«Sobre la noche el cielo y al final el mar»: El archivo desmembrado de Raúl Zurita

por Nicolás López Pérez

Con el título de este libro, pienso en ese volumen de ensayos Sobre el amor, el sufrimiento y el nuevo milenio (2000) y en esas flores de la portada que solo se nos muestran como luces a lo lejos. En ese texto, Raúl Zurita (Santiago de Chile, 1950) zurce unas páginas indelebles a la humanización de las prácticas literarias.

Particularmente, hay una cita que nos servirá como hoja de ruta en la novedad que nos presenta. A saber: “El dolor es el altoparlante para hacernos más humanos, más tolerantes, más conscientes del milagro y del amor de la existencia” (p. 12).

Y del dolor, saltar a esas referencias generales que no caben ni en los ojos ni en un libro: el cielo y el mar. Ambos como telones donde se proyectan frisos en que se vierte el dolor que vuelve a humanizar una subjetividad.

El caso del hablante lírico (o ¿narrador?) en el trabajo de Zurita es interesante, al ir más allá de esta puesta en escena visceral y permitir un estadio siguiente que se contrasta con la vida y, al mismo tiempo, que posibilita una capacidad de historiar alternativamente por medio de la poesía.

El imaginario de este nuevo texto retorna a los paratextos e intersticios del tríptico dantesco, compuesto por Purgatorio (1979), Anteparaíso (1982) y La vida nueva (1994; 2019). Aunque también conecta ese paisaje que cruza INRI (2003) y Zurita (2011).

De todas maneras, puede que Sobre la noche el cielo y al final del mar no haya sido el título original del libro. Más allá de cualquier especulación, la idea de desmembramiento me seduce como centro de resonancias.

Una inmersión en la memoria para acceder al lenguaje

Las vibraciones vienen con la forma de tres dedicatorias. La primera es a PW, su compañera de años, de un artista desmembrado. En el texto de apertura, otros verbos que interesan son “desmoronar” y “derrumbar”. El hablante se convierte en las cicatrices de un cuerpo intervenido con el fin de un temblor.

La segunda es al Colectivo de Acciones de Arte, CADA (1979-1983), cantándole a una ciudad que se está cayendo a pedazos en otro amanecer en la memoria. Y la última, clausura un origen que se multiplica en una lectura al infinito, a Raúl Zurita Inostroza que adquiere voz y le dice a su hijo: “yo siempre estaré contigo, contigo que fuiste desmembrado”.

El susurro paternal es intenso, inmarcesible y dibuja como un petroglifo la trayectoria de un tiempo posible, el de escritura. No importa quien habla, qué dice, sino quién siente y cómo transmite las ondas gravitacionales de una biografía que vuelve y reconecta los tres tiempos en uno solo, el de la literatura.

Sobre la noche el cielo y al final del mar es un libro que se configura mediante una inmersión en la memoria para acceder al lenguaje. De ahí, la vivencia y la experiencia son las que se reconstituyen a partir de una proyección de videos que entablan una relación con la realidad.

Se habla en segunda persona, desde un año en particular que no es 1985. Se transita por un agujero negro a toda velocidad. Es como si quien narra estuviese fuera de la película imaginaria y dentro, un desdoblamiento sublime ante una chance de redención con lo vivido.

Zurita, en esta oportunidad, amplía su horizonte biopoético, situando a su narrador a contrapelo de ese sujeto que está participando de lleno en el cine que es la prosa. Al final del primer capítulo, se muestra a ese sujeto activo de la acción mirando en el reverso de un friso que se exhuma y deshace de inmediato.

El retorno es de golpe, segundo capítulo y la fijeza de quien va sintiendo y estableciendo contacto con las costuras del lenguaje se traduce así: “Vuelves atrás. Ves de nuevo la ciudad hecha de gemidos, de sollozos y pesares, y el río estrecho y maloliente que la cruza”.

¿Qué es una ciudad en un imaginario? Santiago de Chile, 1979, 1985, 2014, 2020. El Mapocho, de significado “agua que se pierde en la tierra”, siempre estuvo ahí. La vida es agua que se pierde en un gran río. La escritura es agua que se pierde en el lenguaje.

En Sobre la noche el cielo y al final el mar lo urbano y, en especial, la localización son relevantes. La ciudad en el imaginario de Zurita es un soporte de lo sensible, una gran pantalla donde van pasando las emociones y los pedacitos de vida que mueren y resucitan al alero del arte. Puede ser que la ciudad también sea agua que se pierde en las personas y viceversa.

En un manifiesto de la serie “Goya es un momento de la historia del arte” (1978), titulado “¿Cuáles son los proyectos?”, Zurita escribe: “Igualar mente – paisaje – vida, ese es el Proyecto y yo pienso que eso es posible antes de que muera”.

La operación de escritura en este libro va en esa línea. Y puede tomarse autobiográfico, pero consideremos lo dispuesto en el ensayo Autobiography As De-Facement (1979) del crítico belga Paul de Man, esto es, que la autobiografía: “vela una desfiguración de la mente por ella misma causada”.

Una desfiguración que figura y prefigura, de alguna manera. Aunque, en el caso de conceptuar para ampliar, preferiría decir que este libro es material para un ensayo de autobiografía.

“Antes hay otro recuerdo dentro del recuerdo. Son los mismos callejones de la población Santa Adriana, pero ahora estás con tus compañeros del CADA”, se escribe al comenzar el capítulo tercero.

Esto me lleva al libro publicado por Ocho Libros en 2019, titulado Archivo CADA. Astucia práctica y potencias de lo común, editado por Fernanda Carvajal, Paulina Varas y Jaime Vindel, cuyo objetivo es documentar el traspaso del archivo del colectivo al Museo de la Memoria y los Derechos Humanos, efectuado por Diamela Eltit y Lotty Rosenfeld, donde la figura de Zurita queda injustamente reducida.

Sobre la noche el cielo y al final del mar vuelve a poner en valor el trabajo de Zurita en el CADA a través de un testimonio de primera fuente. También es preciso tener en la mira el trabajo de Robert Neustadt, CADA día: la creación de un arte social (2012), editado por Cuarto Propio.

Los años de la ira

Vuelvo a la operación de escritura, el narrador en off que va haciendo ¿logoterapia? y pegando las instantáneas en un gran collage que trae de regreso a la dictadura y a la resistencia en blanco y negro, en colores, en ocho milímetros de mirada, al artista desmembrado que vela sus años amputados por la obra del paraíso. Todo desde un presente que mira en el abismo que es una vida mirando el abismo de los años de la ira.

Cuando llega la noche de las flores muertas que el viento del amanecer barrerá, el presente asedia a ese sujeto que se mueve entre los fotogramas de una evocación incesante, encausada por medio del grito. Ronald Kay y Tentativa Artaud en un momento en que el grito se transforma en una onomatopeya que se funde en la noche y que hace a la noche de la película, conectada con todas las noches de la vida.

En la reedición de Variaciones ornamentales (2009) de Kay, Zurita prologa y reflexiona sobre la portada escogida. Se trata de una imagen que criogeniza a un hombre vocalizando una sensación. La pregunta es por el grito, sí, pero también por el contenido que subyace al grito, desde el mar del dolor y desolación hasta el sol gozoso y extático.

La unión de extremos queda a la intemperie de la escritura como un gran laboratorio donde volver a intentar una vida para, tal vez, sanar la mente. El texto puede ser una buena ocasión para dejar inscrito ese deseo.

Zurita es testigo de una pequeña historia nacional, atravesada por los años del horror. Imaginemos que estamos en 1985, como en el libro, y en las noticias aparece la noticia de los cuerpos degollados de los miembros del Partido Comunista, José Manuel Parada, Manuel Guerrero y Santiago Nattino, en la intersección de las calles Los Leones con El Vergel (Providencia), donde hoy hay unas bancas de fierro que son la animita implacable contra el autoritarismo y la desaparición forzada de personas.

La narración del perímetro del horror muestra un pedazo de la película, donde ese tú, esa segunda persona, se expone a los embates de lo audiovisual, el resplandor de la mañana y los márgenes de la propia vida que se mezcla en un estado de inercia al centro de la infelicidad y se mueve como una aguja que remienda un traje que es preciso seguir utilizando.

En una entrevista —no recuerdo el lugar— de Zurita, a propósito de su tríptico dantesco y de la pregunta por qué no escribió el infierno, él contesta que es inenarrable. El capítulo undécimo, luego de que esos hombres fueron degollados y de ese hombre asesinado a golpes en una comisaría del centro de Santiago, trastorna lo que no se puede narrar en lo que no se puede leer. Y de lo ilegible, una clave que huele a muerte, la de un país que se desmorona humanamente.

Ahora bien, la caída de los escombros se proyecta, lentamente, en una mejilla que es el cielo estrellado. Es 1975, repetidamente, visiones sobre la posibilidad de alzar ya no el grito, sino el verbo en el espacio público. Uno de los logros del CADA fue hacerse paso, alternativamente, en un campo cultural minado, cercado y, además, con centinelas dispuestos a la persecución y al exterminio.

En el apogeo de la dictadura militar+civil de Pinochet, antes de los tumbos que implicó transparentar la carta de navegación de Chacarillas y el inicio de una venta de imagen país —respetuoso de los Derechos Humanos— al extranjero.

Y el tiempo es una modulación constante en la escritura, como en un sueño, se puede estar en un escenario y, al parpadeo, en otro. Lo inenarrable se vuelve un fantasma en el libro y se abre como una boca balbuceando un lenguaje incomprensible porque así debiese permanecer. Por otro lado, como dice el inicio de Purgatorio: “la vida es muy hermosa, incluso ahora”.

El amor y lo colectivo dejan a esos tiempos tormentosos como una oscuridad demasiado luminosa, un faro que puede ser visto e ignorado por el establishment castrense y fascista. Zurita introduce todo lo que la poética fue y continúa siendo desde un día de octubre de 1979: proyecto, soporte y obra.

Planear y navegar en la literatura de este siglo

A estas alturas, proceden (o no) las preguntas de qué y cuánto puede una escritura sostener o desarmar las costuras de una ficción y, además, de cómo las memorias (como género o estilo) son una investigación de espeleología sobre uno mismo y sobre los impactos de la participación propia en otras vidas.

Zurita, en una entrevista, declaró: “Puedo ser lo que mi escritura decida, ella es la que decide el cuerpo textual. Es el texto el que toma la decisión sobre tu vida, o sea, el texto es el que crea tu vida y no a la inversa. No es el creador el que crea su vida, sino que es el texto el que configura a su creador” (Un mar de piedras, FCE, 2018, p. 132).

El texto, por tanto, va modulando ese cuerpo entre líneas tachadas que se dicen ilegibles, pero su persistencia traspasa el nivel ocular y trasmuta en otra sustancia donde la escritura ya es insuficiente. De ahí que viene el cielo, los acantilados, el paisaje donde se deja la huella.

Y la memoria es la concentración de las técnicas aprendidas y necesarias para efectuar la incisión, el tatuaje en una superficie. El texto es la textura. Al tocar estas palabras, un retorno a ese NO+, a ese Para no morir de hambre en el arte, pero el retorno es lo que la película imaginaria de un pasado que va cerrándose, porque se le ha dado una tumba para que emprenda su viaje a otra vida.

Y mientras tanto, evoco el ejercicio de José María Arguedas en El zorro de arriba y el zorro de abajo(1971), esto es, la escritura de un diario mientras se encuentra trabajando en la novela. Los diarios, junto con humanizar el proceso creativo de quien está tras el lápiz (o la máquina), transparentan el instante mismo de la materialización del texto mismo.

Zurita acierta al decir que el texto configura a su creador, tal y como sucede en este libro, que opera con flashbacks y raccontos, mezclado con el tiempo de enunciación. Por ejemplo, al tropezar por las consecuencias del Parkinson o al salir de una operación a corazón abierto.

Ambos momentos corresponden a rutas de la trayectoria vital del escritor. Con ello, se amplían los bordes del gran archivo que la escritura abulta.

Por otra parte, el texto fija y configura lo que deja a su paso. Los nombres propios se cristalizan y la vida que queda no es sino una serie de vinculaciones de uno con respecto a los demás. Hay un nombre que falta, uno que se ha quedado en la dedicatoria a una edición de Purgatorio.

Sobre la noche el cielo y al final del mar es un artefacto literario poderoso, una ventana a las diferentes dimensiones en que el tiempo transcurre en una vida sintonizada en los himnos de un país que flota en el recuerdo. Asimismo, es un retrato del artista desmembrado, cuyo cuerpo se coloca a disposición de un archivo en continuo florecimiento.

Raúl Zurita archiva el tiempo, planea y navega en la literatura de este siglo con un retrato íntimo de sus circunstancias en un campo cultural amenazado por la tortura y la muerte; en una época de formación, resistencia y lo que creíamos compañerismo a través del arte.

(Tomado de Cine y Literatura)

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