Poema de Claudio Bertoni: «Viernes 10/1/86»

Un dolor de cabeza. Vuelve cuando la nombro y vuelve. 
Pegado al techo del cráneo. Y me acosté. Los brazos largos y desnudos me dieron frío. Me cubrí con la frazada pesada, limpia, dobladiza y celeste. Ven a dormir conmigo, en el sueño amigablemente la invitaba. 

Se trataba de abandonar la exasperación de mi cabeza, de mi cráneo, de mi cerebro de piedra. Se había producido por hambre un corredor por los lados por el que silba y sopla un viento helado enfriando hasta el dolor y el fierro de los muros gastados del pasadizo. Era un ascetismo, la maldición de no abandonar jamás un gaznate. Yo estoy cansado. Es de noche y me cocino un pan con queso. Afuera truena. Salgo a regar. Habían muchas nubes negras, pesadas. Volví a entrar. A leer el libro de un sacerdote jesuita acerca del Zen. Ahora camino despacio, es la táctica para que no me duela la cabeza, para que no retumbe. Apenas camino un poco rápido algo, vuelve. Por eso ahora estoy sentado leyendo un libro de Enomiya Lasalle, que ya no estoy leyendo en absoluto, lo puse a un lado y ahora estoy mirando por la ventana una luz frente al baño y vacía. La siesta me cambio el ritmo y me puso de ánimo contemplativo.

 Así he logrado la suspensión del dolor de cabeza por el simple capítulo de la pera seca o la suspensión húmeda y fugaz del globo aerostático o sonda. Camino muy lento y pensando en cómo ha sufrido la Mónica. Releo su carta, su dolorosa carta, y me quedo frío, largo y negro, como ese diablito que aplasta un sobre acolchado y sepia sobre la mesa del comedor a unos metros de aquí. Pierdo la fuerza. No es parecido a ningún otro día. A ningún otro silencioso elogio que yo haya hecho a la luz vaporosa o neblinosa de las nubes luminosas glotonas de luz como gaviotas del sueño de hoy. Por un lado eran prosaicas y plomas, burdas y opacas. En cambio al volver mostraban su otro lado, una infinita nube de luz, impecable como un pomponcito de niebla encendido desde adentro y tejido de hilos tan finos como verdes casi de blancos y refrescantes como el aliento de mil pastas de dientes! 

Ahora estoy recuperado, aunque débil todavía. Hube de recuperarme también, mediante una cuidadosa respiración, del plátano demasiado helado y hecho esquirlas que me mordía el diafragma mientras dormía. En cambio ahora soy un suéter verde y solo que no espera sin temor a las plateadas y juguetonas polillas.

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