Andreu Nin: «La concepción marxista del poder y la revolución española»

Las ideas fundamentales de Marx sobre el poder, pueden resumirse en las conclusiones siguientes:

  1. El Estado es un instrumento de coerción puesto al servicio de la clase dominante, con el objeto de oprimir a las otras clases.
  2. Mientras existan clases, existirá el Estado y, por tanto, no se puede “acordar” ni “decretar” su abolición.
  3. El proletariado, si quiere defender sus intereses, ha de luchar por la conquista del poder, que utilizará para crear una nueva sociedad sin clases.
  4. Para quebrantar la resistencia de la burguesía —las clases explotadoras no han renunciado resignadamente a sus privilegios— y emprender la organización de la sociedad sobre bases socialistas, el proletariado, al tomar el poder, tiene necesidad de instaurar, transitoriamente, su dictadura de clase. Este período de transición entre el capitalismo y el comunismo es inevitable. Sin él, la emancipación de los trabajadores es imposible.
  5. La clase obrera no puede limitarse a tomar en sus manos la máquina del Estado y ponerla en marcha tal como es para sus propios fines” sino que debe destruirla creando sus propios órganos. (Ejemplo que puede servir de orientación: la “Commune” de París.)
  6. Desaparecidas las clases, el Estado propiamente dicho desaparece asimismo para ceder el sitio a instituciones puramente administrativas. “El gobierno de los hombres es sustituido por la administración de las cosas.”
  7. Es condición indispensable, para que el proletariado pueda cumplir su misión histórica, que se organice en partido de clase, independiente de los demás y con una política independiente de clase.

De estas siete condiciones, se desprende que la doctrina política del marxismo se basa en dos ideas fundamentales: la conquista del poder y la dictadura del proletariado.

La clase obrera, en la lucha por su emancipación, se lanza no solamente contra la fuerza económica de la clase enemiga, sino también contra su fuerza política. La conquista del poder político es la condición indispensable de la transformación socialista. En septiembre de 1920, el proletariado italiano ocupó las fábricas; pero el poder siguió en manos de la burguesía, se frustró la revolución, que avanzaba irresistiblemente, y, como consecuencia de ello, se crearon las condiciones necesarias para el rápido y victorioso avance del fascismo. En nuestro país, como respuesta a la insurrección militar fascista, el proletariado, levantado en armas, ocupó fábricas, minas y talleres, anulando el poder económico de la burguesía; pero al no completar esta acción con la conquista del poder político, da la posibilidad a la clase enemiga de ir reconstituyendo el desquiciado mecanismo del Estado, para ponerlo al servicio de sus intereses y utilizarlo contra la revolución proletaria.

Este profundo error de la clase trabajadora será de consecuencias funestas para la causa de su emancipación, si no se decide a reaccionar enérgicamente. La insurrección fascista del 19 de julio, creó todas las condiciones objetivas para la conquista del poder. El mecanismo estatal quedó tan seriamente quebrantado que, en realidad, había dejado de existir. Desmoralizadas, indisciplinadas y deshechas las fuerzas de orden público. Destruido el ejército. Liquidado todo el mecanismo judicial. Suprimidos virtualmente los órganos locales de poder, que fueron reemplazados por los comités revolucionarios. Expulsados los propietarios de las tierras. Incautados las fábricas y talleres. Las armas, premisa indispensable de la victoria, en manos de los obreros y campesinos, dueños absolutos de la situación. Y, como corolario de este estado de cosas, la sensación, en las clases explotadoras y en las masas pequeño burguesas, de que el régimen anterior había desaparecido irremisiblemente.

Bastaba QUERER, para que los restos impotentes del poder burgués fueran destruidos definitivamente y se instituyera el poder de la clase trabajadora. Pero los partidos y organizaciones obreros que gozaban de mayor influencia NO QUISIERON. El Partido Comunista, fiel a la orientación escandalosamente reformista de la Tercera Internacional, consagró todos sus esfuerzos desde el primer momento a desviar el cauce de la revolución hacia la república democrática y la colaboración de clases. El Partido Socialista siguió el mismo camino, a pesar de la voluntad y el entusiasmo revolucionario de gran parte de las masas que le siguen.

La CNT y la FAI merecen capítulo aparte. Los obreros confederados se lanzaron a la lucha con admirable empuje. Su formidable instinto de clase los ha llevado a una enérgica y audaz acción revolucionaria. Pero su magnífico impulso ha quedado considerablemente neutralizado por las concepciones tradicionales del anarquismo sobre el poder. Los militantes de la CNT y de la FAI se dan cuenta de que la titánica lucha que se está desarrollando actualmente en España exige rectificaciones importantes; pero no se atreven a llevarlas hasta sus últimas consecuencias. La rectificación de su inveterado apoliticismo les ha llevado a la participación en los organismos gubernamentales, es decir, a la colaboración con los partidos burgueses. Si llegasen, con nosotros, a la conclusión de que la única salida de la situación es un gobierno obrero y campesino, la revolución estaría salvada. ¿Qué obstáculo se puede oponer a ello? Es más fácil hacer comprender a los obreros encuadrados en la CNT la conveniencia de participar en un gobierno obrero revolucionario, que no la de colaborar en un gobierno democrático burgués. ¿Puede constituir un obstáculo el concepto marxista de la dictadura del proletariado? No disputaremos por una simple cuestión de palabras. Lo importante es ponerse de acuerdo sobre el contenido. Y no abrigamos la menor duda de que los obreros anarquistas y sindicalistas están tan convencidos como nosotros —la experiencia práctica lo ha demostrado— de la necesidad de aplastar a la burguesía, de negarle todos los derechos políticos, de no dejarla respirar hasta que el proletariado haya destruido de raíz toda posibilidad de restauración capitalista. Destruidas las clases, resultará superfluo el poder revolucionario, y la sociedad humana vivirá libre de las trabas del Estado. ¿Os repugna el término “dictadura del proletariado”? Prescindamos de él. Y contribuyamos todos, vosotros, los anarquistas, y nosotros, los marxistas revolucionarios, a que ese poder omnímodo del proletariado —absolutamente indispensable durante un cierto período— se base en la más amplia democracia obrera y no se transforme, como ha ocurrido en la URSS, en la dictadura de una casta burocrática.

Si la CNT, la FAI y el POUM, entre los cuales existen ya coincidencias de la mayor importancia, se pusieran de acuerdo sobre este extremo fundamental, abriríanse ante la revolución perspectivas inmensas. La claridad del objetivo a perseguir haría renacer la confianza entre los trabajadores; la tensión revolucionaria de las masas recobraría el ritmo de los primeros meses; el entusiasmo haría milagros, tanto en la retaguardia como en el frente.

El objetivo, por otra parte, es relativamente fácil de lograr. La clase trabajadora no está todavía desarmada. Conserva posiciones estratégicas importantes. Su peso específico es enorme. Nada se puede hacer sin ella. Y, SI QUIERE, nada podrá hacerse contra ella. Aunque no tan favorable como en los primeros meses de la revolución, la correlación de fuerzas es tal que el proletariado, en las circunstancias actuales, puede hacerse con el poder sin recurrir a la insurrección armada. Basta con que ponga en juego toda su fuerza organizada con la decisión inquebrantable de llevar la revolución hasta las últimas consecuencias.

Pero y ¿cómo ha de formarse el gobierno obrero y campesino que propugnamos? Basándose en la experiencia de la “Commune” de París, Marx sostiene que el proletariado no puede limitarse a poner en marcha la máquina del Estado burgués, sino que ha de destruirla. De aquí la necesidad no solo de aniquilar todo el mecanismo burocrático del Estado capitalista, sino sus instituciones fundamentales y, en primer lugar, el Parlamento, reminiscencia del período de dominación “democrática” de la burguesía, o, para decirlo en otros términos, forma política “democrática” de la dictadura capitalista.

La fuente del nuevo poder no puede ser el Parlamento sino los órganos surgidos de la revolución y que expresan, más fielmente que aquel, la voluntad de la masa trabajadora. Por esto, nuestro partido propugna la convocatoria de una Asamblea constituyente de delegados de los comités de fábrica, de las organizaciones campesinas y de los combatientes del frente, de la cual han de surgir el gobierno obrero y campesino y las líneas fundamentales de la Constitución por que ha de regirse la nueva España, redimida de la opresión de capitalistas y terratenientes. Un gobierno obrero formado desde arriba representaría indudablemente un paso adelante con respecto a la situación actual, pero no sería el gobierno que los intereses de la revolución reclaman imperiosamente.

No hay tiempo que perder. Si seguimos asistiendo pasivamente a la reconstitución sistemática y progresiva del mecanismo del poder burgués, la clase trabajadora española habrá perdido la ocasión excepcional que la historia le ofrece para lograr su emancipación e imprimir un poderoso impulso a la revolución mundial. DESPUÉS, será tarde.

Hay que forjar el hierro cuando está candente.

Fuente: Texto escrito en marzo de 1937, publicado en el  libro de Andreu Nin. El carácter de la República española.

(Visited 33 times, 1 visits today)