Cuento de Juan García Brun: «Aire libre»

Delante de mí, un par de muchachos van repasando sus estudios sobre la esclavitud. Aunque no son estridentes, comprendo que al corregirse buscan un relato exacto y preciso, para ser bien evaluados. Repiten una narración llena de adjetivos pertinentes a la libertad. Su castellano es de difícil comprensión, lleno de giros, énfasis e ironías que en mi juventud no existían. Se bajan en uno de los últimos paraderos en una calle franqueada por acequias y muros fortificados. Él la abraza y la besa en la sien. Yo voy hasta el final del recorrido.

Escucho en mis audífonos la Danza de los Caballeros, de Prokofiev. Termina el otoño y piso sobre un camino de tierra, irregularmente lodoso. Voy a una reunión con otros revolucionarios y no deja de parecerme ilustrativo que debamos juntarnos fuera de la ciudad. No conozco el lugar y me sorprende que en esa zona haya mobiliario dispuesto en el camino, tras las cercas, como si se tratase de bienes dispuestos para su uso, no abandonados en el lugar. Por ejemplo, al cruzar un puente, en el lado opuesto había dos sillas y una pequeña mesa con los restos de un almuerzo, más adelante un espejo colgaba de un árbol.

No era mediodía, pero un rumor inespecífico vitalizaba el ambiente, no era estrictamente urbano, pero daba la idea de que tras unos sotobosques alejados una murga ensayaba sus ritmos. El lugar estaba rodeado de colinas de baja altura. Un perro negro, vigoroso, se acerca a mi lado y me acompaña. Roperos, camas, y sillones de tres cuerpos se observan concentrados en lo que parece una leñera, en realidad un lugar dispuesto para que los leñadores picaran la leña. Montones de ella y astillas hundidas en el lodo marcaban las pisadas de lo que debió haber sido una reunión importante. Había hachas clavadas en troncos lo que no intimidaba pero resultaba desordenado, como imagen. En unas alambradas colgaba ropa para secarse, sucia.

Antes de subir una cuesta pronunciada, decido sentarme en un sillón que estaba apoyado contra el muro de lo que parecía ser una construcción inconclusa. De su interior, alertado por el perro, sale un anciano vistiéndose de forma lasciva, se humedece los labios con la lengua a la manera de los desdentados. Tiene el pelo teñido de color rojo y lleva una enormes y lustrosas botas de montar, forma parte de una organización mayor. Se arrellana en el sillón, extiende sus brazos, recita unos versos perversos y me invita.

Me levanto, subo la cuesta. Me esperas arriba, tejes sobre una carreta. El palacio del mundo espera que le prendamos fuego.