«Pena corporal», de Elvira Hernández: un habeas corpus por la palabra

por Nicolás López-Pérez

Retomar este volumen de la poeta chilena —publicado por la Fundación Neruda en 2018, luego de estar tres décadas guardado en forma inédita— importaría volver a leer las formas de disciplinas culturales y estéticas heredadas de la dictadura cívico y militar, las cuales más allá de un cambio jurídico, se evidencian en las maneras de hablar, de pensar, y de escribir.

Cuando en 1764 el marqués de Beccaria, Cesare Bonesana, publicó De los delitos y las penas, la justicia penal no volvió a ser la misma. Con la introducción del ideal ilustrado en la aplicación de sanciones “más humanas” en la reforma de los individuos cuya conducta era contraria al derecho, se pensó que aplicar la pena mediante métodos racionales y proporcionales tendría como fin indefectible la disuasión de los delitos. 

Por lo mismo, cambió el paradigma que la crueldad de la pena era conducente a la prevención delictual en el grueso de la sociedad. 

Diez años después se publicó la traducción al castellano en Madrid, lo que hace presumible —en el tiempo próximo— la exportación del pensamiento de Bonesana al continente americano. 

Sin ánimos de hacer una genealogía de la justicia penal chilena ni una arqueología corporal de la política, y más allá de los instantes (guerra, enfrentamiento) y de las instituciones (cárceles), la dictadura militar+civil de Augusto Pinochet constituye un sublime retorno a la era previa a Beccaria. 

Al menos en el campo de sentido de aplicar penas crueles a determinados individuos y grupos para disciplinar los espacios y la producción de significado, discurso e identidad. 

A lo anterior se suma el archivo de verdad procesal y documental respecto de los crímenes de lesa humanidad cometidos en el transcurso de los años 1973 a 1990 que hacen fe de las penas corporales aplicadas a miles de personas. 

Pese a que algunas de éstas —a la fecha— permanezcan insuficientemente juzgadas por los tribunales civiles, el tópico de la violencia dictatorial y las secuelas de un régimen autoritario, más allá de los posibles ejercicios de memoria, nos deja —todavía— más preguntas que respuestas.

Hasta cierto punto, hablando de pena —de la raíz latina poena— puede parecernos inequívoco en lo que desea nombrar. En efecto, tratándose del sustantivo que se agrupa en una oración, en la oportunidad, el título del libro de Elvira Hernández (Lebu, 1951). 

Por lo mismo, ¿cuáles son los modos de lectura de (una) “pena corporal”?

La escritura del ayer hoy

Pena corporal fue escrito entre 1983 y 1987 y se mantuvo inédito —no oculto, aclara su autora— por treinta años. En esa línea, no solo se conecta con las demás escrituras concebidas en los años 80 —como La bandera de Chile, a modo de ejemplo— sino también derechamente con el contexto de producción.

Lo último nos devuelve a la dictadura militar+civil de Pinochet como eje orientador de la lectura. A priori, tanto por la lectura que hace la misma autora como por la que hace Fernanda Moraga, ambas ya cerrando el volumen, parece ser que el texto difícilmente puede desprenderse de su contexto. 

Así, ¿cómo puede leerse Pena corporal?: cómo un apéndice más de la obra de Elvira Hernández, como una ampliación del archivo de vida posible bajo el régimen autoritario de marras, como la persistencia de un cuerpo antes herido. O tal vez, ninguna de las anteriores.

En esa “dificultad de desprendimiento” —que una separación puede ser obra o no de la teoría o la crítica literaria— lo interesante es el bisturí a la historia que, a juicio del historiador británico J. G. A. Pocock, tiene que ver con palpar el contexto retórico y sociolingüístico. 

De ahí que un vistazo hacia atrás involucre en las operaciones una selección y un asumir ciertas premisas de trabajo. 

Pena corporal al pasar de un manuscrito de escasa circulación y de escritura bajo otras condiciones a un libro publicado en la antesala de un Chile convulso y hoy en transición a un nuevo régimen constitucional, se somete a las rearticuladas viejas nuevas maneras de hablar sobre la dictadura militar+civil.

Leo Pena corporal como parte del archivo de una vida posible bajo constante amenaza y ocurriendo en un campo cultural precario, cuyos movimientos se reducen a la supervivencia. 

También admite esa lectura a modo de habeas corpus por la palabra, si ésta sufre una detención ilegal es posible reclamar su liberación ante un tercero imparcial, por ejemplo, la circulación de textos en la modalidad que las lenguas eslavas llaman samizdat (más el progresivo aumento de la fotocopia), los recitales clandestinos de poesía y la arriesgada maniobra de reunirse a conversar simplemente. 

En efecto, de los movimientos de los cuerpos por la ciudad no solo por los lugares ya hechos templos contraculturales, sino también por las señales que las mismas escrituras han inscrito en los márgenes físicos de la urbe, la poesía se juega el entramado simbólico de la palabra y sus posibilidades en el discurso del día a día. 

El acto de proselitismo

Pena corporal se inaugura con un epígrafe interesante.

Cita, remitiéndose al escritor español Rafael Cansinos Assens: “Toda mirada de amor es un acto de proselitismo”.

Por acá otra clave de lectura a ese gran archivo de una vida posible bajo dictadura. Chile fue un ambiente propicio —y ciertamente, provocado— para establecer el laboratorio del neoliberalismo e instalar como imagen país tropos que aludían a un lenguaje más bien escatológico, por ejemplo, Milton Friedman hablando del “milagro”. 

Esta retórica aún persiste, pero en menor medida. La agudización de la desigualdad en la brecha social y la visibilización de realidades chocantes para la clase política eclipsó las defensas de un proyecto económico cuyo fin se vislumbra mucho más que antes. 

En un entorno donde la noción de valor es capturada por el lenguaje economicista de números, indicadores y ficciones financieras, se potenció una matriz binaria productivista-consumista, la fachada prototípica del trabajador-propietario y el clásico modelo acreedor-deudor. 

Por lo mismo, aquellas actividades o productos, al fin y al cabo, que no generaran réditos económicos quedaban marginados. En ese sentido, fomentar el florecimiento de la palabra y de la poesía articulada contra el autoritarismo, tuvo como consecuencia no solo un acotamiento del mundo cultural, sino también una subversión de lo que se imaginaba como valor. 

Siguiendo ese trazo, es posible hablar de un valor aneconómico y que puede tener otras aristas, por ejemplo, ser estético, ético, afectivo. De ahí que se llegue al amor y que la capacidad de engendrarlo escapa a cualquier forma de mezquindad institucional, individualismo subyacente y diáspora de los cuerpos.

Antes y después de la ejecución y asentamiento del sistema previsional con base jurídica en el Decreto Ley N° 3.500, del Ministerio del Trabajo y Previsión Social, del 13 de noviembre de 1980, hay un juego que no deja de llamar la atención, un juego que ante la dificultad de recuperar los datos —no como pasa hoy con lo digital— tiende a debilitar el archivo. 

Ese juego, precisamente sucede entre el lenguaje de la prensa y el diseño destinado a producir resultados en función de una economía conductual. Con todo esto quiero decir, las formas de disciplinamiento de los cuerpos al dinero y de sujeción a los roles de género heteropatriarcales. 

En ese lugar, campañas publicitarias de bancos, AFPs, productos como la leche Nido, el desodorante Etiquet, entre otros ejemplos, operaron como agentes de condicionamiento a la sociedad que crecería en la herencia del neoliberalismo. 

Esto tampoco es nuevo, literatura hay y continúa aumentando incluso a miradas interdisciplinarias. Desde el clásico de Tomás Moulián (Chile actual: anatomía de un mito) hasta análisis del discurso neoliberal sobre las representaciones de la mujer en prensa como el de Vanessa Tessada Sepúlveda

Volviendo a Pena corporal, en esos actos de amor, en esos reconocimientos subterráneos, el proselitismo, la promoción de una causa común: la liberación de la palabra. En la primera parte del texto, articulándose como una plegaria, los versos caen:

Se acriminó con nosotros, Señor

comenzó por hacernos mugre para seguir

haciéndonos polvo

nos llenó de barro desde el comienzo

sin darnos el toque prometido, el soplo.

Nos ha estoqueado de lo lindo, desde el primer día

nos ha soploneado

ese ha sido el signo de su reino, el estigma

a nosotros los trabajadores en el bunker edénico.

Una crítica al lenguaje y al poder

Cuando habla de bunker edénico, pienso también en el Mein Kampf de Raúl Zurita (el obrero de la experiencia que trabaja en la obra del paraíso, 1979). Las y los poetas de esa época como obreros del paraíso. Algunos que nos llegan hasta hoy. 

En la obra de Hernández, La bandera de Chile es el hito que desmantela uno de los símbolos patrios cuya fuerza no solo emana del texto de la Constitución Política, sino también de la historia de los bandos marciales nacionales que se remonta a más de 200 años. 

¿Y qué o quién se acriminó con nosotros? ¿Será el lenguaje? En ese sujeto de encarnación tan probable como improbable se va leyendo el mismo texto. Más adelante escribe: “su robótica tiene un límite, su ansiedad de crédito / – el master card”. 

En el corazón de una naciente sociedad de consumo, la noción subvertida de valor y los afectos se arrojan sobre una balanza cargada hacia un lado. La poesía, una vez más, contra la captura del lenguaje.

Continúa “Plan divino”: Devuélvanos el cuerpo Sir, renuncie a la espiritualidad esa / la ganancia / la genética horrorosa de hacernos personas / y borrarnos”.

La restitución de la lengua es la cruzada que desmantela una producción de sentido hegemónica y envilecedora de los tropos. El lugar donde se disputa el significado es la ciudad misma. La obra de Hernández moldea una heterotopia que tiene su punto de mayor esplendor en Santiago Waria. 

Ahora bien, Pena corporal en “Cuerpo único” perfila la ciudad como un territorio de imágenes que pasan por el cedazo de una ironía sutil y fuerte. Por ejemplo: “Es importante que tener madre es tener manager / ser parte de un team / tener un tótem que te cuide las espaldas”. 

Detrás del chiste, una verdad inconfesable, conforme a Freud. Tal vez la denuncia de cómo el lenguaje genera bifurcaciones en el individuo, en la hija o hijo del neoliberalismo, cambia sus maneras y se orienta a una restricción de la libertad y la capacidad de generar vías de escape y opciones de otras vidas posibles. Es más, en la época ya con megáfono, Margaret Thatcher decía: “No hay alternativa”, significando el triunfo del capitalismo por sobre todo otro tipo de organización económica.

La mordaza social se manifiesta en la infusión del miedo mediática. Más allá de fijar las maneras de hablar y circular por la ciudad, el horror concreto. La publicidad del llamado Caso Quemados al iniciar julio de 1986. 

En Pena corporal, la conmoción llega: “Nadie podrá canonizar el cuerpo fulgurante / de Rodrigo Rojas Denegri / Querrán apagar el deslumbrón de su piel como ampolla / una ampolleta de carne y kerossene (sic)”.

La presencia de un lenguaje confesional trastocado por el horror es patente. En las páginas de Pena corporal se puede ir de la mordaza a la pena: “¿Qué hacemos mi Señor los dos solos / si no es refregarnos en la más triste de las / tristezas?”.

La pena como una doble faz: en el cuerpo y en el espíritu. Lo que ataña a los cuerpos, es posible preguntarse cuánto puede un cuerpo. Al parecer nos falta otro verbo allí. Digamos, cuánto puede aguantar el cuerpo de Rodrigo Rojas de Negri hasta consumirse lentamente. 

Y allí el ejercicio de la poesía es recrear lo que el autoritarismo hizo con su cuerpo y el horror probable de una máquina institucional destinada a aplicar penas corporales inhumanas, ¿no es acaso aplicar fuego —por el motivo que sea— aplicar una pena corporal? 

Todo fuera de cualquier legalidad resistente a la fecha de la incineración. Véanse también los apartados del libro titulados “Posiciones indecentes” y “Poire d’angoisse”. 

La pena en el espíritu de entrever la libertad en pequeñas manifestaciones que brotan por el cuerpo. Desde somatizar a formular cuerpos culposos en una subjetividad aún en construcción, se inscribe todo eso en las zonas poéticas de “Yo, pecador” o “Idiosingracia”. 

En el último, los primeros versos son viscerales: “Somos la descarnada raza del sur / la que baja a los vertederos por su comida / a los bajos fondos por la médula / : un rebaño sin ley. / Vertebrados que comen donde otros defecan.”

Y cuando no se puede descender más en el paisaje de la ciudad, una ficción de periferias posibles en la noche. Emergen las Eva, el o la transformer, el punto G y el acto de “Espiritismo”, se desactivan los dispositivos de control corporal. 

En otro punto del libro, una reconstitución del cuerpo de mujer: “Yo vaginante / transeúnte / militante / más que hija de mis padres hija de mi propio país / sismándome cismándome a intervalos”. 

Los dos lados de la pena se orquestan en una energía que el libro mismo destila a tres décadas de su escritura y que, por cierto, se mantiene en intensidad. 

Retomar Pena corporal importaría volver a leer las formas de disciplinamiento heredadas de la dictadura militar+civil, más allá de un cambio jurídico, en las maneras de hablar. La poesía entraña una crítica al lenguaje y al poder. Y esa es la zona a defender, pero también a criticar con cada ejercicio, sobre todo con los ejercicios en reversa que nos hacen revisarnos como campo cultural o comunidad literaria.

Para cerrar, solo agregar que, en el archivo para el Chile del siglo XXI, Pena corporal seguirá ofreciéndonos puentes por lo que le hace al lenguaje. Y así también la obra de Elvira Hernández que es, entre otras extensiones, un recurso de habeas corpus por la palabra.

«Pena corporal», de Elvira Hernández (Fundación Pablo Neruda, 2018)

(Tomado de Cine y Literatura)

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