Cuento de Juan García Brun: «Libre»

Al salir del club de baile llovía y las patrullas policiales protagonizaban un espectáculo de radios, luces, vehículos cruzados y sujetos reducidos contra el pavimiento. Mis oídos aún no se adaptaban al espacio abierto. Alguien tuvo la idea de ir a comprar algo para comer. Los espacios se hacían interminables y amanecía.

Terminamos en un carrito cerca del río y comimos algunos fritos cuyo nombre desconozco, «arepa» puede ser. Nos despedimos y seguí caminando, la lluvia se hizo más intensa y tuve que refugiarme en una cafetería que hacía además las veces de almacén.

El lugar era atendido por dos ancianos quienes escuchaban a esa hora la repetición del clásico. Pedí un café con leche —como en mi adolescencia— y una marraqueta. De pie junto a las bolsas de alimento para perros seguí el curso de los que corrían por la calle. Noté que ahora la lluvia era aún más fuerte y los buses de la locomoción colectiva embestían con fuerza salpicando enormes olas de agua sobre las veredas. Me paré a la entrada del almacén fumando, sorprendido tanto de la lluvia como de la brutalidad de los conductores.

Pensé en ir a la galería de los joyeros porque el viernes el soplete se me reventó, le salió algo así como una espuma y no lo pude usar más. Hasta ahí no más llegué con lo mío y la verdad es que me quiero retirar. No quiero ir más al club. El trabajo en el taller lo realizo con soplete, alicates, martillos y limas. Lo mío es la parte final de los interrogatorios.

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