Cuento de Juan García Brun: «Carataco»

a DL

El mayor del grupo, su nombre puede haber sido Lambert, tendría a los sumo 12 años. Los fusiles —un rescoldo de la guerra franco-prusiana— colgaban de nuestros hombros en un gesto decorativo, mientras nos desplazábamos sigilosos alumbrados por las estrellas. Durante el día había llovido y el estruendo de los combates solo había cesado hace un par de horas. Entre el lodo y las ramas temblorosas del bosque, hicimos acopio de piedras para llevarlas al lugar donde teníamos pensado emboscar, intuíamos, a un regimiento alemán en estampida por la necesaria derrota.

Pero las cosas se dieron de otra forma: quienes huyeron fueron los ingleses que terminaron resbalando cobardes, compitiendo por ponerse al resguardo del implacable avance de la división Panzer. La huida la pudimos ver mientras amanecía. A los alemanes les disparamos y les lanzamos todas la piedras. Finalmente los insultamos, recibiendo por respuesta la impasible marcha de los roncos motores de la caballería blindada.

Contamos lo ocurrido al llegar al pueblo y lo único que obtuvimos fue una semana de castigo y alguna mofa condescendiente, porque nuestro pueblo —que ni siquiera fue ocupado por los alemanes— pasó inadvertido durante toda la guerra. El batallón inglés que vimos en retirada fue el único que pasó por la carretera principal, no obstante ser el camino más expedito hacia Dunkerque. Lejos, muy lejos —tras un inagotable banco de nubes que nos envuelve hasta hoy— pude oír ya en 1944 un escuadrón de la Luftwaffe. ¿El desaire podría ser más espantoso que el olor de la sangre?

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