Bajo el signo del Arcano XX

por Iván Bustamante

Un compañero me deja “El juicio” de García Brun en la mensajería, esperando opinión. Mi memoria se estira. Lo leí antes, seguramente. Y no fue así.  Parece estar perdido en el tiempo y, sin embargo, no lo está.

La poesía alegórica florece como estrategia discursiva, con frecuencia, en periodos de crisis social, especialmente, durante aquellos momentos históricos en que —torciendo la nariz al Lenin de Lukács— la revolución se hace “inactual”. La estructura alegórica permite soslayar los esquemas de significación del discurso hegemónico, utilizando mecanismos figurativos que, precisamente, permiten hablar del presente histórico desde una nueva posición de enunciación. El lector debe, por lo tanto, transcodificar la alegoría, no individualmente, en signos aislados, sino como sistema de representación global que connota una realidad situada más allá de la superficie textual y sus sentidos propios. El acto de resistencia alegórico apela a un latente contenido figurativo, que comparte la comunidad lingüística y permite a ésta repensar su presencia histórica.

La alegoría que nos entrega García Brun es, a la manera de La casa de Asterión de Borges, la búsqueda de una muerte liberadora. En un “mundo pequeño” nuestro hablante declara haber visto los efectos de la lluvia y el olvido, también “piedras ordenadas conformando bóvedas, puentes y caminos”. Bajo un “Sol fijo”, declara que existe una deidad que transita por su creación y duerme en un “túnel carente de propósito”. La voz poética reconoce que el fuego soñado por el dios se “agita, con armas, mieles traslúcidas y racimos”, y que trae otros sueños “cargados de ansiedad”, dominados por el “deseo de un juicio final”.

La figura del dios atormentado, sin labores divinas reconocibles, que no gobierna el tiempo, la justicia ni el destino, creador de un “espacio rígido decorado por vegetación reseca y lentas aves grises”, constituye el eje mecánico del proceso alegórico, encarnando la mala consciencia del ente en torno al ser. El anhelo del dios aparece, en la superficie textual, como un deseo de renovación/reparación ontológica de la realidad por él creada, por medios nietzscheanos o heideggerianos. No obstante, se trata de una “angustia” por el devenir de la realidad, y de una consciencia amenazada por el incierto e ininteligible curso temporal. El fin llega por medio de señales y adivinaciones. Y, sin embargo, no acontece.

Sólo la guerra acontece. Entonces la crisis, al fin, llega sin más dilaciones. Batallas humanas encadenan el tiempo y “sus combates se pierden en la penumbra de los jardines y los siglos que circundan” —uno de los versos más bellos del poema. La señal del “graznido de los cuervos” revela el resultado de la guerra. Los derrotados caen en prisión, son enjuiciados; el apocalipsis se consuma.

La paradoja se instala cerrando la alegoría. El juicio final —y, por supuesto, sus complementos ideológicos de la redención y la vida eterna— no se consuman, no conducen a una destrucción o liberación del mundo. Ninguna de las señales tradicionales se verifica, pues “no hay abismos, trompetas, jinetes ni animales alados”. Todo este simbolismo bíblico no hace más que ocultar la fragilidad del género humano, que avanza en soledad, “minúsculo y precario”, “previsible y mortal bajo las estrellas”. ¿El fin no es también un comienzo? ¿La muerte es, a su manera, resurrección?

Si, en última instancia, la reglas de la realidad siguen presentes también en el arte poético, cabe concebir, bajo el signo del Arcano XX, la muerte como un sueño del que nos despierta la conciencia de la historia. Y aunque esto lo sepamos al final del relato, como en Continuación de los parques de Cortázar, nosotros te soñamos, poeta. Tus palabras vienen del más allá. Son confesiones íntimas de una angustia que compartimos con tu dios, arquetipo para un mundo en crisis.

Curacaví, 2024

ibustamante@lenguapopular.cl

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