Simone de Beauvoir, el capitalismo y la emancipación de la vejez

por Alexandre Féron

Con motivo de la publicación en las Éditions sociales del libro Découvrir Beauvoir, escrito por Alexandre Feron, publicamos un extracto: el comentario sobre un pasaje del libro -demasiado poco conocido- que Simone de Beauvoir dedicó a la vejez, lo que el capitalismo hace de ella y las posibilidades de emanciparla.

Texto de Simone de Beauvoir

“La vejez no es una conclusión necesaria de la existencia humana. (…) Un gran número de animales mueren, como las efímeras, después de reproducirse, sin pasar por un estadio degenerativo. Sin embargo, es una verdad empírica y universal que a partir de un cierto número de años el organismo humano sufre una involución. El proceso es inevitable. Al cabo de un cierto tiempo, conduce a una reducción en las actividades del individuo; muy a menudo, una disminución de las facultades mentales y un cambio de su actitud con respecto al mundo. (…)

Para que la vejez no sea una parodia ridícula de nuestra existencia, solo hay una solución, que es continuar persiguiendo fines que den sentido a nuestra vida: dedicación a individuos, comunidades, causas, trabajo social o político, intelectual, creador. Contrariamente a lo que aconsejan los moralistas, debemos desear mantener en la edad avanzada pasiones lo suficientemente fuertes como para que nos eviten volvernos sobre nosotros mismos. La vida conserva un valor siempre y cuando se lo dé a la de los demás, a través del amor, la amistad, la indignación, la compasión. Entonces sigue habiendo razones para actuar o hablar. A menudo se aconseja a las personas que preparen su vejez. Pero si se trata solo de reservar dinero, elegir el lugar en que se va a vivir la jubilación, tener aficiones, no habremos avanzado mucho cuando llegue el momento. Vale más no pensar demasiado en ella, sino vivir la vida humana lo suficientemente comprometida, lo suficientemente justificada como para seguir adhiriéndonos a ella incluso cuando se hayan perdido todas las ilusiones y se haya enfriado el ardor vital.

Estas posibilidades solo les son concedidas a un puñado de privilegiados: en los últimos años es cuando se amplía más profundamente la brecha entre ellos y la gran mayoría de los hombres. Comparándolos podremos responder a la pregunta formulada al principio de este libro: ¿Qué hay de inevitable en el declive de los individuos? ¿En qué medida es responsable la sociedad?

(…) La vejez denuncia el fracaso de toda nuestra civilización. El hombre por entero debe ser rehecho, todas las relaciones entre las personas deben recrearse si se quiere que la condición del anciano sea aceptable. Un hombre o una mujer no debería acercarse al final de su vida con las manos vacías y solitario. Si la cultura no fuera conocimiento inerte, adquirido de una vez por todas y luego olvidado, si fuera práctica y viva, si a través de ella el individuo tuviera una relación con su entorno que se lograría y renovaría a lo largo de los años, a cualquier edad sería un ciudadano activo, útil. Si no estuviera atomizado desde la infancia, cerrado y aislado entre otros átomos, si participara en una vida colectiva, tan diaria y esencial como su propia vida, nunca experimentaría el exilio. En ninguna parte, en ningún momento se han logrado tales condiciones. Los países socialistas, si se acercan un poco más que los países capitalistas, todavía están muy lejos de ellas.

En la sociedad ideal que acabo de evocar, se puede soñar con que la vejez no existiría por así decirlo. Como sucede en algunos casos privilegiados, el individuo, debilitado en secreto por la edad, pero no aparentemente disminuido, algún día sufriría de una enfermedad a la que no resistiría; moriría sin haber sufrido ninguna degradación. La edad postrera realmente se ajustaría a la definición dada por algunos ideólogos burgueses: un momento de la existencia diferente de la juventud y la madurez, pero que posee su propio equilibrio y deja abierta al individuo una amplia gama de posibilidades.

Estamos lejos de todo ello. La sociedad solo se preocupa por el individuo en la medida en que produce. Los jóvenes lo saben. Su ansiedad en el momento en que abordan la vida social es simétrica a la ansiedad de los ancianos cuando son excluidos de ella. En el intervalo, la rutina enmascara los problemas. El joven teme a esa máquina que va a atraparle, a veces intenta defenderse con adoquines; al anciano, rechazado por ella, agotado, desnudo, solo le quedan los ojos para llorar. Entre los dos gira la máquina, trituradora de hombres que se dejan triturar porque ni siquiera se imaginan poder escapar de ella. Cuando se ha entendido cuál es la condición de las personas mayores, no podemos contentarnos con exigir una política de vejez más generosa, un aumento de las pensiones, una vivienda saludable y un ocio organizado. Es todo el sistema lo que está en juego y la reivindicación solo puede ser radical: cambiar la vida”.

Simone de Beauvoir, La Vieillesse (1970), Gallimard, París, 2020, Conclusion, p. 755-761[1].

Comentario

El extracto está tomado de la conclusión de La Vieillesse (La vejez), que es, después de Le Deuxième Sexe (El Segundo Sexo), la segunda obra teórica más importante de Beauvoir. Una vez más, se trata de estudiar una categoría de seres humanos socialmente marginados en las sociedades modernas y que experimentan una forma específica de alienación. Con este fin, Beauvoir utiliza un método de encuesta bastante similar al utilizado en su libro sobre la condición de la mujer: basándose en un vasto estudio de todo lo que se ha escrito sobre el tema, así como en su propia experiencia (Beauvoir tiene 62 años en el momento de la publicación del libro) y la de sus familiares, busca dar al lector una visión exhaustiva de la condición particular de la vejez, progresando desde el “punto de vista de la exterioridad” (Parte I) hasta el punto de vista de la “experiencia vivida”, es decir el del “ser-en-el-mundo” de las personas de edad avanzada (Parte II). Su marco teórico existencialista se sitúa en la continuidad de El Segundo Sexo, pero ahora integra mucho más la preocupación marxista por analizar las condiciones económicas y sociales en las que evolucionan los individuos.

Al escribir este libro, Beauvoir tiene como objetivo «romper la conspiración del silencio» (p. 8) sobre la condición que se asigna a las personas mayores y, por lo tanto, contribuir a una toma de conciencia generalizada de la actitud «no solo culpable, sino criminal» de la sociedad hacia esta categoría de individuos. En conclusión, Beauvoir puede entonces sacar algunas perspectivas sobre la forma de transformar esta situación.

¿La situación degradante en la que son colocadas la mayoría de las personas mayores es solo una cuestión específica, incluso individual, que es posible resolver sin cuestionar la organización general de la sociedad? ¿O esta situación condensa el destino general que esta sociedad da a los seres humanos, de modo que para resolver el problema de la vejez es necesario transformar profundamente la sociedad en su conjunto?

La vejez como fenómeno biológico y existencial

Desde el comienzo de La Vejez, Beauvoir afirma, refiriéndose nuevamente de forma implícita a la concepción maussiana del hombre total[2], que «la vejez solo se puede entender en su totalidad» (p. 23), es decir, como un fenómeno a la vez biológico, existencial y social. Toda la dificultad está en comprender «la estrecha interdependencia» (p. 17) de estas diferentes dimensiones.

En efecto, como recuerda aquí en conclusión, el envejecimiento es ante todo un proceso fisiológico de «involución» que afecta al organismo humano, que, a partir de un cierto estado de madurez, pierde gradualmente su capacidad (tanto física como intelectual) para actuar en el mundo, hasta el punto de que ya no es capaz de mantenerse vivo[3]. Sin embargo, la vejez humana es irreductible a solo esta dimensión biológica, y también debe entenderse como un fenómeno psicológico o existencial. A partir de un cierto momento de su existencia, el individuo se descubre a sí mismo como viejo, una toma de conciencia que afecta a todas las dimensiones de su existencia[4] (relación con su cuerpo, sexualidad, actividades, proyectos, relación con el pasado y el futuro, etc.), y que conduce a una profunda transformación de su relación con el mundo, o también de su forma de «estar-en-el-mundo” (concepto que Beauvoir retoma de Heidegger y que constituye el título de la segunda parte del libro). La dimensión existencial de la vejez se refiere a la forma en que el individuo asume su involución biológica, es decir, cómo se sitúa en relación con ella y le da sentido. La toma de conciencia de su edad puede, por ejemplo, conducir tanto a un frenesí en el que el individuo busca aprovechar al máximo el tiempo que le queda, como a una apatía o un estado depresivo en el que siente que nada de lo que hace tiene sentido en vista de la inminencia de la muerte.

Sin embargo, lo que es, según Beauvoir, decisivo para vivir una vejez feliz, es no renunciar a lo que constituye el corazón de la existencia humana: proyectarse hacia el futuro y actuar en el mundo. El mayor riesgo que acecha psicológicamente a la persona mayor es que, viendo su futuro de repente limitado, se hunda en la indiferencia hacia el mundo y los demás: renunciando a «perseguir fines que den sentido a nuestra vida», ya no tiene «razones para actuar o hablar». Por lo tanto, la vejez no debe ser de ninguna manera un momento de ruptura con las actividades de la edad adulta: solo en la medida en que sigamos experimentando «fuertes pasiones», en que sigamos dedicándonos «a individuos, comunidades, causas», en que persigamos un «trabajo social o político, intelectual, creativo», los últimos años de existencia pueden tener sentido. Esa es la razón por la que el destino del individuo durante la vejez es, según Beauvoir, una consecuencia directa del tipo de existencia que ha llevado. Si llevó una existencia sin pasiones, sin compromisos, sin proyectos reales, su vida como anciano será aún más pobre. Por lo tanto, uno debe en cierta manera preparar su vejez, no solo en el sentido estricto de procurarse las condiciones materiales para una jubilación apacible, sino sobre todo llevando una «vida humana lo suficientemente comprometida, lo suficientemente justificada, como para seguir adhiriéndose a ella incluso cuando se hayan perdido todas las ilusiones y se haya enfriado el ardor vital».

La vejez como condición social

Sin embargo, tal análisis existencial sigue siendo insuficiente, ya que hace de la vejez un fenómeno que dependería completamente de la responsabilidad individual, de las propias decisiones del individuo durante su vida y de su forma de dar sentido a su involución fisiológica. Sin embargo, la forma en que se vive la vejez depende en gran medida de la situación social del individuo. Refiriéndose en particular a sus análisis del capítulo 4 de la primera parte («La vejez en la sociedad actual», p. 306-393), Beauvoir recuerda que «la edad a la que comienza el declive senil siempre ha dependido de la clase a la que se pertenece. Hoy en día, un minero es a la edad de 50 años un hombre acabado, mientras que entre los privilegiados muchos llevan alegremente sus 80 años» (p. 758). La desigualdad de las personas en la vejez no solo se debe a las posibilidades concretas que tienen en la jubilación, sino sobre todo a las consecuencias del estilo de vida que han tenido que llevar durante su existencia. Obligadas a vender su fuerza de trabajo para satisfacer sus necesidades, obligadas a tareas repetitivas y alienantes que no favorecen la imaginación ni el enriquecimiento de su persona, permanentemente ocupadas por las preocupaciones de la existencia diaria, las personas trabajadoras no tienen la oportunidad de preparar su jubilación. Como resultado, según Beauvoir, ésta se vive con especial brutalidad: de repente, la o el pensionista «solo ve un desierto a su alrededor»; al abordar con las «manos vacías» la vejez, «la decadencia senil comienza prematuramente, es rápida, físicamente dolorosa, moralmente horrible» y los «individuos explotados y alienados, cuando sus fuerzas les abandonan, se vuelven fatalmente “residuos”, “desechos” (p.759) En resumen, como dice Beauvoir en el preámbulo del libro: «tanto en el curso de la historia como hoy, la lucha de clases determina la forma en que un hombre es atrapado por su vejez» (p. 19).

Revolucionar la vejez y salir del capitalismo

Por lo tanto, el problema de la vejez no es, según Beauvoir, un problema particular que podría resolverse a través de otra política de vejez. Plantear el problema de la vejez es cuestionar una organización de la sociedad humana, que obliga a las personas a trabajar toda su vida simplemente para mantenerse con vida. Como escribe Beauvoir, «por el destino que asigna a sus miembros inactivos, la sociedad se desenmascara; siempre los ha tratado como material» (p. 760). La incapacidad en que nuestra sociedad se encuentra para tratar a las y los ancianos humanamente es el síntoma del «fracaso de toda nuestra civilización», es decir, una civilización estructurada por el modo de producción capitalista.

Partiendo del problema aparentemente específico de la condición de las personas mayores, Beauvoir, por lo tanto, pide una transformación del modo de organización social de la humanidad y una superación del modo de producción capitalista. «Lo que hay que rehacer es el hombre entero, hay que recrear todas las relaciones entre los hombres si se quiere que la condición del anciano sea aceptable”. En esta «sociedad ideal» poscapitalista, la vejez misma «ni siquiera existiría, por así decirlo». No porque tal o cual progreso técnico o médico hubiera permitido a la humanidad superar su condición biológica y la fatalidad de su involución, sino porque ya no sería sinónimo de un estatus social específico que disminuye las posibilidades de acción del individuo. El anciano ya no estaría condenado a vivir sus últimos años como una existencia puramente honoraria a la espera de la muerte, sino que tendría ante sí una «amplia gama de posibilidades» que podría continuar persiguiendo hasta que la muerte le alcanzara.

Para lograr esta «sociedad ideal», Beauvoir menciona, en el último párrafo del libro, la posibilidad de una forma de alianza revolucionaria entre la juventud y las y los ancianos. En el espíritu de algunos análisis revolucionarios de mayo de 68 (por ejemplo, los de Marcuse), Beauvoir parece considerar que no hay que dirigirse hacia los trabajadores adultos para encontrar el sujeto revolucionario. Totalmente absortos en su actividad profesional y en la rutina diaria que les «enmascara los problemas” fundamentales de la sociedad, los trabajadores «se dejan triturar porque ni siquiera se imaginan poder escapar de ella». El joven y el viejo se sitúan por su parte en exterioridad a la sociedad capitalista. Si los jóvenes aún no han sido «atrapados» por el sistema capitalista, los ancianos ya no son parte de él. Así, la «ansiedad» del comienzo de la vida social encuentra su correspondiente posible en la «angustia» del final de la vida social. Por lo tanto, Beauvoir pide a los ancianos que se unan a la lucha de esta juventud en revuelta y que trabajen juntos para cuestionar el sistema y lograrlo. Porque «la afirmación solo puede ser radical: cambiar la vida».

Otros textos de Beauvoir

La Vieillesse (1970), Gallimard, París, 2020, Introducción, p. 7-15; Preámbulo, p. 17-23. (Hay traducción en español: Simone de Beauvoir, La vejez, EDHASA, 1983. ndt.)

Textos preliminares para tener una buena visión general del proyecto Beauvoir:

La Vieillesse, Parte II, cap. 5 «Descubrimiento y asunción de la vejez. Experiencia vivida del cuerpo», pp. 399-509; cap. 6 «Tiempo, actividad, historia», p. 510-629.

Estos dos capítulos de la segunda parte buscan explicar la especificidad de la experiencia vivida de la vejez:

Tout compte fait, Gallimard, París, 1972, c. 1, pp. 57-62; c. 2, p. 183-187.

En el primer pasaje del cuarto volumen de memorias, Beauvoir describe su relación con el tiempo y la vejez; en el segundo, vuelve a pensar sobre la génesis de La Vieillesse.

La Force des choses (1963), Gallimard, París, 2001, Epílogo, p. 489-508.

Haciendo un balance de su vida en el umbral de la vejez, Beauvoir señala paradójicamente que las promesas de la juventud se han cumplido y que ella «se ha desdibujado», una fórmula que despertó muchas reacciones y está en el origen del proyecto de escritura de La Vieillesse.

Notas

[1]     Hay traducción en español: Simone de Beauvoir, La vejez, EDHASA, 1983. ndt.

[2]     Ver texto n.º 10

[3]     Esta dimensión es estudiada en particular en el primer capítulo de la obra (Parte I, cap. 1, “Vejez y biología”, p. 27-56).

[4]     Sobre el análisis de esta toma de conciencia, ver La Vejez, Parte II, cap 5. “Descubrimiento y asunción de la vejez. La experiencia vivida del cuerpo”, p. 399-509.

(Tomado de Contre Temps)

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