Walter Benjamin: «Melancolía de izquierda»

Sobre el nuevo libro de poemas de Erich Kästner[1] (1931)

Hoy los poemas de Kästner están ya disponibles en tres imponentes volúmenes. Sin embargo, cualquiera que desee estudiar el carácter de estas estrofas debería atenerse a la forma en la que ellas originariamente aparecieron. En libros ellas están apiñadas y resultan un tanto sofocantes, pero en el periódico se mueven como pez en el agua. Si esta agua no es siempre de la más limpia y muchos desperdicios flotan en ella, tanto mejor para el autor, cuyos pececillos poéticos pueden engordar con ello.

La popularidad de estos poemas está ligada al ascenso de una capa social que tomó posesión de sus posiciones económicas de poder sin disfraz, enorgulleciéndose, como ninguna otra, de su fisonomía económica desnuda y cruda. No es que esa capa, que apenas veía y reconocía el suceso, hubiese ahora conquistado las posiciones más fuertes. Para eso su ideal era demasiado asmático. Era el ideal de agentes sin hijos, que hicieron carrera a partir de comienzos insignificantes y que, al contrario de los magnates de las finanzas que durante décadas trabajaban para su familia, trabajaban apenas para sí mismos y sus negocios casi no sobrepasaban los balances a corto plazo. Quién no los conoce: sus ojos soñadores de bebé detrás de los anteojos de concha, las mejillas largas y blanquecinas, la voz arrastrada, el fatalismo de los gestos y del modo de pensar. Es para esta capa, desde el principio, y sólo para ella, que el poeta tiene algo para decir, lisonjeándola, desde la mañana hasta la noche, cuando le presenta el espejo no tanto enfrente sino por detrás. Los espacios entre sus estrofas son los pliegues de gordura de su nuca; sus rimas, sus labios carnosos; las cesuras, los hoyuelos de su carne; los puntos, las pupilas de sus ojos. La temática y los efectos se restringen a esta capa social, y Kästner es igualmente incapaz de llegar con sus acentos rebeldes a los desposeídos cuanto con su ironía a los industriales. Eso porque, a pesar de su apariencia diferente, esa lírica vela sobre todo por los intereses jerárquicos de la clase media –agentes, periodistas y jefes de personal. El odio que ella proclama contra la pequeña burguesía tiene un aspecto propio de pequeño-burgués en su excesiva intimidad. Por otro lado, pierde visiblemente su fuerza de impacto contra la alta burguesía y finalmente delata su anhelo de mecenas en el suspiro: “Si al menos existiese una docena de sabios con muchísimo dinero”. No es de extrañar que Kästner, al ajustar cuentas con los banqueros en un “himno”, se revele un hipócrita, tanto por el tono familiar cuanto por la visión económica, del mismo modo como en el poema “Una madre hace balance”, donde presenta los pensamientos nocturnos de una mujer proletaria. Al final de las cuentas, el hogar y la pensión son la correa de transmisión con la que una clase favorecida mantiene bajo su tutela al poeta mañoso.

Ese poeta es un insatisfecho y hasta un melancólico [schwermütig]. Su melancolía [Schwermut] , en tanto, nace de la rutina. Pues ser rutinario significa sacrificar sus idiosincrasias, renunciar a la capacidad de sentir repugnancia. Eso torna a las personas melancólicas [schwermütig]. Tal situación recuerda de alguna manera al caso de Heine. Productos de la rutina son las observaciones con que Kästner entalla sus poemas, para dar a esas pelotitas infantiles la apariencia de pelotas de rugby. Y nada más rutinario que la ironía que hace crecer la masa hecha de opiniones privadas, como un fermento. Es lamentable que su impertinencia sea tan desproporcionada con las fuerzas ideológicas y políticas de que dispone. La grotesca subestimación del adversario, en la cual se basan sus provocaciones, muestra hasta qué punto la posición de esta inteligencia radical de izquierda está de antemano perdida. Poco tiene que ver con el movimiento obrero. En cuanto fenómeno de la decadencia burguesa, ella corresponde a la mimikry feudal, que el Imperio admiró en la figura del teniente de reserva. Los publicistas radicales de izquierda, del tipo de Kästner, Mehring o Tucholsky representan la mimikry proletaria de la burguesía decadente. Su función política es crear clichés, no partidos, su función literaria es crear modas, no escuelas, su función económica es crear agentes, no productores. En los últimos quince años, esa inteligencia de izquierda ha sido ininterrumpidamente el agente de todas las coyunturas políticas, desde el Activismo, pasando por el Expresionismo, hasta la Nueva Objetividad. Su significación política, sin embargo, se agotó en la transformación de reflejos revolucionarios (en la medida en que ellos afloraban en la burguesía) en objetos de distracción, de divertimento, que pueden ser canalizados para el consumo.

Fue así que el Activismo consiguió hacer que la dialéctica revolucionaria se presentase con la cara del buen sentido, pero indefinida en términos de clase social. Era, de cierto modo, la semana de liquidación de ese almacén de la inteligencia. El expresionismo expuso, en papier mâché, el gesto revolucionario, el brazo en alto, el puño cerrado. Después de esa campaña publicitaria, la Nueva Objetividad, de donde surgen los poemas de Kästner, procedió al inventario. ¿Qué encuentra la “elite intelectual” [“geistige Elite”] al hacer el inventario de sus sentimientos? ¿Acaso estos mismos sentimientos? Ellos hace tiempo fueron malvendidos. Restan sólo los lugares vacíos donde otrora, en polvorientos corazones de terciopelo, estuvieron guardados los sentimientos: la naturaleza y el amor, el entusiasmo y la humanidad. Ahora uno acaricia distraídamente la forma vacía. Una ironía autoconvencida cree que esas formas vacías tienen más valor que las propias cosas, ostentando su pobreza como un lujo y transformando en fiesta ese monótono vacío. Pues lo “nuevo” de esa “objetividad” es que se vanagloria tanto de los vestigios de antiguos bienes espirituales cuanto el burgués de sus bienes materiales. Nunca nadie se acomodó tan a su voluntad en una situación tan incómoda.

En suma, ese radicalismo de izquierda es una postura a la cual no corresponde más acción política alguna. No está a la izquierda de esta o de aquella tendencia, sino simplemente a la izquierda de toda y cualquier posibilidad. Porque, desde el principio, no piensa en otra cosa a no ser en deleitarse consigo misma en una tranquilidad negativista. La transformación de la lucha política de una presión a la decisión en un objeto de diversión, de un medio de producción en un artículo de consumo: este es el último hit de esta literatura. Kästner, que es un gran talento, domina con maestría todas sus técnicas. En primer lugar, tenemos una actitud que se manifiesta ya en el título de muchos poemas. Allí se encuentra una “Elegía con huevo”, una “Canción de navidad lavada en seco”, un “Suicidio en baño de familia”, el “Destino de un negro estilizado”, etc. ¿Por qué esas contorsiones? Porque la crítica y el conocimiento están al alcance de la mano; pero serían aguafiestas, y bajo ninguna condición deben hablar. Por eso el poeta tiene que amordazarlos, y entonces sus convulsiones desesperadas parecen números de un contorsionista para la alegría del gran público de gusto inseguro. En Morgenstern el disparate era el reverso de la fuga hacia la teosofía. Pero el nihilismo de Kästner no oculta nada, tan poco como una boca que de tanto bostezar no se puede cerrar.

Tempranamente comenzaron los poetas a conocer esta singular variante de la desesperación: la estupidez atormentada. Pues, en la mayoría de los casos, la auténtica poesía política de las últimas décadas fue al frente de los acontecimientos a modo de heraldo. Fue en los años 1912 y 1913 que los poemas de Georg Heym anticiparon la entonces inimaginable condición de las masas, que se evidencia en agosto de 1914, en descripciones insólitas de grupos nunca vistos antes: suicidas, presos, enfermos, navegantes o locos. En sus versos la tierra se preparaba para ser cubierta por el diluvio rojo. Y mucho antes de que emergiese de las ondas la única elevación, el monte Ararat de los marcos de oro donde Alfred Lichtenstein, muerto en los primeros días de la guerra, ya focalizará esas figuras tristes e hinchadas que Kästner transformó en estereotipos. Lo que distingue al burgués de aquella primera versión, pre-expresionista, de la versión posterior, pos-expresionista, es su excentricidad. No fue por casualidad que Lichtenstein dedicó uno de sus poemas a un payaso. Sus burgueses aún sentían en la carne la payasada de la desesperación. Aún no se libraban del excéntrico en tanto que objeto de diversión de los grandes centros urbanos. Aún no estaban completamente saturados, aún no se transformaron totalmente en agentes, de modo que no sentían una solidaridad difusa con una mercancía cuya crisis de venta ya se esbozaba en el horizonte. La paz vino luego – aquella crisis de ventas de la mercancía humana, que conocemos con el nombre de desempleo. Y el suicidio, propagado en los poemas de Lichtenstein, es dumping, o sea, la venta de esa mercancía a precios de liquidación. De todo eso nada saben ya las estrofas de Kästner. Su ritmo sigue el mismo compás en que los pobres millonarios lloran su tristeza; se dirigen a la melancolía [Traurigkeit] de los saturados que no pueden invertir todo su dinero para hinchar su barriga. Estupidez atormentada: es la última de las metamorfosis de la melancolía [Melancholie] en su historia de dos mil años.

Los poemas de Kästner se dirigen a personas de alta renta, aquellos fantoches tristes y pesados, que pasan por encima de cadáveres. Con la solidez de su coraza, la lentitud de sus movimientos, la ceguera de sus acciones, ellos representan en el hombre el punto de encuentro entre tanque y chinche. Esos poemas pululan en ellos como un café de ciudad después del cierre de la bolsa de comercio. No es de extrañar que su función sea reconciliar a ese tipo consigo mismo, estableciendo una identidad entre vida profesional y vida particular que esa gente llama “humanidad”, pero que en verdad es su rostro bestial, porque toda humanidad verdadera, en las condiciones actuales, sólo puede resultar de la tensión entre esos dos polos. Allí se forman la reflexión y la acción; producirlas es la tarea de toda poesía política, que se realiza con el mayor rigor en los poemas de Brecht. En Kästner ella tiene que ceder el lugar a la arrogancia y al fatalismo. Es el fatalismo de aquellos que se encuentran más alejados del proceso de producción, cuya oscura manera de cortejar la coyuntura es comparable a la actitud de un hombre que se deja llevar por los azares felices e inescrutables de su digestión. El ronquido de estos versos, sin dudas, es más probablemente de cólicos intestinales que de la revolución. Desde siempre, estreñimiento y melancolía [Schwermut] estuvieron asociados. Pero desde que en el cuerpo social los jugos gástricos se atascaron, un aire sofocante nos persigue a cada paso. Los poemas de Kästner no mejoran el ambiente.

Notas
[1] Erich Kästner, Ein Mann gibt Auskunft. Stuttgart, Berlin: Deutsche Verlags-Anstalt (1930). 112 S. Traducción de Nicolás López y Luis Ignacio García.
Ir al contenido