Violencia épica e historia literaria

por Italo Nocetti

A Walter Benjamin. In memoriam.

Se puede conjeturar que a partir de Homero se solidifican las características del género épico occidental, todas ellas guardan relación con una imagen del mundo arcaica, teocéntrica; donde los dioses son la autorrepresentación de los señores y sus pasiones, voluntad de poder, avasallamiento, arbitrariedad, codicia, violencia. Estas entidades divinas recibieron de los aristócratas helenos el derecho a transgresión que ellos mismos practicaban, proyectando en el cielo lo que interiormente eran, una casta miserable que se tenía como el único ideal normativo y estético posible.

El quantum de mala conciencia que cargaron fue borrado de su autorrepresentación para idealizarse, por medio del recurso defensivo de la proyección en la propia esfera de lo sacro. Pero, en sus cantos épicos quedó cantada y escrita toda su moral práctica. El plano de las acciones heroicas se ubica frente al lector, es allí donde las figuras heroicas idealizadas simbolizan en cuerpo y alma el falso ideal aristocrático, de los mejores, los valientes y bellos que poseen privilegios consuetudinarios. El resto, los más, aparecen como personajes secundarios, siervos, esclavas. Soldados como Tersites, cuya figura representa el opuesto a las virtudes aristocráticas; cojo, deforme, maligno, enfrenta a Aquiles por su codicia: “tus arcas están llenas con la parte del león de bronce y mujeres también” (Libro II, 263-284) y es castigado por el héroe por no contener su lengua (ἀμετροεπής). No es extraño si los individuos del mundo popular eran llamados faulos (φαυλος), que significaba feo y bruto. En las batallas los ejércitos son masas enemigas que luchan y mueren de uno y otro bando a las afuera de Troya defendiendo los mezquinos intereses de sus amos, cada soldado aqueo o troyano un ser anónimo, masa abyecta devenida ejército. Su acción es pobre, van a la guerra, luchan viven y mueren como multitud, en el relato son mudos y acéfalos, no tiene espíritu, pero sufren horriblemente en cruentos episodios. Al morir pasan a ser parte del inventario bélico, de ciudades arrasadas, templos profanados, mujeres violadas, saqueos; las acciones singulares de los soldados desaparecen. Solo trasciende la heroicidad despótica y las tropelías de bolicheros aristócratas más allá del bien y del mal. 

Innumerables son los libros que han exaltado los valores épicos y repudiado a Tersites. En la Estética de Hegel mientras figuras épicas encarnan naciones, Tersites es pintado con caracteres reprochables: “abusa de los reyes… su envidia y egotismo es la espina que debe cargar” (der die Könige tadelt… sein Neid, seine Eigensinnigkeit ist der Pfahl, den er im Fleische trägt). La filología del siglo XIX inventó el término tersitismo, rasgo clasista de esos sabios que repiten los bastonazos de Aquiles en las espaldas del insurrecto.
En la épica se percibe la continuidad del despotismo al devenir aristocracia. Y la sombra de ese despotismo oculta al oprimido, determinando la historicidad de la literatura. Bajo esas condiciones se configura el protagonista de la novela moderna, cuyo conflicto con la realidad surge de la imposibilidad de un héroe moderno. Eso queda claro en Crimen y Castigo, en Madame Bovary. La novela, si bien tiene un origen en la épica no puede recurrir a valores aristocráticos para sustentarse, queda ese vacío sombrío inserto en el texto. El héroe se ausenta y es reemplazado por un fracasado, que solo la figura retórica de la atenuación puede nombrarlo antihéroe, no se puede denominar así a Gregorio Samsa, ni a Raskolnikoff; porque ambas son figuras que simbolizan tanto al sujeto moderno, como a una sociedad fracasada. 

Es que se ha repetido el mismo mecanismo de proyección, en tales personajes ahora la burguesía vuelca su mala conciencia respecto del orden que han impuesto; la ausencia de sentido de los procesos que dan lugar a sociedades muertas que funcionan implacablemente. Máquinas organizadas que mientras más organizadas, más profunda es la impotencia del sujeto para tomar las riendas de su vida. Tanto así que se requiere de un acto sin precedentes, la autoextinción de la singularidad para integrarse al caos social. Todos los héroes burgueses caminan descalzos entre espinas, cojeando como Edipo. De allí que las novelas de De Sade generen un protagonista que parecería revivir al héroe, al negar la moral cristiana y entregarse a goces brutales que sus privilegios aristocráticos le conceden. Pero, solo es una vuelta a un estadio social anterior, previo a la revolución burguesa que el escritor tenía al frente. De Sade quiso romper con la revolución y escandalizar al sujeto ilustrado, fue un imposible. Su victoria fue preconfigurar a Nietzsche, cuyo proyecto consideraba a un hombre que crea sus valores y se constituye como superhombre; dejando atrás el último hombre, el burgués adocenado. Aunque, también Nietzsche no lo logró, nunca dejó de ser un adocenado burgués decadente, que en su ser radicalmente antihumano y reaccionario le repugnaba la idea del socialismo y las masas de trabajadores y su cultura popular. Su discípulo más gris se llamó Michel Foucault.

El héroe, el hombre superior, el aristócrata, el burgués, no solo han pervivido por la opresión, sino que perviven cerniendo una gruesa tela oscura sobre los oprimidos, deben servir y desaparecer, más bien, deben existir como servidumbre, como seres avasallados. Sobre esa ceguera de milenaria, inscrita en su origen en la épica, se erige el canon literario de las naciones, las obras que deben ser conocidas por todos, las importantes, las inexcusables. Es que solo los literatos pequeños burgueses, con sus intereses burocráticos y las correspondientes barreras teóricas, se resisten a concebir la historia de la literatura como la concebía Walter Benjamin, un mito que borra la presencia de los oprimidos.

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