Cuento de Juan García Brun: «Tarde granadina»

Nunca estuve en el sur de España, pero las esquinas de este lugar, la luz y en cierto modo el ambiente era parecido al de mi fabulación. Estrechas calles adoquinadas, jardines floridos que se derramaban tras enrejados y un mar de olas pequeñas, cuyas playas recuerdan los lagos de mi infancia. Era así todo.

En una de esas esquinas  se abría un patio y en su centro había una cafetería equipada con grandes vitrinas frigorizadas, máquinas de café (que parecían turbinas de aviones de guerra) y una extensa hilera de mesas de madera con sus manteles livianos, blancos, agitados por un viento calmo y aromático. Eran madreselvas y en el fondo el perfume del café.

Un impulso me hizo sentarme, por supuesto dando la espalda al paisaje y pedir algo. Puede haber sido una cerveza, aunque creo que pedí un granizado. En el libro que abrí dos hombres y una mujer caminan por una fortificación, de noche en el Mar del Norte antes de la guerra. Tienen frío y hablan de Dios. Sólo los animales los escuchan. Saben que es el fin.

Yo había vuelto al lugar a cerciorarme de que todo estuviese en orden. Todavía recuerdo algo de esa jornada. Lo habíamos golpeado hasta cansarnos, la vitalidad del sujeto nos obligó a terminar la tarea con unos tubos de acero. Lo envolvimos en plástico, ese plástico con que se envuelven los muebles.  Tú lo tiraste en la fosa. Luego lo cubrimos con cal y sobre eso concreto, encima unas instalaciones sanitarias que imagino le servían ahora al café. Tengo la impresión de que profirió unos insultos y luego un alarido mientras vertíamos sobre él el concreto. No estoy seguro.

Te imagino sin pintar llevando una cartera de gamuza con flecos, el pelo tomado en un rodete. Imagino que te veo ahora sí por última vez.

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