrevivientes de la poliomielitis. Lo cubría un árbol enorme que daba sombra también sobre la avenida, en la parada del tranvía. Esa vez había ido a visitar a mi amigo masón y con insensible dificultad lo acompañé al templo a meditar en esa celda con una calavera. Me explicó algunos ritos. Me costaba discernir los gestos rituales de su proverbial incapacidad de realizar cualquier movimiento con una mínima normalidad. Casi siempre terminábamos riéndonos de eso, su caminar de arácnido era una ceremonia oculta en sí.

Pero lo habitual era estar solo. Algunas veces ayudaba a un jardinero y otras atendía en una frutería. Generalmente cuando trataba de llegar al centro de la ciudad me percataba de la dificultad. En donde me encontraba ya no había locomoción colectiva y los pocos tramos caminables estaban interrumpidos por autopistas, vías férreas y puentes perpendiculares. Una vez pude tomar un taxi —un viejo MG 1300 cargado de escombros y sin asiento para el pasajero— y me dejó en una playa de arenas negras desde la que se veía el perfil oculto de la urbe. Unos niños jugaban a matarse en esa orilla sin olas. Anochecía y sería imposible llegar al centro.

Dejé expresarse a mis perversiones. La noche me permitió estrangular a algunos, meterlos en bolsas plásticas negras y tirarlos a la basura. Seguí recorriendo conjuntos habitacionales, en esa época me gustaba la expresión «viviendas sociales», sabiendo que pronto amanecería y me dedicaba a tomar fotografías con un filtro infrarrojo. Durante años me especialicé  en cables con ropa colgada, ropa infantil.

Recuerdo que me gustaba ordenar las causales de casación con criterios distintos a los normativos, de forma y fondo. Lo hacía porque desde que dejé la facultad, el derecho procesal se transformó en mi único refugio. Algunos familiares me ayudaban cuando pasaba por períodos difíciles, me recomendaban. 

Otras veces me escondía entre las ruinas durante horas, a llorar.

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