Poema de Juan García Brun: «Jericó»

Llueve sobre Jericó, sobre aquella extensa nomenclatura de piedras, muros y vertientes. Llueve y nuestro pequeño refugio comienza a inundarse. Esta madrugada los ángeles descienden sobre la ciudad portando puñales y antorchas. No hay nadie en las calles y el monocorde bramido de los cuernos sigue decorando la llegada de esos ángeles que por precaución se parapetan en los tejados de las torres del sur y en las del mercado.

El demonio sostiene mis párpados y resisto en la oración. Soy la mujer de Job y Jesucristo —dándome la espalda— murmura, fuma, cae de rodillas.

Puede ser un río o una fosa de dimensiones descomunales. En las orillas hay unas construcciones que parecen muelles pero bien pueden ser patíbulos provisionales. Remo y el sonido de esos remos en el agua recuerda otro mundo. En canastos cubiertos con pieles cargamos manzanas, miel, quesos y algo de charqui. Sigue lloviendo. El bote tiene una proa curva rematada por un trabajo que impresiona como la cabeza de un animal moderno. Visto desde la orilla somos un depredador marino.

Todo aquel día descendimos sin percibir ningún signo. El muchacho dejó de murmurar y se acomodó para dormir entre los canastos. Le quité los cigarros. Las aves nocturnas recorren las estrellas y el río se pierde entre montañas. Al final hay un resplandor de lo que puede ser una ciudad.