Cuento de Juan García Brun: «Las jaulas»

La calle está llena de jaulas adosadas contra el muro que  separa de la quebrada. Unas jaulas de barrotes de acero, como de circo, negras y que comienzan a derruirse. Deben haber sido utilizadas para apresar a los enemigos en la última fase de la guerra. Esto me ha obligado a conducir con mucho cuidado para no rayar el auto y no hacer ruido, porque a esta hora de la madrugada, si bien ya hay gente esperando locomoción para llegar al trabajo —se trata de modestos obreros y algún policía— la mayor parte duerme. Hay algunas jaulas desarmadas y paso encima de ellas con la delicadeza que permiten las circunstancias. Qué terrible, no sé que hacen en el municipio.

Finalmente llegué al frontis de tu casa. ¡Cinco y media de la mañana! Los muros y los naranjos y los faroles del patio parecen moverse imperceptibles por una brisa muy helada. El postigo de lo que recuerdo era tu dormitorio se desplaza en ida y vuelta como el único sujeto de la escena. Trato de aclarar mis ideas y ver la manera en que te plantearé las cosas, aunque no es mi costumbre, la ansiedad me lleva a encender un cigarrillo. 

Vuelvo a mirar la casa,  tu casa, debo decirte que los naranjos que dan a la calle están enormes y la higuera del fondo sigue negra e insondable. Los perros no ladran, pueden haber muerto. Apuradas algunas aves pequeñas pasan cruzando la calle y perdiéndose en tu quinta, aunque pueden ser murciélagos. Detengo mi vista en el costurero que se eleva desde el centro del tejado, esa habitación en que solíamos tomar el té y desde la que se puede ver el puente que lleva al casco viejo y el primer tramo de la alameda.

Como sabes, estuve décadas afuera y al llegar todo ha cambiado. Quizá lo menos importante son los vestigios inmobiliarios de la guerra, finalmente la artillería no hace tantos estragos. Es la gente la que ha cambiado. Mira, lo que más me afectó —no fue lo único pero te lo planteo como una muestra— fue lo que ocurrió con mi padre. Él adelgazó y oscureció, se dejó una barba desordenada, usa bluyines recortados y zapatillas de lona. ¡Él, que fue siempre tan estricto con la forma de vestir y con la presentación! Por supuesto, no me acerqué a él, parecía que había armado otra familia, no lo sé. En otro contexto pude haberme acercado e intentar hablar, pero no pude. Lo vi gesticular con amplios movimientos y gritar con acento centroamericano. Sólo pude reconocer su frente y su firme perfil de boxeador. Sentado en la vereda y con un atornillador en la mano, intentaba abrir una pieza de una Apache que tenía medio desarmada en la misma calle adoquinada que recuerdo de niño, pero en otra ubicación, más hacia el río.

Mi sensación es de decepción, por eso me pareció tan importante venir a verte. Me doy cuenta que no voy a poder y por eso te escribo esta nota. Lo único tangible de mi presencia serán las colillas de cigarros que he apagado en las manos del San Antonio de las monjas de al lado.

Mira, a mi ya me dijeron que me iban a trasladar, lo otro era jubilarme pero no estoy en condiciones económicas de una decisión así. Y como no tengo muchas alternativas pensaba  en pedir que me manden al campo de nuevo. No sé qué te parece. En el campo me dan casa y una empleada de servicio, todo con cargo fiscal. Ya no dan auto, pero el mío está bueno o lo cambio por una todoterreno. Pagan zona. En fin. 

Te dejo mi teléfono y me llamas. No quiero molestarte, pero si vas a hacerlo trata de que sea hoy mismo antes de las 2 de la tarde. Entiendo que este número funciona bien y van a responder, es del hotel donde me hospedo, el Plaza de Asturias. No te identifiques y trata de hablar poco, saludas y dices «Aló, buenos días, necesito hablar con» y ahí dices mi nombre. Te voy a estar esperando. Si es antes de las 13:00 podemos almorzar juntos, algo sencillo: una tortilla con pescado o un bife a lo pobre o pernil. Ahí vemos, lo importante es que podamos hablar. Yo sigo igual que siempre.

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