Cuento de Ewald Meyer: «Caballos azules»

Un piquete de obreros se pasean nerviosos, algunos a medio vestir con guerreras abandonadas y quepis dejados a la carrera por el grueso de las tropas que abandonan la ciudad. Defensores improvisados recogen fusiles que fueron inservibles en la batalla de Concón y asustados buscan cartuchos de balas en los rincones de la plaza. Se sabe que los congresistas avanzaban hacia Quillota y ellos deben defender la ciudad con todo. A pocos metros en una casona colonial un comité de civiles encabezados por el alcalde balmacedista y un ministro que más bien fue asignado para acompañar a los que se sacrificarían en la defensa de Quillota, parecen sumidos en la derrota inminente.

En el conciliábulo, un funeral anticipado, los oradores se atropellan por dar ideas en torno a la defensa de la ciudad; algunos proponen hacer una línea de barricadas, otros levantar a toda la ciudad en armas, el ministro propone evacuar el poblado y quemarlo por los cuatro costados a fin de que el enemigo no encuentre nada útil para los soldados, el pánico presume saqueos furibundos de los vencedores constitucionalistas. Un funcionario de telégrafos va y viene con desastrosos partes del bando balmacedista: Muertos por doquier, punto, armamento moderno y superior del bando congresista punto, tropas en retirada punto, El presidente Balmaceda abandona la región y se presume irá al exilio punto.

Algunos aseguran que las tropas ya han tomado Limache y hay a fusilamientos en juicios rápidos a cuanto partidario del gobierno encuentran en la ciudad, comenzando por los funcionarios balmacedistas. En la casona, las velas proyectan sombras espectrales sobre el comité de defensa agotado con la búsqueda de ideas para una defensa efectiva. El ministro a esas alturas de la noche, ya acaricia la idea de entregar la ciudad a los invasores, pero no con él, su linaje pije no le permite sufrir las tropelías de una chusma enardecida, menos en nombre de un gobierno derrotado, hay que rehacer la carrera política en el exilio pensó. Los cables se amontonaban en el suelo junto al escritorio del alcalde, ya nadie lee nada a esas alturas, todo es desconcierto. La derrota inminente sumió en un silencio sepulcral a la concurrencia.

Afuera el piquete de guardias empuño sus armas con fuerza, se agazaparon en los arboles de la plaza, cascos de caballo cruzan la oscuridad y se acercan raudos, tres jinetes de guerrera azul que  aparecieron como espectros en la penumbra, su estampa y fuerza apabullaron a los defensores que estupefactos por el miedo apuntaron sus fusiles temblorosos. Eran Balmacedistas.¿ Pero qué hacen en Quillota?. Los oficiales saludaron sin inquietarse y entraron al salón. El capitán Vicuña, sobrino del ministro Balmacedista, ante la zozobra de la defensa imparte órdenes que vienen de boca del presidente, el gobierno está más fuerte que nunca vocifera quebrando la quietud de la derrota, tropas del sur viajan a reforzar el frente de combate en las cercanías de Valparaíso y él pasará a comandar la defensa de la ciudad.

El Alcalde habló con sinceridad y sin tapujos, explicó la situación de la ciudad y que ese piquete de huasos es lo único que hay para echar mano a la defensa. El ministro interrumpió las palabras del alcalde para decir que ante la situación él debía retornar a Santiago de forma urgente para informar de la situación, su excusa pareció convincente y se escabulló silencioso. Las ratas abandonan el barco, pensó uno de los presentes.

Después de un largo silencio el Capitán Vicuña preguntó si conocían o habían escuchado hablar del Ingeniero Echiburú. Un silencio envolvió la sala, la pregunta era un poco extraña en ese momento. El alcalde de aguas dijo que sabía de él, y preguntó a que venía eso en un momento tan delicado para la ciudad. Otro asesor del alcalde y jefe del partido gobiernista dijo que jocosamente le llamaban “el ingeniero Echizuru”, una risotada estalló en la sala y por un segundo la concurrencia pareció olvidar los dramáticos momentos que se vivían. El capitán Vicuña adoptó un aire altivo y con una mueca de reprobación pasó a explicar su primera tarea como jefe de plaza, extraña primera tarea, pensaron algunos.

El Ingeniero Echiburú oriundo de Quillota, era vástago de una familia de comerciantes españoles que afincados en la zona tenían buenas relaciones con la élite chilena. De altura prominente y rostro afilado, sus ojos agudos reflejaban la obsesión de quién sabe de lo que habla, su vida transcurría entre galpones secretos y ordenes a los peones quienes le temían por su potente vozarrón. La gente lo apodó “Echizurú” por sus extravagancias. Héctor Echiburú, estudió ingeniería en la Universidad de Chile, a los catorce años fue enviado a Europa a estudiar al politécnico de Zurich y especializarse en electromagnetismo, una disciplina inexistente en Chile. Su regreso fue volver a hundirse en la modorra del campo y trabajos en ingenios agrícolas para engrosar la producción familiar. Heredero de una considerable fortuna levantó durante la Guerra del Pacífico un laboratorio destinado a crear artilugios experimentales, a los pies de la campana, se erigían torres extrañas y una serie de cables galvanizados que se nutrían de los escurrimientos de agua cercanos para dar vida a unas cajas vibrantes con antenas que parecían armatostes venidos de otro mundo.

A fines de 1882, se contactó con él un oficial del ejército chileno que campante tras la victoria en la guerra contra los vecinos del norte, venía mandatado por el mismísimo Presidente de la República para iniciar un plan estatal para modernizar el arsenal de guerra nacional. Una de las pruebas fue en los faldeos de la campana. El artilugio semejante a un erizo tenía una cola interminable, frente a unas jaulas de cuanto animal encontraron en los campos aledaños. La descarga del artilugio, luego de hacer un ruido ensordecedor durante largos minutos, fue capaz de lanzar un latigazo azul cual cola de lagarto, pulverizando una a una las jaulas, hasta convertirlas en restos negruzcos humeantes. La magia como relata Jacinto, el único peón de la hacienda que vio ese espectáculo, contaba la historia en cuanta cantina del pueblo podía, con sabrosos detalles si se servían cañas de vino. El oficial de ejército presente esa noche era el Capitán Vicuña. 

En la hacienda de Echiburú no había perros, solo una alambrada y altos muros de adobe. Una campana que iluminaba un foco en la casona indicaba la llegada de visitantes. El alcalde pensó que Vicuña había enloquecido por buscar ahí la solución a una guerra que ya parecía perdida. La puerta se abrió y el grandulón Echiburú se plantó en el pórtico desafiante.El foco encandiló a los jinetes y el potente vozarrón preguntó que querían. El capitán Vicuña se bajó del corcel y camino hacia el ingeniero. ¿Me recuerda?, le susurró. 

En el salón de la casona los focos iluminaban como un sol de verano la sala, los muebles adquirían un brillo especial y el metal de los candelabros eléctricos daban un aire náutico a la escena. El capitán explicó que la guerra había dado un vuelco, y por orden del presidente Balmaceda venía a solicitar la colaboración en la defensa de la ciudad asediada por las fuerzas del congreso, ya casi ad portas de ocuparla. Echiburú se quedó pensativo, sus inclinaciones políticas rayaban en cero, nunca nadie aportó nada a sus investigaciones, nunca lo llamaron de la Universidad de Chile y menos las autoridades locales prestaron oídos a sus avances, más bien era la mofa de Quillota pensó. Pero la oportunidad de probar su artilugio y la solicitud de este capitán que al menos se había tomado la molestia de ver el experimento inclinó la balanza para dar el sí. 

El montículo del tren era el lugar indicado para instalar el artilugio. Los cables telegráficos  daban cuenta de los movimientos congresistas que acechaban cortar las vías y toda comunicación con Santiago. El grueso de los batallones accederían por esa zona y así lo entendió el Capitán Vicuña. El alcalde logró reunir un puñado de ciudadanos que en camisones de dormir salieron de sus casas ante la inminente debacle. Arrastraron el armatoste por unos kilómetros, agosto y la lluvia no perdonaría ni la guerra, ni menos la travesía de un enjambre de metales en carretela.

Los tres jinetes de guerrera azul, el alcalde y el ingeniero Echiburú encabezaban la avanzada a un costado de la línea del tren en un pequeño montículo a lado del camino. El resto de la tropa, si se les podía llamar así, estaban desperdigados por las zanjas o acequias que ofrecía como defensa natural el terreno, algunos muy asustados otros solo rezando el padre nuestro. A decir verdad Vicuña ni el alcalde pensaban que durarían una hora luchando si el invento de Echiburú no funcionaba, el ejército chileno era feroz y los congresistas traían mineros del norte que con yataganes destrozarían a los quillotanos en un santiamén.

Los cascos de caballo a lo lejos comenzaron a sonar como un rumor acelerado y uno de los observadores casi en puntillas llegó hasta el capitán para informarle que los rebeldes venían en formación de ataque a paso lento, primero la caballería, luego los infantes. Echiburú comenzó los preparativos y la máquina comenzó a traquetear con un zumbido extraño. El cielo oscuro lanzó goterones. Entre las sombras, y emergiendo de dos grandes robles, los primeros jinetes se contorneaban en sus siluetas que bajo el capote reflejaban sus guerreras blanquecinas en un juego distorsionado de luz y sombra.

Nadie suspiró en las trincheras. El artilugio ya estaba a plena potencia tras una pequeña pirca que ahogaba el ruido, un zumbido semejante a un panal de abejas comenzó a subir. Una varilla metálica gruesa, puntiaguda con alambres enroscados apuntó a los jinetes que venían entrando a ese pequeño claro antes de cruzar la línea del tren. La lluvia comenzó a caer con tal fuerza que todo el pequeño teatro se paralizó y Héctor Echiburú Ingeniero de la Universidad de Chile descerrajó la palanca iniciando una descarga furibunda nunca vista en tierras del sur. Como un aguijón mortal, una saeta azulada emergió de la varilla contorneándose como la cola de un caimán y arrojando un latigazo a los jinetes.

Los espectadores de esa noche absortos vieron como en una película entrecortada por la lluvia, desaparecían los jinetes y sus guerreras blanquecinas quedaban convertida en jirones diseminadas por el aire, uno tras uno fueron borrados literalmente por el rayo refulgente. Los caballos se tornaron azulados a causa de la estática que sobre ellos arrancaba a los jinetes, y aturdidos por el golpe comenzaron lentamente una especie de danza ciega en torno a la explanada. Los infantes que tras ellos atinaban a apuntar sus fusiles, vieron como los equinos levantaban sus patas delanteras, como en un desfile de las fiestas patrias.

La explosión del artilugio a causa de la lluvia que penetró en los circuitos ya agotados por el esfuerzo del furibundo rayo, lanzó al ingeniero varios metros con una carga eléctrica potente quemando todas sus ropas. Fue ese el acto final en el que todos los presentes volvieron al mundo y dimensionaron la escena dantesca que tenían frente a sus ojos. Algunos infantes congresistas más por instinto que por convicción apuntaron a las sombras. Su poder de fuego era formidable y abatieron en segundos a todos los jinetes tras la maquina. El capitán vicuña murió en el acto al recibir un tiro en la cabeza y solo disfrutó unos segundos de aquella victoria pasajera. Los otros cayeron a su lado y el ministro fue alcanzado por una descarga eléctrica final de la maquina quedando sin ropa y humeante en el campo de batalla.

Sin embargo, el silencio envolvió la escena y a los aterrados defensores quillotanos incapaces de disparar un tiro se desbandaron. Los soldados constitucionalistas se retiraron por los cerros en desorden abandonando sus armas y uniformes, ante el enemigo invisible que atacaba. El ingeniero Echiburú quedó postrado inmóvil en una silla de ruedas, al capitán Vicuña se lo llevaron en secreto a Santiago donde fue enterrado y años después reconocido como oficial destacado en la llamada revolución de 1891. Un oficial congresista investigó el suceso y trató de recopilar información, pero se encontró con la negativa de todos a dar algún tipo de información, y solo consignó en su informe la cara de estupefacción que ponían los interrogados sobre el hecho. Sin embargo, se cuenta que los caballos se aparecen cada cierto tiempo en las noches de tormenta, brillando con un color azulado por los campos e interpretando esa danza ciega para deleite tétrico de algún viajero.                      

FIN

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