Viví en una ferretería, en un pequeño pueblo del sur. Estaba cerca de la plaza, en la esquina, una de sus calles era Colón. Estaba instalada en una vieja casa de madera que crujía entera con el viento, con la lluvia y especialmente si caminabas en ella. La casa nunca se pintó y un letrero metálico anunciaba “Ferretería Sur”.
Al entrar estaban las ofertas, las cocinas a leña, el saldo de alambres de púa, vinílicos y revestimientos. Del lado de la caja algún tipo de artefactos eléctrónicos, radios, pilas, ampolletas. En la segunda pieza estaba la quincallería, electricidad y sanitarios; en el fondo una pequeña góndola con ropa, botas, impermeables.
Me habían asignado para vivir la parte trasera, que era donde estaban las tablas y el material de construcción. Yo era el cuidador, dormía en un sillón, me duchaba solo en el baño de esa casa que tenía una gran tina y me preparaba algunas cosas en el anafre que compartía con los demás empleados. Doña Gilda siempre me preguntaba cómo había dormido.
Un día cualquiera, invierno, estaba oscuro y era mediodía. Recorrí la parte trasera de ese patio de ripio semihundido en el barro, con un murral y con un muro inconcluso de bloques y el espacio necesario para que el patrón estacione su Luv celeste, de cabina simple. Ese día -llovía mucho además- me di cuenta que la parte trasera de la construcción no tenía pared y que sólo impedía el acceso de intrusos al negocio, la madera acumulada en la bodega. O sea, cualquiera podía entrar. Me sentí muy preocupado. Podían venir a pegarme y llevarse las cosas, robar las cosas y romper, robar e incendiar la ferretería. Y yo qué iba a hacer, más bien, cómo lo había hecho todo este tiempo –años- para que nadie entrase al negocio. Bueno, le dije esto al patrón, quien mientras revisaba unas facturas me respondió: no entran muchacho, porque te temen a ti.
