Cuento de Juan García Brun: «El brujo»

La noche del 22 de junio de 1996 vi a Sandy en una enorme, blanca y vacía pizzería de Neuquén. Estaba solo, dándole la espalda a la calle. Llevaba un abrigo y parecía preocupado. El enorme y calvo humorista comía lentamente una pizza española y tomaba una cerveza. La iluminación intensa, repito muy blanca, hacía del lugar y especialmente de la mirada de Sandy, algo sobrenatural esa noche.

El hotel en que nos habíamos quedado tenía unas habitaciones altísimas recubiertas de alfombras y placas metálicas. La calefacción era impecable. Las proporciones un tanto desmedidas: un televisor a color de más de 24 pulgadas antiguas, una tina con escalones y un cortinaje pesado que ocultaba la vista al enrejado de un edificio público en el centro de la ciudad. Visto desde ahora, ese hotel era una muestra arqueológica de la feroz decadencia argentina.

Por eso fui solo a esa pizzería. Fui con un libro sobre el nuevo cine alemán. En sus últimas páginas había una entrevista a Fassbinder a quien consideraba en ese entonces el mayor cineasta de la historia. Sandy leía un diario y cada tanto miraba hacia la cocina, parecía esperar algo más o a alguien. Pidió un lápiz —de seguro dijo “birome”— y se puso a escribir en el diario. En un principio pensé que completaba un crucigrama. Pero sus trazos eran cursivos y en realidad simplemente escribía sobre el diario. La fuerza con que escribía —una fuerza tan absurda como vehemente— me recordaba a los médium de las películas.

Creo haber pedido algo al mozo. Me parece que pedí la promoción. Mientras el miedo me embargaba, Sandy escribía sin piernas mi horrorosa historia en Bolivia.

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