Poema de Jacques Prevert: «Intento de descripción de una cena con máscaras en Paris, Francia»

Los que piadosamente…
Los que copiosamente…
Los que patrioterizan…
Los que inauguran
Los que creen
Los que creen creer

Los que croan croan
Los que tienen plumas
Los que meten mano
Los que andromaquean
Los que dreadnoughtean
Los que mayusculan
Los que cantan a compás
Los que cepillan para que brille
Los que tienen panza
Los que bajan los ojos
Los que saben trinchar el pollo
Los que son calvos por dentro
Los que bendicen las jaurías
Los que se hacen besar los pies
Los que «¡de pie los muertos!» (1)
Los que a bayoneta calada…
Los que dan cañones a los niños
Los que dan niños a los cañones
Los que flotan y no se hunden
Los que no confunden el Pireo con un hombre
Los que no pueden volar porque tienen alas de gigante (2)
Los que ponen en sueños cascos de botella sobre la Gran Muralla China
Los que se disfrazan de lobo cuando comen cordero
Los que roban huevos y no se atreven a cocinarlos
Los que tienen cuatro mil ochocientos diez metros de Mont Blanc, trescientos de Torre Eiffel, veinticinco centímetros de pecho y están muy orgullosos
Los que maman de Francia (3)
Los que corren, vuelan y nos vengan, (4) todos esos y otros entraban orgullosamente al palacio del Elíseo haciendo crujir la grava; todos se atropellaban, se apuraban, pues hay un banquete de cabezas y cada cual se había fabricado la que más le gustaba.
  Ese una cabeza de pipa de arcilla; aquél una cabeza de almirante inglés; había cabezas de bombas de mal olor, cabezas de Galliffet (5), cabezas de animales enfermos de la cabeza (6), cabezas de Auguste Compte, cabezas de Rouget de Lisle, cabezas de Santa Teresa, cabezas de dolor de cabeza, cabezas de pie, cabezas de monseñor y de lechero.
  Algunos, para divertir a la gente, llevaban sobre sus hombros encantadores rostros de ternero, y eran rostros tan hermosos y tan tristes, con hierbecillas tiernas saliendo del hueco de las orejas como algas saliendo de los agujeros de las rocas, que nadie reparaba en ellos.
  Una madre con cabeza de muerte exhibía a su hija con cabeza de huérfana ante un viejo diplomático amigo de la familia que se había hecho una cabeza de Soleilland.
  Todo esto era algo verdaderamente deliciosamente encantador y de tan buen gusto que cuando llegó el Presidente con su suntuosa cabeza de huevo de Colón, fue el delirio.
  «Una nadería, pero hubo que pensarla», dijo el Presidente desplegando su servilleta, y frente a tanta malicia y sencillez los invitados no pudieron contener la emoción. A través de sus acartonados ojos de cocodrilo, un poderoso industrial derrama verdaderas lágrimas de alegría, otro menos poderoso mordisquea la mesa, algunas bellas mujeres se frotan delicadamente los senos y el almirante, llevado por el entusiasmo, bebe su copa de champán al revés, masca el pie de la copa y, con los intestinos perforados, muere de pie, agarrado al borde de su asiento, gritando: «¡Los niños primero!».
  Extraño azar: esa misma mañana la mujer del náufrago se había confeccionado, siguiendo los consejos de su criada, una asombrosa cabeza de viuda de guerra con los dos grandes surcos de amargura a cada lado de la boca y las dos bolsitas grises de dolor bajo los ojos azules.
  Erguida en su silla, interpela al Presidente y le reclama a gritos su pensión militar y el derecho de llevar el sextante del difunto en bandolera.
  Ya más tranquila deja vagar por la mesa su mirada de mujer sola y, al ver filetes de arenque entre los entremeses, se sirve maquinalmente uno, después otro, mientras piensa que el almirante no los comía demasiado a menudo a pesar que le gustaban tanto. Stop. El jefe de protocolo anuncia que hay que interrumpir la comida, pues el Presidente va a tomar la palabra.
  El Presidente se pone de pie y, con un cuchillo, rompe la punta de su cascarón para tener menos calor, un poquito menos de calor.
  Habla y el silencio es tal que no se oye volar las moscas y se las oye tan nítidamente que no se oye la voz del Presidente, cosa lamentable ya que, precisamente, está hablando de las moscas y de su indiscutible utilidad en todos los dominios, en particular el dominio colonial.
  «…Pues sin moscas, no hay cazamoscas, sin cazamoscas no hay ley de Argel, no hay cónsul… no hay afrenta que vengar, no hay olivares, no hay Argelia, no hay grandes calores, señores, y los grandes calores, como es sabido, son la salud de los viajeros…»
  Pero cuando las moscas se aburren, mueren, y como todas esas historias del pasado, todas estas estadísticas las llenaban de profunda tristeza, empiezan por despegar una pata del techo, luego otra, y así caen como moscas en los platos… sobre las pecheras, muertas como dice la canción.
   «La más noble conquista del hombre es el caballo» (7), dice el Presidente… «Y si no quedara más que uno, ése sería yo.» (8).
  Estamos al final del discurso. Como una naranja pasada arrojada violentamente contra la pared por un chico maleducado, estalla la MARSELLESA y todos los invitados, salpicados por la herrumbre de los cobres, se levantan congestionados, ebrios de historia de Francia y de borgoña.
   Todos están de pie, salvo el hombre con cabeza de Salmonete de Lisle, que cree llegado el momento y piensa que, después de todo, no está tan mal ejecutada. Poco a poco la música se apaga y la madre con cabeza de muerte aprovecha para empujar a su hija con cabeza de huérfana hacia el Presidente.
  Con un ramillete en la mano, la niña da comienzo a su discurso: «Señor Presidente…» Pero la emoción, el calor, las moscas… en fin, se tambalea y cae, el rostro entre las flores, los dientes apretados como una podadera.
  El hombre con cabeza de braguero y el hombre con cabeza de flemón se precipitan en su ayuda, y la pequeña es levantada, autopsiada y maldecida por su madre, tras hallar ésta en el carnet de baile de la muchacha algunos dibujos tan obscenos como raramente se ven, e incapaz de pensar que fue el diplomático amigo de la familia, del que depende la situación del padre, quien se divirtió tan licenciosamente.
  Al ocultar el carnet entre sus ropas, se pincha el seno con el lapicillo blanco y grita, grita, y su dolor aflige a quienes piensan que tal es, sin duda, el dolor de una madre que acaba de perder a su hija.
  Orgullosa de ser objeto de la atención de los demás, se abandona, se deja escuchar, gime, canta:
  «¿Dónde está mi hija querida, dónde está mi pequeña Bárbara, que daba hierba a los conejos y conejos a las cobras?»
  Pero el Presidente, ducho sin duda en perder hijos, hace un ademán y la fiesta continúa.
  Y los que había acudido para vender carbón y trigo venden carbón y trigo, y grandes islas rodeadas de agua por todos lados, grandes islas con árboles que dan neumáticos y pianos metálicos acondicionados para que no se oigan demasiado los alaridos de los indígenas alrededor de las plantaciones cuando los colonos, para divertirse, después de cenar, prueban su carabina de repetición.
  Con un pájaro sobre el hombro y otro en los fondillos del pantalón para asarlo una vez en casa, los poetas van y vienen por los salones.
  «Realmente», dice uno de ellos, «esto es un éxito». Pero en medio de una nube de magnesio el jefe del protocolo es sorprendido en flagrante delito: revolver una taza de chocolate helado con una cucharilla de café.
  «No hay cuchara especial para el chocolate helado, es inaudito.» dice el prefecto. «Tendríamos que haberlo previsto. El dentista tiene sus pinzas, el papel su cortaplumas y los rábanos sus fuentes.»
  De pronto todos se ponen a temblar: acaba de entrar un hombre con cabeza de hombre, un hombre al que nadie había invitado y que deposita suavemente sobre la mesa una cesta conteniendo la cabeza de Luis XVI.
  Gran horror general. Dientes, ancianos y puertas chirrían de miedo.
  «Estamos perdidos, hemos decapitado a un cerrajero»(9), gritan deslizándose por la barandilla de la escalera los burgueses de Calais (10) vestidos con camisa gris como el cabo Gris-Nez (11).
  Gran horror general, tumulto, malestar, confusión de confusiones, estado de sitio, y fuera, en uniforme de ceremonia, negras sus manos bajo los guantes blancos, el centinela que ve en los arroyos la sangre y sobre su túnica una chinche piensa que la cosa se pone fea y que más vale marcharse a tiempo.
  «Hubiera querido», dice el recién llegado sonriendo, «traeros también los restos mortales de la familia imperial, que reposan, según parece, en el sótano caucásico de la calle Pigalle, pero los cosacos, que lloran, bailan y venden bebidas, velan celosamente a sus muertos.
  «No se puede tener todo, no soy Ruy Blas, no soy Cagliostro, no tengo la bola de cristal, no tengo el poso de café. No tengo la barba de algodón de aquellos que profetizan. Me gusta mucho reír en los salones, hablo para los que guardan cama, monólogo para los mozos de cordel, fonografío para los espléndidos idiotas de las avenidas periféricas y sólo por casualidad que os visito hoy en vuestra intimidad.
  «El primero que diga esta boca es mía es hombre muerto. Nadie lo dice. Hacéis mal, porque no era más que una broma.»
  «Es saludable reír un poco y, si queréis, os llevaré a visitar la ciudad, pero vosotros tenés miedo de los viajes, claro, vosotros sabéis lo que sabéis y que la Torre de Pisa está inclinada y que os da vértigo cuando os inclináis en la terraza de los cafés.»
  » Y sin embargo os divertiríais, como el Presidente cuando desciende a una mina, como Rodolfo en el garito cuando va al encuentro del Degollador (12), como cuando erais niños y os llevaban al zoológico para ver al gran oso hormiguero.»
  » Habríais visto pordioseros sin su corte de los milagros, leprosos sin tablillas de San Lázaro y descamisados acostados en los bancos, acostados sólo por un instante, porque está prohibido quedarse un rato largo.»
  «Habríais visto, en los albergues nocturnos, hombres que se persignan para obtener un lecho, familias de ocho hijos, «ocho en una pieza»,y, si hubierais sido sensatos, hubierais tenido la suerte y el placer de ver al padre que se incorpora en la cama porque tiene un ataque, a la madre que muere dulcemente al dar a luz a su último hijo, al resto de la familia que huye y que, para escapar a la miseria, trata de abrirse camino en la sangre.»
  «Hay que ver, repito, es apasionante. Hay quever a esa hora en que el buen pastor conduce su rebaño al matadero, a esa hora en que el hijo de la familia escupe su virginidad en la acera, a esa hora en que los chiquillos que se aburren en el dormitorio común cambian de cama. Hay que ver al hombre acostado en su cama plegable, a esa hora en que el despertador está por sonar.»
  » Miradlo, escuchadlo roncar, sueña, sueña que sale de viaje, sueña que todo va bien, sueña que tiene un rincón propio, pero la aguja del despertador se encuentra con la del tren y el hombre, ya levantado, mete la cabeza en la jofaina de agua helada si es invierno, maloliente si es verano.»
  » Mirad cómo se da prisa, cómo bebe el café con leche, entra en la fábrica, trabaja, pero no, todavía no está despierto, el despertador no ha sonado lo bastante fuerte, el café no estaba lo basatnte fuerte, sueña todavía, sueña que está de viaje, sueña que tiene un rincón propio, se asoma por la portezuela y cae en un jardín, cae en un cementerio, se despierta y grita como un animal, le faltan dos dedos, la máquina lo ha mordido, no estabas allí para soñar, ¡eh!, y, como lo estáis pensando, tenía que suceder.»
  «Y hasta pensáis incluso que cosas como ésa no pasan con frecuencia y que una golondrina no hace verano, pensáis que un terremoto en Nueva Guinea no impide que las viñas sigan creciendo en Francia, que los quesos maduren y que la tierra gire.»
Pero no os he pedido que penséis; os he dicho que miréis, que escuchéis, para acostumbraros, para que no os sorprendáis de oír crujir vuestros billares el día en que los verdaderos elefantes vengan a recuperar su marfil.»
  «Porque esa cabeza apenas viva que movéis bajo el cartón muerto, esa cabeza lívida bajo el grotesco cartón, esa cabeza llena de surcos, de muecas amaestradas, un día la separaréis del tronco con un ademán indiferente y, cuando caiga en el aserrín, no diréis que sí ni que no.»
  «Y si no os toca a vosotros, le tocará a algunos de los vuestros, pues ya conocéis las fábulas de vuestros pastores y vuestros perros, y no es vajilla cerebral lo que os falta.
  «Ah, estoy bromeando, pero ya sabéis que una nadería basta para cambiar el curso de las cosas. Un poco de nitroglicerina en el oído de un monarca enfermo y el monarca explota. La reina acude presurosa a su cabecera. Ya no hay cabecera. No hay ya palacio. Todo es ruina y duelo. La reina siente que va a perder el juicio. Para reconfortarla, un desconocido de bonachosa sonrisa le da el recuelo. La reina se lo bebe, la reina muere y los sirvientes pegan etiquetas en el equipaje de los hijos. El hombre de la sonrisa bonachosa regresa, abre el baúl mas grande, mete a los principitos dentro, echa el candado del baúl, lleva el baúl a la consigna de equipajes y se retira frotándose las manos.
  «Y cuando digo, señor Presidente, señoras y señores, cuando digo: el rey, la reina, los principitos, es para disimular las cosas, porque no es lógico censurar a regicidas que, al no tener reyes al alcance de la mano, ejercen sus actividades entre la gente que les rodea.»
  «En especial entre aquellos que piensan que un puñado de arroz basta para alimentar durante años a una familia de chinos.»
  «Entre las que ríen despectivamente en las exposiciones porque una mujer negra lleva a la espalda un niño negro, mientras ellas llevan en su blanco vientre desde hace seis o siete meses un niño blanco y muerto.»
  «Entre las treinta mil personas razonables, compuestas de alma y cuerpo, que desfilaron el seis de marzo en Bruselas, encabezadas por una banda de música, delante del monumento elevado a la Paloma-Soldado (13), y entre las que lo harán mañana en Brieve-la-Gaillarde, en Rosa-la-Rose o en Carpa-la-Juive (14), frente al monumento al joven y estúpido marinero que pareció en la guerra como cualquier hijo de vecino…»
  Pero una botella arrojada desde lejos por un colombófilo indignado alcanza en plena frente al hombre que contaba cuánto le gusta reír. El hombre cae. La Paloma-Soldado está vengada. Los acartonados oficiales pisotean la cabeza del hombre y la jovencita moja como recuerdo la contera de su sombrilla en la sangre (15), y ríe delicadamente. La música recomienza.

(…)

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