El último viaje de Aldous Huxley

por Artidoro Sotomayor

El mundo feliz de esclavos narcotizados y satisfechos. La visión de Aldous Huxley sobre la deriva de la cultura occidental forma parte del repertorio literario e ideológico de cualquier ciudadano mínimamente cultivado. Bueno…eso se espera.
Esa alegoría del mundo contemporáneo descrita en su clásica novela de 1932 ha hecho que el escritor inglés, haya quedado como una de las voces más agudas y preclaras del siglo XX.

Huxley demuestra una inusual apertura de mente, una curiosidad omnívora y una pasmosa habilidad para moverse de una disciplina a otra, hilando conceptos y estableciendo relaciones entre distintos fenómenos. Un hombre renacentista no solo por su interés en diversas materias, ajeno a cualquier distinción entre ciencias y humanidades, sino por la forma en la que tradiciones y culturas diferentes se enlazan en su pensamiento: Huxley es el nexo intelectual entre la alta cultura victoriana y la contracultura de California; entre las tradiciones espirituales de Oriente y la izquierda antisoviética europea; entre el liberalismo clásico inglés y la psicodelia. Su pensamiento es un cofre repleto de objetos fascinantes y exóticos; prolijo en exquisitos licores y también en algún que otro alimento caducado. Se ha dicho de él que fue un profeta, y quizás no le disgustase esa etiqueta.

Esta simpatía libertaria del inglés, lo llevó a establecerse en California junto a su familia y sirvió para acercar al elegante caballero de la campiña británica a los estudiantes melenudos pachecos que andaban fraguando la revolución cultural de los sesenta. Esa insólita sintonía, sumada a su curiosidad científica y sus inquietudes espirituales, son las que llevan a un Huxley a descubrir la psicodelia.
Ya en sus primeras obras se aprecia en Huxley una vocación mística y espiritual. Desde joven entiende la existencia como la perpetua aspiración por alcanzar la iluminación. También es precoz su interés por la espiritualidad budista y las tradiciones religiosas orientales. Ya casi al final de su vida, ese pálpito místico del escritor encontró en la psicodelia una caja de resonancia y una vía de expresión.
Son esas apelaciones a la divinidad, a la conciencia universal y a la disolución del ego las que encontramos repetidamente en los escritos de Huxley sobre el LSD y la mescalina, que probó en 1953 como parte de un experimento del psiquiatra Humphry Osmond. La más conocida de sus obras al respecto es Las puertas de la percepción, cuyo título es un guiño a un verso de William Blake: “Si las puertas de la percepción se purificaran todo se le aparecería al hombre como es, infinito”.

Bajo el efecto de la psilocibina, el LSD o la mescalina, pensaba Huxley, la conciencia se abre a “la percepción de cuanto está sucediendo en todas las partes del universo, sino algo más –y sobre todo algo diferente del material utilitario–, cuidadosamente seleccionado, que nuestras estrechas inteligencias individuales consideran como un cuadro completo, o por lo menos suficiente, de la realidad”.
Cuando esto ocurre “comienzan a suceder toda clase de cosas biológicamente inútiles. En algunos casos, se puede tener percepciones extrasensoriales. Otras personas descubren un mundo de belleza visionaria. A otras más se les revelan la gloria, el infinito valor y la plenitud de sentido de la existencia desnuda, del acontecimiento tal cual, al margen del concepto. En la fase final de la desaparición del ego –y no puedo decir si la ha alcanzado alguna vez algún tomador de mescalina–, hay un «oscuro conocimiento» de que Todo está en todo, de que Todo es realmente cada cosa”.

Para Huxley, experimentar con estas sustancias era sinónimo de abrir puertas en el muro, como lo son las prácticas religiosas o las experiencias artísticas más sublimes. Se trata de “ser arrancados de raíz de la percepción ordinaria y ver durante unas horas sin tiempo el mundo exterior e interior, no como aparece a un animal obsesionado por la supervivencia”.

Bueno, tanta fue su devoción por estas sustancias que Huxley recibió la muerte en medio de un viaje de LSD: su esposa Laura Huxley –violinista, escritora y psicoterapeuta, judía italiana emigrada a Estados Unidos– le suministró dos dosis de 100 microgramos en sus últimas horas de vida.

Laura recuerda: “murió como vivió, haciendo todo lo posible por desarrollar plenamente en sí mismo una de las virtudes esenciales que recomendaba a los demás: la Conciencia”. En efecto, para Huxley la gran promesa de los psicodélicos residía en que permitían percibir la realidad de un modo mucho más consciente y sincero. La sobriedad ordinaria nos mantiene sujetos a las convenciones “del tiempo, de los juicios morales y las consideraciones utilitarias, de las palabras excesivamente valoradas y de las nociones idolatradas”.
La respiración de Huxley, enfermo terminal de cáncer, se va apagando lentamente y sin sobresaltos. En su rostro una expresión “de deleite y amor totales”, como escribió su esposa. Laura le coge de la mano y le susurra al oído: “Liviano y libre. Te dejas ir ligero y libre, cariño, hacia adelante y arriba. Vas hacia delante y arriba, vas hacia la luz. Voluntaria, conscientemente, y lo haces maravillosamente…, vas hacia la luz, hacia un amor mayor…, es tan fácil y tan bello.”
“Existe al menos un rincón del universo que con toda seguridad puedes mejorar, y eres tú mismo.”

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