Cine: «El caso Goldman»

por Miguel Martín Maestro

Si hay un género que atraviesa fronteras es el cine negro, con particularidades nacionales, pero universal en cualquier cinematografía. Que pueda tener un peso específico como para generar un subgénero propio como el «polar» pocos, y es que en Francia, desde pioneros como Pérret, Capellani, Guy, Mélies, Delluc, Jasset, Feuillade hasta los más grandes del género como Melville, Giovanni, Becker, Dassin, Clément, Sautet, Verneuil, la sucesión de títulos, incluso hasta nuestros días es interminable. Más limitada es la visión cinematográfica del proceso penal como consecuencia del delito, pero también existen numerosos ejemplos de cine judicial, o pseudojudicial, porque el enjuiciamiento y el cine están muy reñidos. Si algo ha intentado casi siempre el cine francés criminal es bucear más allá de los hechos concretos para cartografiar el estado de una sociedad o del poder. No existe nada más anticinematográfico y anticlimático que un juicio, sobre todo el juicio penal heredero del derecho napoleónico. El proceso encorsetado y con un orden riguroso en los interrogatorios y donde la prueba no admite sorpresas de última hora por venir admitida antes del inicio de la vista son contrarios a cualquier expectativa de tensión y hallazgo sorpresivo al que nos viene acostumbrando el cine como calco del procesamiento norteamericano. En el último año el cine francés se ha asomado en tromba al cine judicial, desde la manipulada La chica del brazalete (2019) parece que los cineastas franceses han decidido utilizar el juicio como campo de batalla para otras cuestiones muy poco jurídicas. 

Así la maniquea Saint Omer de Diop pretende utilizar el enjuiciamiento de una infanticida para cuestionar nuestra moralidad hacia la diferencia de clases y la inmigración; la anodina Anatomía de un asesinato de Triet utilizar el proceso como técnica de cuestionamiento matrimonial y, ahora, El caso Goldman hacer historia de Francia sin que se note demasiado, pasando de puntillas por hechos que molestan mucho a la sociedad vecina si se le recuerdan, desde la connivencia y colaboración nazi tras «le drôle de guerre», la cuestionable «democracia» gaullista, el terror en Argelia, hasta la corrupción e impunidad policial… Si en algo supera El caso Goldman a sus contemporáneas es en su guion y en huir del esquematismo de personajes. Basándose en las actas del proceso, mejor dicho, del segundo proceso a Pierre Goldman tras anularse la primera condena a perpetuidad, el cineasta tiene la honradez de advertir al espectador que las situaciones están modificadas. Así puede permitirse transformar a Goldman en un verdadero personaje con carácter e ideología, atormentado por su pasado judío, por su abandono familiar y en constante enjuiciamiento personal y social. Reconocer así que el proceso no aporta nada a una película sino que el proceso ha de adulterarse es una forma de actuar artísticamente sobre una realidad que no satisface. Como dice el aforismo periodístico que «la verdad no estropee una buena noticia». Kahn, cineasta no especialmente dotado para la excelencia, construye un solvente relato donde ideas como antisemitismo, persecución de ideas revolucionarias o de izquierdas no socialdemócratas, prejuicio racial, van intercalándose en el devenir de un juicio que va sembrando la duda entre el deseo de haber encontrado un culpable y la tozudez de quien se cree inocente y para ello sólo basta su palabra y contradecir las versiones de los testigos. El riesgo de Kahn es tremendo porque, durante dos horas, no se abandona casi nunca la sala de vistas y la celda donde espera el acusado en los recesos. El espacio cerrado podría asfixiar al espectador, pero la confrontación donde conviven personas imparciales como el jurado con los grupos enfrentados, los judíos de ascendencia polaca, la policía, las familias de los asesinados y los militantes de extrema izquierda o de grupos étnicos que apoyan a Goldman, dinamiza la película.

Esta sobrevive precisamente por su capacidad de mezclar los hechos enjuiciados con la política del momento e interrogarnos si ahora mismo no estamos reproduciendo prejuicios y peligros similares. La transformación del caso Goldman en un nuevo caso Dreyfuss es patente, no sólo en la película, sino que lo fue en la realidad. En un país que recordaba lo sucedido en mayo de 1968 (los atracos por los que era juzgado Goldman ocurrieron en 1969), con un país de extrema polarización que no olvidaba su colaboración en el exterminio, la coincidencia de la condición de intelectual de izquierdas de Goldman y su origen judío y polaco teñía el proceso de componentes extremadamente antijurídicos capaces de provocar errores policiales y judiciales, o de condicionar las declaraciones de los testigos. Culpable o víctima, Goldman reconoció tres de los atracos pero siempre negó su participación en el que implicó la muerte de tres personas y heridas a un policía; la absolución final no eliminó una larga condena por los hechos reconocidos, pero el juicio se transformó en un proceso a las revoluciones de izquierdas que habían proliferado en América y África y con las que Goldman había tenido contactos. Su culpabilidad asesina permitía al poder establecer los paralelismos de rigor entre comunismo y muerte, mientras el acusado se defendía con el binomio capitalismo o libertad y ser víctima de un complot institucional. La tensión funciona gracias a ese empeño del director en intentar ir más allá de las paredes que constriñen el desarrollo del filme. Obvio que hay situaciones imposibles en la puesta en escena y actuaciones procesales inaceptables, pero parodiando lo dicho antes, que un juicio no te estropee la película. ♦ 

Ficha técnica: Francia, 2023. Título original: LE PROCÈS GOLDMAN. Director: Cédric Kahn. Guión: Nathalie Hertzberg, Cédric Kahn. Fotografía: Patrick Ghiringhelli. Compañía productora: Moonshacker. Productor: Benjamin Elalouf. Edición: Yann Dedet. Arieh Worthalter, Arthur Harari, Stephan Guerin, Nicolás Brinçon. Duración: 116 minutos

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