¿Provocaron las epidemias la caída del imperio romano?

por Laurent Ripart 

La llegada del Covid-19 ha vuelto a poner en un primer plano el papel motor de las pandemias en la historia de la humanidad y le ha dado un poco más pertinencia al gran libro que Kyle Harper publicó recientemente, para demostrar que las epidemias y en general, la crisis ecológica, constituyeron el principal motor de la caída de Roma. Este trabajo, que ha tenido un gran eco, es sin duda uno de esos grandes libros que podemos recomendar leer en estos tiempos de encierro.

Nacido en 1979, Kyle Harper se ha impuesto hoy como uno de los más grandes historiadores de su generación, debido a su capacidad de problematizar y su habilidad para presentar cuestiones complejas de manera simple, lo que le da la posibilidad escribir con gran talento obras de síntesis. En 2011 se hizo famoso por la publicación de un notable estudio sobre la esclavitud en el siglo IV, que cuestionó de forma radical la idea, hasta entonces bien asentada, de que la esclavitud habría desaparecido en la Antigüedad Tardía 1/. En 2013 apareció su segundo libro, que analizaba la transformación tardo-antigua de la tradicional moral sexual de la antigüedad grecorromana en teología cristiana del pecado 2/, volviendo de forma crítica sobre un tema bien investigado de una manera que la crítica consideró a menudo expeditiva.

No ha sido el caso de su tercer libro, The Fate of Rome. Climate, Disease and the End of an Empire , traducido en 2019 al español bajo el título El fatal destino de Roma. Cambio climático y enfermedad en el fin de un imperio 3/. Basado en una bibliografía de más de 1300 títulos, este trabajo ha sido considerado unánimemente como una obra importante, con un éxito mundial fulgurante: se ha traducido a 9 idiomas, lo cual es bastante excepcional para un libro de historia antigua. Este éxito llevó a Kyle Harper a embarcarse en la redacción de un nuevo libro sobre el papel de las epidemias en la historia, que se publicará pronto en Princeton y cuya publicación constituirá, sin duda, un importante evento editorial.

¿Tuvo lugar la caída de Roma?

Al abordar las causas de la caída de Roma, Harper se embarcó en un camino difícil, ya que el tema ha sido muy debatido y constituye un objeto historiográfico particularmente temible. En primer lugar, el propio concepto de caída de Roma es de los más discutidos, y la historiografía actual prefiere el concepto de transformación del mundo romano, que se impuso a partir de los años 1990 bajo la influencia del gran historiador irlandés Peter Brown. Hablar de “End of an Empire” (el final de un imperio) como lo hace Harper es, por tanto, todo salvo una evidencia; de una parte, porque esta terminología remite a un concepto occidental-central, que no tiene en consideración la persistencia de la civilización romana en Bizancio y, de otra parte. porque no es evidente que, incluso en su parte occidental, el mundo romano hubiera realmente llegado a su fin, ya que siguieron siendo importantes muchos elementos de continuidad con la civilización medieval, aunque solo fuera la persistencia de una Iglesia romana que puede aún ser legítimamente considerada como un trozo del imperio romano que ha llegado hasta nuestra época.

Incluso si aceptamos que la caída de Roma tuvo lugar, determinar sus causas sigue siendo un desafío formidable. En un famoso libro, publicado en 1984, el historiador alemán Alexander Demandt se entretuvo en identificar en la literatura histórica no menos de 210 explicaciones diferentes para la caída del Imperio Romano 4/ . Irónicamente, algunos críticos pueden haber pensado que el trabajo de Kyle Harper finalmente ha proporcionado la explicación número 211 que merecería ser incorporada en una futura reedición del libro de Demandt. Más allá de la broma, sería peligroso minimizar la importancia del libro de Harper, cuya contribución historiográfica es más que probable que sea duradera.

Una historia social del clima.

Al poner la historia del clima en el centro de su trabajo, Harper está lejos de haber hecho algo nuevo, ya que este campo de estudio fue abierto por historiadores que señalaron durante mucho tiempo que la crisis en el mundo romano correspondió aproximadamente al final de lo que ahora llamamos OCR (Optimo Climatico Romano), una fase marcada por un calentamiento y condiciones óptimas de lluvia. Sin embargo, el libro de Harper tiene el mérito de tomas plenamente en cuenta la renovación traída en los últimos treinta años por el auge de los estudios paleoambientales y ofrecer una síntesis muys clara de los datos que los estudios paleoclimatológicos pueden ofrecer hoy en día a las y los historiadores

Sin embargo, más allá de sus cualidades de popularización, Harper ha aportado datos indudablemente nuevos, teniendo en cuenta el hecho de que el Antropoceno es, ante todo, un momento en que la humanidad da forma al medio ambiente. Al vincular el final de la OCR y la deforestación, subrayando su amplitud en la época romana, propone considerar que el establecimiento y desarrollo de la civilización grecorromana se caracterizaron por un proceso de crecimiento extenso, marcado por la profunda disminución de las áreas naturales, lo que habría tenido consecuencias importantes en la evaporación y, por lo tanto, en las precipitaciones. Al hacer de la degradación medioambiental el motor de la caída de Roma, a través de las consecuencias climáticas de la deforestación masiva, Harper ha podido dar a su libro una dimensión que supera los debates propiamente históricos, inscribiéndole en los interrogantes colapsológicos que están actualmente en el corazón de la sociedad contemporánea.

La cuestión de las pandemias

Sin embargo, la contribución más original del libro de Harper es el énfasis que pone en el papel de las pandemias en el proceso de crisis del Imperio Romano, lo que retrospectivamente aparece como una intuición notable cuando la historia de la humanidad se ve sacudida por la llegada del Covid-19. Es cierto que la cuestión está lejos de ser verdaderamente nueva porque las y los historiadores han enfatizado durante mucho tiempo que el mundo romano fue barrido regularmente por grandes pandemias, que las fuentes llaman pestes, un término que hasta el final de la Edad Media podría designar de hecho cualquier tipo de epidemia. Una vez más, Harper no ha realizado un trabajo nuevo, ya que su estudio no se basa en un estudio de primera mano, sino en la síntesis de muchos trabajos dispersos.

Si no ignoraban el papel devastador de las epidemias, las y los historiadores nunca habían visto nada extraordinario en la recurrencia de las pandemias que habían golpeado al mundo romano, considerando que se trataba de una de las plagas endémicas de las sociedades antiguas. Con mucho, la más conocida, la peste de Justiniano, que golpeó al mundo romano durante el reinado del emperador Justiniano (527-565), fue considerada a menudo como una epidemia excepcional. Surgida, como es el caso de todas las grandes pandemias, de China, la peste justiniana constituye la primera pandemia que se puede conectar con el bacilo de Yersin; en otras palabras, con la peste bubónica. Desplazándose con las principales rutas comerciales que cruzaban el Océano Índico, en el año 541, los bacilos de la peste justiniana llegaron a Egipto, desde donde se extemndieron al mundo mediterráneo, circulando por medio de las ratas que poblaban los barcos cargados de cereales.

Las y los historiadores sabían desde hace tiempo que la conmoción fue terrible, ya que generalmente estiman que una ciudad como Constantinopla perdió en unas pocas semanas entre el 50 y el 60% de sus 500.000 habitantes. Sin embargo, consideraban la peste de Justiniano como una epidemia aislada, creyendo que sus efectos no habrían sido tan significativos si no hubieran golpeado a un mundo romano ya muy debilitado por desgracias de todo tipo, convirtiendo la pandemia en un acto final de una larga tragedia que había empezado hacía mucho tiempo.

Una historia ecológica de la epidemia

La ruptura historiográfica aportada por Harper consiste en pensar en las epidemias del mundo romano como un todo, cuyo desarrollo debe explicarse por factores estructurales. En este marco, le da un lugar fundamental a la llamada plaga antonina, indudablemente una epidemia de viruela, probablemente importada por los ejércitos romanos de la campaña que habían librado en Mesopotamia en el año166. Apoyándose en algunos trabajos recientes que muestran la importancia de esta pandemia, ha podido estimar que, por su magnitud, la peste antonina habría constituido una ruptura importante en la historia sanitaria del imperio romano, cuyos efectos habrían sido incomparables con los de las pestes de los siglos anteriores.

Sin duda, este es el punto más discutible de su tesis, en la medida en que la importancia de la peste antonina ha sido objeto de animados debates académicos durante un cuarto de siglo. De hecho, no está en absoluto establecido que hubiera sido de una magnitud mayor que las plagas que se pueden identificar, por ejemplo, en el siglo I, pero que las fuentes mencionan de pasada sin que se pueda realmente comprenderlas, a diferencia de la peste antonina que goza de una ilustración excepcional, gracias en particular a los escritos de Galeno y quizás también de Aelius Aristide que pudo haber sido una víctima. Sin embargo, como el propio Harper reconoce, si ciertos especialistas estiman que la peste de Antonino habría matado entre un quinto y un tercio de la población romana, otros investigadores consideran que en el estado actual de las fuentes nada puede permitir considerar que habría causado una gran mortalidad.

Según Harper, la peste de Antonino no solo habría constituido una epidemia de gran importancia, sino que habría llevado al mundo romano a una nueva era de pandemias, lo que le llevó, en concreto, a asumir en esta perspectiva el expediente de la llamada plaga de Cipriano, debido a que se basa principalmente en el testimonio del obispo Cipriano de Cartago. Si su naturaleza está a debate, Harper cree que fue una forma de gripe que parece haber entrado alrededor del año 249 en el mundo romano a través de Egipto, donde debió haber permanecido endémica hasta alrededor de 262. Siempre preocupado por vincular los factores ecológicos con la historia social, Harper subraya que no sería ilegítimo ver en esta epidemia la base de la que el cristianismo habría despegado, poniendo así en relación el choque epidemiológico y el proceso de cristianización del imperio que caracteriza la segunda mitad del siglo III. Situada así en una perspectiva amplia, la plaga de Justiniano ya no aparece ya como un accidente, sino como la última de una serie de pandemias que habrían golpeado al mundo romano.

Después de haberse esforzado por poner en evidencia el carácter estructural de la peste en el mundo romano tardío, Harper se esfuerza por enfatizar que estas epidemias no deben nada al azar, sino que tienen su origen en el desequilibrio ecológico inducido por el surgimiento de la civilización romana. Las grandes rutas militares y comerciales, que los romanos habían abierto en gran medida al mundo persa e indio, eran de hecho otras tantas avenidas para las pandemias mundiales. Dado que la conquista romana de las tierras salvajes perturbaba al mismo tiempo los equilibrios biológicos, las concentraciones urbanas que se estaban produciendo constituyeron verdaderos caldos de cultivo favorables al desarrollo de epidemias. En este punto, Harper da una imagen de Roma tan inquietante como convincente, cuando muestra hasta qué punto la ciudad podía mostrarse peligrosa, en particular durante el verano cuando sus aguas estancadas y sus calles cubiertas de basuras de todo tipo se transformaban en caldos de cultivo.

¿Qué hacer con el libro de Harper?

El libro de Kyle Harper no ha dejado de irritar a algunos de sus colegas, en la medida en que su trabajo no es un libro de erudición y toma posición sobre cuestiones debatidas que podrían tomarse con más prudencia. Sin duda podemos considerar que esta es una regla inevitable para un trabajo de síntesis, un libro de tesis, que reorganiza, dándole una nueva coherencia, informaciones ampliamente conocidas por todas y todos los especialistas. Tiene los defectos y cualidades de este tipo de trabajo, ya que su lectura plantea problemas reales sin darles una respuesta verdaderamente convincente. Aunque puede ser un tanto extenso, también es un libro que puede atraer a una gran audiencia, especialmente porque está escrito en un lenguaje muy claro y es ampliamente accesible, incluso para quienes no saben nada de la historia romana.

Más allá de su interés estrictamente pedagógico, este libro también tiene el mérito de ofrecer una alternativa a la interpretación actualmente dominante de la crisis en el mundo romano, que actualmente se sigue pensando de acuerdo con los cánones de la doxa neoliberal, como consecuencia de una hipertrofia del Estado romano, cuyo desarrollo burocrático y militar habría impuesto a la sociedad una carga insoportable que la habría asfixiado. Al proponer una interpretación ecológica de la caída de Roma, el libro de Harper ofrece otro camino, al poner primero en evidencia los riesgos inherentes a las economías globalizadas, de las cuales el Imperio Romano ofrece un ejemplo muy emblemático. También subraya el carácter dialéctico de la relación de las sociedades con su ecosistema, en la medida en que el desarrollo de una civilización altera los equilibrios ambientales en los que había basado su prosperidad. Estas son pistas de reflexión que no carecen de interés en un momento en que la mitad de la humanidad está confinada y, por lo tanto, tiene buenas razones para estar interesada en la historiografía de las pandemias, en la que puede encontrar herramientas para pensar el mundo de después.

Laurent Ripart, profesor de historia de la Edad Media en la Universidad Savoie Mont-Blanc (Chambéry) y militante del NPA.

(Tomado de NPA)

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