Cuento de Juan García Brun: «Mario»

Desperté con el aroma del café y el queso fundido. Aún no amanecía del todo y el tren pasaba por la zona de los túneles. Los bosques se veían desparramados y la planicie, salpicada de enormes rocas blancas, resplandecía escarchada. A mi lado una señora muy mayor leía una pequeña revista de tejidos. Traté de seguir durmiendo y en ese tratar tuve un breve sueño:

«La historia transcurre en un lugar que bien puede ser la antigua Roma, pero puede ser cualquiera de aquellos que ilumina el eléctrico sol del otro mundo. A la sombra de unos pinos piñoneros un grupo de labriegos descansa y bebe vino. Los muchachos cantan, bailan y atizan el fuego de una fogata. Son muy jóvenes, esclavos y el transcurso de su vida ya ha concluido. Su fabulación analfabeta se sostiene en la descripción de la vida de sus amos la que se representan extraordinaria y cernida de animales del lejano oriente, guerras y todo tipo de calamidades.

Uno de ellos —Mario le decían— narró un episodio ocurrido en uno de los últimos incendios que había asolado a la ciudad. Al hacerlo gesticulaba, levantaba las manos y elevando las cejas describía a mujeres en llamas, dioses y todo tipo de animaciones ocasionadas por el fuego. Describía a esos dioses y espíritus que intercedieron en los hechos como los responsables de tal tragedia.

La imagen de este sueño es tan breve como intensa. En él soy uno de esos esclavos, pero no de aquellos que conocen a sus amos y claman por la libertad, porque mientras escucho la historia de Mario me doy cuenta que aquello es imposible. En el sueño utilizo la expresión «ucrónico y antihistórico», pero aún diciendo esto sigo siendo el esclavo cuya alma se desplaza entre estaciones de trenes, buscando el amor, un trabajo y la atención con un idioma extinto. Mi cuerpo es un mapa de esas cicatrices»

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