Bajar el volumen: Milei, los datos y la reorganización de la burguesía argentina

por Alejandro Valenzuela Torres

Para comprender a Javier Milei hay que comenzar por bajar el volumen. Apagar por un momento la motosierra, los insultos, los gritos contra la «casta», las extravagancias presidenciales y la interminable representación del esperpento que ocupa buena parte de la superficie política argentina. No porque esa representación carezca de importancia —cumple una evidente función propagandística y disciplinadora— sino porque puede ocultar aquello que realmente interesa. Milei tiene, en rigor, un único programa: el económico. Todo lo demás está subordinado a él. Por eso, para comprender al Gobierno hay que escuchar menos lo que dice el personaje y observar con mayor atención lo que hace su administración, quién gana con ello, quién pierde y qué relaciones sociales está modificando. Cuando se procede de esta manera aparece una dinámica bastante menos excéntrica que su protagonista: una ofensiva de clase que está ordenando detrás del Gobierno al grueso de la burguesía argentina, aunque sus distintas fracciones mantengan diferencias respecto del tipo de cambio, las importaciones, los impuestos, los ritmos de apertura o la distribución particular de los beneficios.

El ruido cumple precisamente la función de presentar como una cruzada ideológica individual lo que constituye una operación social colectiva. La teatralidad libertaria convierte cada medida en una batalla personal de Milei contra políticos, sindicalistas, empleados públicos, jubilados, universidades o gobernadores. Pero detrás del espectáculo existe una lógica reconocible: reducir el costo de reproducción de la fuerza de trabajo, debilitar su capacidad organizada de resistencia, disminuir el peso relativo del salario en la distribución del ingreso, abrir áreas de valorización al capital privado, favorecer la concentración económica y reconstruir las condiciones de rentabilidad del capital argentino. Es ahí donde debe buscarse la racionalidad del mileísmo y también la explicación de por qué un personaje que parece encontrarse permanentemente enfrentado con todo el mundo puede conservar el respaldo estratégico de sectores decisivos del capital.

Los datos permiten apreciar esa operación con bastante mayor precisión que los discursos. El PIB argentino creció en el primer trimestre de 2026 un 2,3% interanual y un 0,7% respecto del trimestre anterior. Es un crecimiento real y no existe razón alguna para desconocerlo. Pero su composición resulta mucho más reveladora que el número general. El crecimiento se encuentra fuertemente sostenido por energía, minería y agro, mientras actividades decisivas para el empleo y el mercado interno muestran una situación mucho más débil. El propio INDEC confirma ese crecimiento del 2,3% y el avance trimestral del 0,7%.

Es aquí donde resulta particularmente útil el balance realizado por Rolando Astarita. Su conclusión central es que, una vez descontados energía, minería y agro, la economía argentina continúa aproximadamente en los niveles de noviembre de 2023. Astarita caracteriza por ello la recuperación como débil y desestructurada y la inserta, además, en un período mucho más prolongado de estancamiento: el crecimiento reciente no habría modificado todavía la tendencia estructural que arrastra Argentina desde hace más de una década. En adelante, los datos pueden ser contrastados directamente con sus fuentes oficiales, precisamente porque el problema no consiste en adoptar una interpretación particular de las estadísticas sino en preguntarse qué dinámica de clase expresan.

La industria constituye una primera prueba. La utilización de la capacidad instalada industrial fue apenas del 59,1% en junio de 2026. Es cierto que supera ligeramente el 58,9% registrado un año antes, pero significa al mismo tiempo que alrededor de cuatro décimas partes de la capacidad industrial permanecen sin utilizar. A ello se suma una estructura profundamente desigual: mientras energía y actividades extractivas muestran dinamismo, ramas manufactureras vinculadas al mercado interno continúan sometidas a una fuerte presión. No estamos simplemente ante la desaparición de empresas atrasadas reemplazadas por capitales más productivos dentro de una expansión industrial general, sino ante una modificación de la estructura económica que fortalece determinados polos exportadores mientras debilita partes significativas de la producción manufacturera.

Esto resulta decisivo porque Milei presenta su programa como una restauración de la acumulación capitalista. Si efectivamente estuviéramos ante semejante transformación, el éxito no debería medirse exclusivamente por la inflación, el déficit fiscal o el riesgo país, sino por la ampliación de la reproducción del capital: inversión productiva, incorporación tecnológica, aumento sostenido de productividad, expansión de capacidad instalada y absorción de fuerza de trabajo. Desde un punto de vista marxista, estabilizar una moneda no equivale a desarrollar las fuerzas productivas. Tampoco un superávit fiscal constituye por sí mismo acumulación de capital. Puede obtenerse equilibrio presupuestario precisamente mediante mecanismos que deterioren las condiciones generales de reproducción económica.

El mercado laboral permite observar todavía mejor el contenido social de la transformación. En el primer trimestre de 2026 la desocupación alcanzó el 7,8%, con una tasa de empleo del 44,8% y una subocupación del 11,1%, según el INDEC. Pero el dato verdaderamente revelador está en la calidad del empleo que se crea y del que desaparece. El propio Banco Central reconoce que durante ese período el empleo total creció 1,7% interanual, pero que ese crecimiento se concentró en trabajadores no asalariados y asalariados informales, mientras el empleo asalariado formal privado se contrajo nada menos que un 4,1% interanual.

Aquí aparece, despojada de toda retórica, la dinámica de clase del programa. El capitalismo argentino no está absorbiendo masivamente trabajadores hacia relaciones laborales más productivas, formalizadas y tecnológicamente avanzadas. Una parte importante del ajuste está produciendo exactamente lo contrario: sustituye trabajo formal por relaciones laborales más precarias, transfiere riesgos desde la empresa hacia el trabajador y reduce las protecciones asociadas al salario. El monotributista, el trabajador informal, el empleo discontinuo y las distintas modalidades de autoexplotación no representan necesariamente una nueva generación de emprendedores liberados del Estado; constituyen también formas mediante las cuales el capital reduce el costo social de utilización de la fuerza de trabajo.

La distribución del ingreso ofrece otra señal significativa. El INDEC registró para el primer trimestre de 2026 un coeficiente de Gini de 0,442, frente a 0,435 en igual trimestre de 2025. El dato no describe por sí solo toda la estructura social argentina, pero resulta difícil conciliarlo con la representación propagandística de una prosperidad que comienza a difundirse desde arriba hacia el conjunto de la sociedad. La estabilización puede coexistir perfectamente con una recomposición regresiva de las relaciones entre las clases.

Algo parecido ocurre con los salarios. El índice salarial registró en abril de 2026 un incremento mensual del 3,7% y una variación interanual del 36,9%, con diferencias considerables entre trabajadores privados registrados, empleados públicos y trabajadores no registrados. El problema consiste en que una comparación nominal aislada dice poco después de años de inflación extraordinaria. Lo decisivo es observar la evolución real acumulada, la pérdida sufrida desde 2023 y su relación con productividad, empleo y ganancias. El ajuste salarial no constituye simplemente una consecuencia desafortunada de la estabilización: es uno de los mecanismos mediante los cuales se reconstruye la rentabilidad empresarial.

El consumo revela inmediatamente esa modificación. En abril de 2026 las ventas de supermercados medidas a precios constantes disminuyeron un 3,7% interanual. Estamos ante una contradicción perfectamente capitalista: aquello que constituye una ventaja para cada empresario considerado individualmente —pagar salarios menores— puede transformarse en un problema para el capital considerado en su conjunto, porque la contracción prolongada del ingreso popular reduce el mercado interno. La mayor explotación de la fuerza de trabajo puede elevar la tasa de plusvalía sin producir automáticamente una expansión proporcional de la acumulación.

Por eso la inversión constituye una cuestión fundamental. No basta con aumentar el excedente disponible para el capital: es necesario que ese excedente encuentre condiciones suficientemente rentables para convertirse nuevamente en capital productivo. La capacidad industrial ociosa cercana al 41% constituye en este sentido una advertencia evidente: ¿por qué habría de producirse una oleada general de inversión industrial cuando una parte tan importante del aparato existente permanece sin utilizar? La inversión no nace de la confianza metafísica de los empresarios ni del entusiasmo ideológico por un presidente; depende de expectativas concretas de rentabilidad y realización.

La paralización de la obra pública añade otra contradicción. Carreteras, puertos, redes eléctricas, agua potable, hospitales, escuelas y sistemas de transporte no constituyen simplemente «gasto político». Son parte de las condiciones generales de reproducción del capital y de la fuerza de trabajo. El capital individual no necesariamente puede ni quiere producirlas en la escala requerida porque muchas poseen largos períodos de amortización o generan rentabilidades indirectas. El Estado capitalista cumple históricamente precisamente esa función. Reducir brutalmente esas inversiones puede mejorar de inmediato una cuenta fiscal mientras deteriora las condiciones materiales sobre las cuales debería desarrollarse la acumulación futura.

El superávit fiscal, elevado por Milei a una categoría casi moral, debe por ello ser devuelto a la tierra. El equilibrio entre ingresos y gastos estatales puede constituir una condición favorable bajo determinadas circunstancias, pero no posee ninguna virtud económica independiente de la manera concreta mediante la cual se obtiene. Si resulta de reducir jubilaciones, salarios públicos, transferencias sociales e inversión pública, puede coexistir perfectamente con caída del consumo, deterioro de infraestructura y debilitamiento de determinadas ramas productivas. Una contabilidad estatal equilibrada no significa una economía equilibrada.

Lo mismo debe decirse respecto de la inflación. Su descenso constituye probablemente el éxito económico más importante del Gobierno y negarlo solo debilitaría cualquier crítica seria del mileísmo. El Banco Central presenta explícitamente la estabilización monetaria como uno de los fundamentos del programa y vincula la reducción inflacionaria con las perspectivas de crecimiento. Pero reducir la inflación y transformar productivamente una economía son dos cosas completamente distintas. La historia argentina conoce estabilizaciones apoyadas en apreciación cambiaria, restricción monetaria, endeudamiento, reducción salarial y entrada de capitales que pudieron mantenerse durante períodos significativos antes de encontrar sus límites.

También sería equivocado desconocer los resultados del comercio exterior. En mayo de 2026 las exportaciones alcanzaron US$9.537 millones, mientras las importaciones fueron de US$6.033 millones, dejando un superávit comercial de US$3.504 millones y completando treinta meses consecutivos de saldo positivo. Es un resultado importante. Pero nuevamente debemos preguntar qué expresa. Una economía puede convertirse en una extraordinaria plataforma exportadora de hidrocarburos, minerales y productos agropecuarios y, simultáneamente, presentar dificultades para desarrollar una estructura industrial integrada y generar empleo formal en gran escala.

Esto permite comprender mejor el bloque social que Milei está construyendo. Las distintas fracciones burguesas no tienen intereses idénticos. El capital industrial orientado al mercado interno puede reclamar protección frente a determinadas importaciones; los exportadores presionarán por otro tipo de cambio; el capital financiero defenderá tasas y mecanismos de valorización específicos; las empresas energéticas y mineras reclamarán infraestructura, seguridad jurídica y condiciones fiscales excepcionales. Pero esas diferencias secundarias pueden coexistir con un acuerdo estratégico respecto de la necesidad de modificar la relación entre capital y trabajo.

Ahí reside probablemente la verdadera unidad burguesa que produce el mileísmo. No significa que todos los capitalistas aprueben todas las decisiones del Gobierno. Significa algo más profundo: la reducción del salario real, el debilitamiento de la negociación colectiva, la precarización, la flexibilización laboral, la ofensiva contra el derecho de huelga y la disminución de las capacidades de resistencia de los trabajadores constituyen un terreno común sobre el cual pueden reconocerse sectores empresariales que mantienen profundas diferencias entre sí.

Por eso sería un error caracterizar el fenómeno exclusivamente a partir de la psicología de Milei o de la excentricidad de La Libertad Avanza. El esperpento es la forma política; detrás de él opera una reorganización material de las relaciones entre las clases. El grito presidencial presenta como guerra contra la casta lo que, visto desde abajo, aparece como una guerra contra las condiciones históricas de reproducción y organización de la fuerza de trabajo.

Y aquí los datos son particularmente fríos. El Gobierno puede exhibir legítimamente crecimiento del PIB, reducción inflacionaria, superávit comercial y equilibrio fiscal. Pero esos mismos datos, observados junto con la caída del empleo asalariado formal privado, el aumento relativo de modalidades precarias, la debilidad industrial, la elevada capacidad ociosa y el deterioro del consumo muestran una realidad mucho más contradictoria que la propaganda del milagro. Los éxitos macroeconómicos parciales no demuestran todavía una expansión general de las fuerzas productivas argentinas. Demuestran, en cambio, que se está produciendo una profunda modificación de las condiciones bajo las cuales el capital explota el trabajo.

En este sentido, el éxito más consistente de Milei hasta ahora quizá no deba buscarse donde él mismo ordena mirar. Puede no haber inaugurado una nueva época histórica de acumulación argentina, pero sí ha conseguido avanzar considerablemente en alterar la relación de fuerzas entre las clases. El trabajador formal retrocede, se extiende la precariedad, se comprime el salario y el aparato estatal se reorganiza alrededor de nuevas prioridades de acumulación. El beneficio de semejante transformación no se distribuye homogéneamente dentro de la propia burguesía, pero establece condiciones generales que fortalecen al capital frente al trabajo.

Esa es también la razón por la cual la cuestión argentina excede ampliamente la figura de Milei. El personaje puede agotarse, moderarse, perder elecciones o terminar siendo reemplazado. Lo importante es determinar si las transformaciones realizadas durante su Gobierno consiguen sobrevivirlo. La burguesía no necesita necesariamente a Milei para siempre; necesita consolidar las relaciones sociales que Milei está imponiendo. En ese sentido, la motosierra posee un significado bastante menos pintoresco de lo que aparenta: pretende cortar relaciones de fuerza construidas durante décadas y dejar establecido un nuevo punto de partida para la acumulación.

Conviene entonces volver al comienzo. Para entender a Milei hay que bajar el volumen. Dejar que el personaje continúe gritando mientras nosotros miramos las cifras. Cuando desaparece el ruido quedan la industria, los salarios, la inversión, el empleo, la capacidad instalada, el comercio exterior y la distribución del ingreso. Y detrás de esas magnitudes aparecen finalmente las clases sociales. Entonces el aparente caos adquiere coherencia: no estamos ante el capricho económico de un extravagante, sino ante una ofensiva destinada a reconstruir el poder del capital sobre el trabajo y, precisamente por ello, capaz de ordenar políticamente a la burguesía argentina mucho más allá de las extravagancias de quien circunstancialmente la encabeza.