Crisis y salud mental: la pandemia invisible que viene

por Victoria García

No hay ciegos, sino cegueras.
Ciegos que ven, ciegos que viendo, no ven

José Saramago, Ensayo sobre la ceguera

En la novela de Saramago, los personajes reflexionan sobre la naturaleza humana en las catástrofes colectivas. Una relación, entre el dentro y el afuera de nosotras, que es fundamental para cualquier propuesta de transformación. Hay que afinar las miradas para no caer en miopías políticas. Por ejemplo, en los más de dos meses que llevamos de confinamiento, se han escrito muchos artículos de análisis, reflexiones sobre la nueva normalidad y, por suerte, propuestas políticas para que esta crisis no la paguemos los de abajo. Sin embargo, de los muchos peligros y aciertos sobre la nueva normalidad hay una ausencia peligrosa: la de la salud mental.

Se escribe sobre una nueva normalidad de mascarillas y ERTE: de distancia social y precariedad laboral. Sobre las consecuencias inmediatas de una crisis sanitaria que irrumpió en un mundo que hizo de la crisis social, económica y climática su particular normalidad, es decir, acentuación de la desigualdad. Pero también nos indican otros factores, como que por fin hemos aprendido que tener un sistema sanitario potente y que albergue a todo el mundo es fundamental, o cuáles son los trabajos esenciales, los que sostienen la vida, como el sector de la salud pública, las cuidadoras, trabajadoras domésticas, trabajadoras de supermercados, transportistas… De repente, nos damos cuenta de que una buena parte de los trabajos, cuando llega el momento de afrontar una pandemia, no pueden parar. Es decir, que son trabajos esenciales que, por cierto, están mayoritariamente feminizados y que han sido absolutamente precarios, despreciados, mal vistos y desprotegidos.

Sin embargo, estas claves nos pueden indicar hacia qué nueva normalidad vamos, pero no ahondan en una pregunta también clave y que debe acompañar a esta, ¿cómo vamos? Es decir, en qué condiciones estamos. Y, sobre todo, cuando los discursos de ideología ultraderechista, o neofascista, van calando en algunos sectores de la población que cada vez tienen más miedo, o que pretenden blindar de alguna manera su propia situación identificando un enemigo que es el otro, el que está fuera, ante el que se deben defender.

Imaginar la vida que nos espera, esa nueva normalidad de mascarillas y precariedad es una tarea difícil y, muy probablemente, da angustia, pero cuando leemos aquello de hacia dónde vamos o cómo será la nueva normalidad, nos asalta otra pregunta: ¿Cómo llegaremos? Se dice de forma muy rápida aquello de que saldremos mejores, pero lo único que sabemos es que saldremos más vulnerables. Las experiencias y las formas con las que gestionemos el duelo, el aislamiento o la incertidumbre son algunas de las vías que queremos explorar para dar luz a esa nueva normalidad.

Lo que desvela la Covid-19

Esta pandemia está poniendo sobre la mesa por la vía de los hechos lo que se lleva décadas gritando: que destruir el planeta nos trae y traerá problemas. Que debemos reconocer nuestra ecodependencia e interdependencia. La crisis sanitaria ha desvelado la vulnerabilidad, que somos frágiles y debemos ser cuidados y cuidadas. Pero también ha demostrado, una vez más, que el capitalismo pone en el centro la acumulación de capital y erige un modelo de vida buena que depende de la explotación y del mal vivir de otras personas. Hasta en tiempos de pandemia, las que están en primera línea de las residencias, hospitales o sistema alimentario denuncian condiciones precarias y la falta de sistemas de protección.

Es decir, que el modelo de autosuficiencia a través del mercado es una fantasía porque se apoya en la falta de reconocimiento de una ingente cantidad de trabajos de cuidados que son desigualmente repartidos y están frecuentemente feminizados o racializados. Esto provoca que algunas vidas, las que más se aproximan –siempre de manera ilusoria– al modelo de autosuficiencia, sean más reconocidas y cuidadas mientras que otras vidas se exponen de forma más extrema a la precariedad. Que unos cuerpos importan más y otros menos o, como diría Judith Butler (2020), que unas vidas puedan ser desechadas, reducidas a objetos de consumo. En palabras de las trabajadoras domésticas, “querían brazos y vinieron personas” (Pimentel, 2020).

Por eso, desde el ecofeminismo se propone un cambio de paradigma de civilización que ponga en el centro la sostenibilidad de la vida, basado en la aceptación de los límites de la naturaleza en general y del propio cuerpo humano en particular, asumiendo su finitud y vulnerabilidad. El cuerpo humano es vulnerable por múltiples razones, entre ellas porque depende de otras vidas (humanas y no humanas) para su mantenimiento.

En esta línea escribía hace unos días Silvia L. Gil (2020) anunciando el fenómeno de “universalización de la vulnerabilidad”. En otras palabras, que el mundo había experimentado, no de forma aislada y localizada sino globalmente (aunque cada una viva la pandemia según sus circunstancias), “la posibilidad de quiebre de toda la vida”En otras palabras, que el virus nos había desnudado de la ilusión de autonomía del individuo, y que nos habíamos dado cuenta, gracias a, o por culpa de, nuestra redescubierta desnudez, que somos vulnerables ante el mundo e interdependientes en lo local y lo global.

No es la única que se ha centrado en ello, tanto Yayo Herrero (2020) como Judith Butler (2020) han señalado la necesidad de la vulnerabilidad como apertura a un nuevo mundo. Algo así como ahora que todos hemos sentido de una forma u otra la enfermedad, la incertidumbre, el miedo, la angustia o la ansiedad, la necesidad de las otras y el cuidado. Ahora tenemos una oportunidad de repensar colectivamente estas relaciones. Pero es necesario poner la vulnerabilidad de las emociones en juego y comenzar a hablar de salud mental y de los riesgos que esta crisis sanitaria y económica puedan desencadenar.

La pandemia invisible: la salud mental

Lo primero, no queremos caer en el alarmismo, los seres humanos tenemos una capacidad de adaptación a la crisis que puede impedir que caigamos en el malestar, siempre y cuando escuchemos a esas emociones. El problema es que vivimos en una cultura que no da espacio a las emociones y que está plagada de factores de riesgo. La ansiedad, la depresión, la angustia y otras muchas denominadas enfermedades mentales terminan siendo los propios síntomas de un sistema con ritmos y exigencias incompatibles con la vida. Los cuerpos son patologizados y divididos clínicamente entre cuerpos sanos y cuerpos enfermos en base a su capacidad productiva. Esta biopolítica de la violencia clínica ejercida sobre los cuerpos da por estropeadas a las personas que sucumben ante los ritmos productivos del capital, procediendo a repararlos con parches hiperfarmacologizados para reintroducirlos lo antes posible al sistema productivo y no darlos por perdidos. La crisis actual, tanto sanitaria como económica, no hace por tanto más que agravar y profundizar un problema que nos venía de lejos.

Es por ello que muchos psicólogos piden que se refuerce el sistema sanitario con un mayor número de psicólogos clínicos para la ola de crisis de salud mental que podría llegar. Los motivos a los que aluden son dos; el primero, los datos de la última crisis económica: dicha recesión y el aumento del paro y la precariedad dispararon el número de casos en atención primaria de los llamados trastornos mentales comunes (ansiedad, trastornos de ánimo, depresión menor), aproximadamente un 20% más, así como un aumento del 5% en los tratamientos de alcoholismo. También, como registro trágico de la pasada crisis, se encuentra el aumento de suicidios cuya principal causa es un desahucio. La conclusión de los diversos estudios es tan sencilla como contundente: el principal factor de riesgo para ciertas enfermedades mentales (las arriba mencionadas) es el desempleo (Jiménez Camps, 2020).

Si ahora, además, sumamos el segundo motivo –la experiencia del aislamiento, el duelo o la distancia social–, el panorama se complica. Por ejemplo, los datos de Wuhan (la ciudad que primero empezó el confinamiento) indican que más del 42% de las personas encuestadas ha sufrido crisis de ansiedad y un 16% ha experimentado sintomatología depresiva por el confinamiento. Contamos con pocos datos sobre el Estado español por el momento, pero uno es alarmante: se han recibido un 30% de llamadas más al teléfono de la esperanza (prevención de suicidios) desde que empezó el confinamiento (Agencia EFE, 2020).

Estos datos pueden sorprendernos, pero el mundo ya estaba en crisis mental antes de que el virus hiciera saltar por los aires nuestras vidas. De hecho, antes de la irrupción, las enfermedades de salud mental ya eran el escalofriante 13% del total mundial e iban en aumento (Jiménez Camps, 2020).

Y ahora es peor si cabe, el virus ha hecho saltar por los aires la poca estabilidad que teníamos, el aislamiento, la incertidumbre del presente, el miedo al futuro si pensamos en la gente más joven o nos ponemos en la piel de la población de riesgo, la pérdida de compañeros y compañeras, la reclusión forzada o el distanciamiento. La crisis sanitaria que vivimos acentúa esta vulnerabilidad, y la desigualdad que viene es el factor de riesgo más peligroso. Existe el miedo de enfermar, de morir, de perder seres queridos y los medios de vida. Un miedo generalizado, que es especialmente preocupante en situaciones de exclusión social, separación y aislamiento.

Es fácil pensar en el impacto en la salud mental que han sufrido las personas enfermas y las que han perdido a seres queridos, pero también los y las sanitarias, con una enorme carga de trabajo y agotamiento. Pero esta crisis sanitaria también tiene a otras víctimas, como las mujeres o criaturas que sufren violencia en sus casas; o las personas con problemas de salud mental, que pueden estar afectadas por el aislamiento, pero también por la falta de acceso a psicoterapia o medicamentos; o las personas enfermas crónicas que ven sus cuidados en riesgo. Cada uno de estos grupos y la sociedad en general están siendo afectados en su salud mental. Esta crisis tiene un impacto masivo de miedo, de ansiedad, de preocupación, de estrés.

Por ello, cuando decimos que de esta crisis hay que salir en colectivo, desde lo común, con la vista puesta en los cuidados, la salud mental no puede ser una excepción. No puede ser una excepción porque el capitalismo hará una gestión nefasta donde muchas personas se pueden quedar atrás. Si queremos poner la vida en el centro no solo hay que visibilizar los cuidados, también los malestares. Si no lo abordamos desde lo colectivo, lo hará el neoliberalismo y la ecuación es sencilla: el capitalismo solo sigue la lógica de la producción infinita y el malestar no es productivo. Cuando este aparece, quienes tengan recursos podrán costearse un tratamiento y quienes no los tengan tendrán que sufrir en silencio con una alta dosis de medicalización.

El capitalismo es enemigo de la tristeza porque no es productiva, y nos empuja a rentabilizar cada minuto del aislamiento para ponernos en forma o aprender un nuevo idioma. Y nos hace caer en la culpa si, por ejemplo, no podemos ser tan eficientes realizando trabajos como antes. Además, esta situación no solo nos perturba a nosotras, sino también a nuestra relación con las otras. Los fenómenos de policía de balcón o la legitimación de los abusos policiales son un ejemplo de la negación del sufrimiento y la producción de desconfianza en los otros, a la que nos exponemos si no planteamos alternativas para los afectos.

No se trata de ser alarmistas sobre lo que pasará, sino de tener la capacidad de ver los factores de riesgo y actuar en consonancia. Ser capaces de entender que la salud mental, aunque invisible, es tangible en nuestras vidas y que no socializarlo, además de mayor sufrimiento individual, puede llevar a una despolitización del conflicto.

¿Qué hacer en lo inmediato?

Tenemos que aprovechar la pandemia para poner sobre la mesa otra mirada sobre la vida. Como nos muestra el movimiento feminista, poner la vida en el centro implica, por un lado, repensar la sociedad desde el trabajo reproductivo y, por otra, hacer política desde los vínculos y las relaciones a partir de ahí. El trabajo reproductivo ha venido realizándose tradicionalmente por las mujeres. Por ello, las reivindicaciones desde los feminismos y los ecofeminismos implica que la vida debe sostenerse en común frente a la lógica biocida del mercado. Reconocer las violencias del sistema económico y social, así como la ecodependencia y la sostenibilidad ambiental deben ser las coordenadas de cualquier lucha política.

Junto a todas las propuestas que se están poniendo sobre la mesa, como por ejemplo el reforzamiento del sistema sanitario, la renta básica o evitar los despidos y los desahucios, hay que añadir el enfoque de la salud mental. En primer lugar, asumiendo una de las reivindicaciones del colegio de psicología: el aumento de la ratio de psicólogos y psicólogas y la entrada de la especialidad en la atención primaria.

Pero, a medio plazo, hay que convertirlo también en una cuestión social, mostrar el vínculo que hay entre las crisis y los malestares, es decir, una enfermedad mental es un proceso erosivo que podría evitarse con una intervención social y política temprana. Para empezar con ello, la tarea más urgente es la de empezar a hablar, a comunicar los otros efectos de la pandemia y de la crisis, colectivizar la emociones y escuchar al otro. Que la salud mental deje de ser un estigma para poder sacarla del ámbito de lo privado y comenzar a politizarla.

Repensar en común cómo hacer más habitable nuestra ineludible interdependencia y ecodependencia. Solamente cuestionando el modelo de autosuficiencia, reconociendo su crisis inherente, podremos reconocer y visibilizar la vulnerabilidad de la vida, que si carece de apoyos y cuidados que la sostengan se convierte en inviable e invivible. En definitiva, para hacer frente a la creciente precariedad de nuestro tiempo es necesario pensar nuevas subjetividades y concepciones de vida digna.

El capitalismo nos aislará en nuestros malestares, ¿dónde podremos compartir nuestros malestares y entender que son colectivos, si trabajamos telemáticamente o estudiamos online? ¿Dónde podremos ahora encontrarnos y organizarnos? Los espacios comunes se diluyen, la nueva normalidad nos trae distanciamiento social. Y por ello es urgente buscar formas de socializar y politizar el malestar. Si el feminismo hace de la rabia un arma, tenemos que aprender a repolitizar las emociones y los sentimientos, sacarlos del plano de lo privado y volcarlo en la arena pública.

Convertir la rabia, el dolor, el sufrimiento en acción política. Hagamos del reconocimiento del dolor, propio y ajeno, un arma de transformación.

No podemos permitirnos ser ciegos ni ciegas ante esta pandemia. Necesitamos entender la vida desde el ecofeminismo, aprender a ver los afectos y los vínculos desde ahí, hacer duelos ecofeministas y construir la memoria colectiva. Necesitamos repolitizar los afectos.

Victoria García es militante de Anticapitalistas y activista ecofeminista

Referencias

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(Tomado de Viento Sur)

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