Cine argentino: «1985 y la sobria farsa del Nunca Más»

por Juan García Brun

Al terminar de ver «1985» el último clásico del cine argentino —dirigida por Santiago Mitre y que ha golpeado nuevamente la conciencia política del Cono Sur— nos queda la sensación de que toda la narración es una excusa para contar el horror vivido por Adriana Calvo al parir a su hija Teresa Laborde: una mujer torturada mientras daba a luz a su hija en el piso de un Ford Falcon de los servicios de seguridad transandinos. La historia que cuesta narrar y que solo he insinuado por la intensidad de su barbarie, parece instalarse de forma ominosa sobre la narración, transformando la pequeñez del ángulo de observación del hecho histórico —la gris perspectiva de un Fiscal (Strassera) de la Dictadura que guardó silencio y despierta por pura voluntad burocrática— en un acto trágico y trascendente.

Ver esta narración en la que se vuelve a plantear la miserable teoría de los dos demonios —hace poco refrescada en Chile por Boric en su vergonzoso discurso del 18 O— no deja de ser impactante. En la película se recrea sobriamente, con un esfuerzo mínimo, en un tiempo igualmente pequeño, el período narrado en el que precisamente se filmó la «Historia Oficial» de Puenzo, emblema de la teoría de los dos demonios en la que una víctima de tortura concluye que en realidad la responsabilidad de lo ocurrido en Argentina se corresponde con el choque entre el sadismo fascista y la guerrilla. «1985» ajusta cuentas con «Historia Oficial», de alguna forma la recrea en un escalón más conceptual y por lo mismo en la primera el choque de clases se hace ver con mayor claridad.

«1985» protagonizada por el que parece ser el único actor argentino —Ricardo Darín— se permite discurrir por la transición post Dictadura blandiendo los pobres símbolos de la moral republicana. Como hemos anticipado, resulta interesante destacar que el héroe de esta historia es un funcionario cuyo combustible es el miedo y a quien se le representa en un previsible departamento de Buenos Aires. Nada nos sorprende en el personaje: una hija en plena crisis de adolescencia, un hijo de insoportable protagonismo y una mujer que en más de un encuadre parece una estatua viviente de la Justicia.

La fortaleza de esta película radica en que es capaz de ubicar y resaltar la mediocridad del momento histórico al que hace referencia, poniendo el discurso del régimen que se disponía a cambiar de piel como lo que fue: un acto de poder. Efectivamente, el inédito juzgamiento a los militares que integraron las sucesivas juntas militares de la última Dictadura argentina, es presentado como primera cuestión como el resultado de la voluntad política del primer Presidente post Dictadura —Raúl Alfonsín— quién personalmente alienta a Strassera a pedir condenas de prisión perpetua para los genocidas de una forma parecida a como Aylwin —algunos años después— recomendara a los ministros de la Corte Suprema en Chile, interpretar la ley de Amnistía de forma de soslayarla.

Esta película, cuarenta años después del fin de la Dictadura, refleja igualmente la manera como en Argentina se ha logrado instalar la respuesta del régimen al problema político que planteó el genocidio. El foco se ha desplazado del conflicto histórico inmediato y se ha centrado en su resultado institucional. A cuarenta años ya es evidente que en la Argentina jamás hubo guerrilla y que lo que hizo la Dictadura fue presentar una respuesta contrarrevolucionaria al levantamiento de clase obrera, en una edición posterior y por lo mismo mejorada de lo que fue el Golpe de 1973 en Chile.

En su alegato de clausura, efectivamente, Strassera califica la llamada guerra sucia como «sádica, clandestina y cobarde» y termina luego de pedir los presidios perpetuos con un requerimiento de «Nunca Más». Los militares fueron condenados y tales triunfos democráticos , resultado de la lucha popular, fueron victorias pírricas sin mayor triunfo que aquello que describe acotadamente la película. De forma distinta a la de Chile, en Argentina igualmente se impuso finalmente la impunidad. Menem se encargaría de difuminar el proceso abierto por este fallo y de banalizarlo con las leyes de Punto Final.

«1985» se ubica, finalmente, en el campo jurídico de lo que actualmente se denomina la garantía de no repetición, el compromiso del Estado de no volver a violar los DDHH. Hoy día la flamante Ministra del Interior de Boric, Carolina Tohá —hija de un Ministro del Interior de Allende y víctima también de la Dictadura, José Tohá— se permitió afirmar que la policía que mata criminales o apalea delincuentes, no viola los DDHH. Es claro que tal garantía de no repetición además de ser una cacofonía, carece de todo contenido. Se trata de una mera declaración de intenciones desprovista de toda significación material que ni el Gobierno del Partido Comunista y el Frente Amplio, es capaz de sostener.

Pero «1985» se hace cargo de esta inconsistencia y ahí precisamente está la importancia de esta película. La grandeza de «1985» es precisamente su capacidad de poner en evidencia la miseria, la pequeñez y la mediocridad de la institucionalidad democrático burguesa y de narrarlo con pasión. Estremece «1985», hay que verla.

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