Cuento de Juan García Brun: «27 de noviembre, noche»

Llevo 37 años encarcelado. Hace diez años tuve que ser llevado al tribunal lo que me permitió oír la ciudad y ver —mientras era conducido engrillado— unos edificios que parecían hundirse en el río. El edificio era hermoso y muy moderno, con unas ventanas enormes. La concurrencia al juzgado me resultó incomprensible, pero fue una experiencia vivificante. La gente era hermosa, amable, las habitaciones limpias y salvo los otros reclusos, me pareció un ambiente palaciego.

Después de esa audiencia, a la que fui llevado por error —yo lo sabía, se debe a un problema con la escrituración de mi apellido— no he vuelto a salir de aquella que todo el mundo considera mi celda. Se trata de una celda de aislamiento. Tiene una ventana rectangular, opaca, en altura que permite ubicarme con la luz del sol. En verano se produce una sombra nítida, el resto de año se trata de una sombra difusa. En una esquina hay una taza de baño, junto a ella un estante donde tengo mis libros, mis cuadernos y mi lápiz. En el lado opuesto está mi cama incombustible.

Tengo 30 minutos de patio diarios, los guardias suelen repetirse luego de diez días, da lo mismo en todo caso porque tienen prohibido hablarme aunque el trato es respetuoso, militar. Puedo ver el cielo enrejado y las paredes blancas. Para la gente que vive en libertad esto parece terrible y lo fue claro, al comienzo. No tanto por el encierro sino que por las amenazas y la agresión de los internos. Me apuñalaron dos veces, eso fue difícil. No tanto el dolor físico —que se pasa luego— sino que la actitud del resto, eso es lo que duele. Pero con el tiempo la gente se olvida, ni las puñaladas las recuerdo, con eso te digo todo.

La velocidad del tiempo, de la percepción del mismo, depende de la complejidad del mundo en que vivimos. No quiero resultar reiterativo —ya lo he dicho otras veces— cuando somos niños las navidades transcurren a una velocidad milenaria, pasar de curso era algo épico. Pero luego, con los años eso se aliviana. No me refiero a ciertas libertades que imperceptiblemente se pueden ir arrancando al sistema con las comidas, la atención médica, el corte de pelo o el venusterio. No. Me refiero al tiempo en sí. Tomo notas de eso, diariamente. Te pongo un ejemplo: «2 de julio, día. El guardia gordo de bigotes anduvo triste, distraído, los indios de alta seguridad cantaron un himno en nuestro idioma, llovió todo el día, se escuchó un incendio».

Las entradas de mi diario están formalmente referidas a lo poco que logro ver y a lo que escucho. Hay otras que son de noche, otro ejemplo: «8 de enero, noche. El silencio es abrumador, tembló, es muy posible que haya muerto alguien, mañana veré qué habrá pasado, por qué tanto silencio».

También existe la posibilidad de intervenir en el curso de los hechos lo que repercute después en el texto. Hace 6 años pedí hablar con mi abogado para ver un tema referido a un beneficio que me correspondía. Entonces allí puse «16 de mayo, día. Vino el abogado, un hombre blanco de 40 años aproximadamente, muy peinado, tímido, con la jeta húmeda y un hablar campesino. Usa un plural inexplicable para referirse a lo que él y solo él debe hacer».

El centro penitenciario en el que me encuentro es un lugar pacífico y previsible. Ha habido motines en la parte de los comunes. En mi módulo no. Sé que hay gente que barre, trabaja en un taller, me parece que en un huerto. Algo así. No le he prestado atención a esas cosas porque en mi opinión no tengo por qué trabajar, en realidad, tengo que trabajar, pero en aquellas cosas de mi interés.

Imaginemos. Imaginemos por unos minutos que yo hiciera esas labores que tanta alabanza despiertan en las autoridades. ¿Para qué podría yo plantar tomates o hacer una guitarra? No es necesario siquiera plantearse responder esa pregunta. Es absurdo que después de todo lo que he vivido me ponga a tallar figuras o hacer pasteles.

He escrito centenares de cuadernos —miles quizá— dejando testimonio de lo que ocurre a mi alrededor. Por cuestiones de seguridad nunca he logrado tener más de 5, porque me los quitan. De seguro los destruyen no sin antes someterlo a análisis por cuestiones de seguridad, algo que me parece razonable aunque inútil. 

No pretendo fugarme, ni atentar en contra de la vida de alguien, ni nada que se salga de lo que se espera de mi. Y no lo hago porque tengo un propósito que trasciende los muros no de mi celda, sino que del propio centro penitenciario. Mi objetivo vital es transformar esta cárcel, transformarla desde adentro, adueñarme de su identidad, de sus normas y de su historia. Ahora te ríes (yo me río de ti) porque has de estar pensando en la tontera esa del panóptico de Bentham. Nada que ver. No me interesa describir la vida carcelaria, la vida del castigo y andar dando lástima. Pienso en esas horrorosas historias de sujetos que pasaron no sé, 20 años presos injustamente y luego por un examen de ADN salieron libres.

Te tengo que decir dos cosas. Uno: esas cosas pasan en EEUU solamente, porque acá la policía con suerte tiene máquinas de escribir; dos: la idea de una prisión injusta me parece ofensiva para todos los que merecemos estar acá. Así que de eso no quiero volver a hablar.

De todos modos hay días que resultan extraordinariamente largos. Esos días suelo tenderme y cierro los ojos. Esos días puedo ver el mar.

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