Poema de Pablo Neruda: «El corazón de Pedro de Valdivia»

Llevamos a Valdivia bajo el árbol.

Era un azul de lluvia, la mañana con fríos

filamentos de sol deshilachado.

Toda la gloria, el trueno,

turbulentos yacían

en un montón de acero herido.

El capelo elevaba su lenguaje

y un fulgor de luciérnaga mojada

en toda su pomposa monarquía.

Trajimos tela y cántaro, tejidos

gruesos como las trenzas conyugales,

alhajas como almendras de la luna,

y los tambores que llenaron

la Araucanía con su luz de cuero.

Colmamos las vasijas de dulzura

y bailamos golpeando los terrones

hechos de nuestra propia estirpe oscura.

Luego golpeamos el rostro enemigo.

Luego cortamos el valiente cuello.

Qué hermosa fue la sangre del verdugo

que repartimos como una granada,

mientras ardía viva todavía.

Luego, en el pecho entramos una lanza

y el corazón alado como un ave

entregamos al árbol araucano.

Subió un rumor de sangre hasta su copa.

Entonces, de la tierra

hecha de nuestros cuerpos, nació el canto

de la guerra, del sol, de las cosechas,

hacia la magnitud de los volcanes.

Entonces repartimos el corazón sangrante.

Yo hundí los dientes en aquella corola

cumpliendo el rito de la tierra:

«Dame tu frío, extranjero malvado.

Dame tu valor de gran tigre.

Dame en tu sangre tu cólera.

Dame tu muerte para que me siga

y lleve el espanto a los tuyos.

Dame la guerra que trajiste.

Dame tu caballo y tus ojos.

Dame la tiniebla torcida.

Dame la madre del maíz

Dame la lengua del caballo.

Dame la patria sin espinas.

Dame la paz vencedora.

Dame el aire donde respira

el canelo, señor florido.»

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