Narración de Mariam Torneria: «El sol como una ostia»

Nací durante unos de los mayores temporales que azotaron el puerto de Valparaíso, un otoño del 11 de mayo de 1965, a las 19.50 hrs. Astrológicamente un Tauro-serpiente como el pintor Salvador Dalí, uno de los personajes de mi poesía.

Primogénita, nacida en casa, fui según los recuerdos de mi madre: una niña aparentemente muy tranquila. “Aparentemente tranquila” porque en el transcurso del tiempo, me di cuenta que muchos recuerdos e imágenes estaban dentro de mí, escondidos y listos para salir como en un juego de asociaciones por semejanza.

Mis primeros recuerdos resalen a los 3 años cuando nació mi hermana y yo fui «expulsada» de la cuna del cordero para ser llevada a otro cuarto. El primer exilio de una cadena que habría perdonado sólo dos años después cuando mi padre logró hacerme sentir que era necesaria y amada por la nueva llegada en la familia.

Vivíamos en una casa con forma rectangular en un cerro que tenía en el centro un jardín hecho con tambores de latón y tierra sureña.

Las fucsias eran mis preferidas ya que desde pequeña amaba la danza y se me aparecían como bailarinas de ballet que el viento como música, movía.

Me parece haber transcurrido horas observando estas flores que por matices y formas me recordaban la bailarina en tutú que bailaba en un reloj importado sobre el tocador de mi madre.

La pequeña bailarina se movía en pequeños círculos, al ritmo de una música de carillón con esa gracia a la que secretamente aspiraba.

Cuando papá me tomaba de las manos y giraba sobre sí mismo haciéndome girar yo cerraba los ojos de placer. Ahí era yo la bailarina, esa que con tanto cuidado mamá protegía lejos de mí y de sí misma.

En la otra parte de la casa vivían los dueños: un anciano y dulce jubilado de la marina mercante, el tío abuelo Alejandro y una anciana y hermosa mujer que había vivido por años encerrada entre lujos traídos desde el extranjero con pieles de visón y zapatos de tacos aguja.

Ella se llamaba Alicia y ese nombre se cargaría de significados en mi vida, al conocer con el tiempo, el famoso cuento.

En mis primeros años yo fui la pequeña muñeca de Alicia, la que era llevada de la mano a su casa que era un museo mágico de lozas importadas, relojes de maderas y sonidos finísimos y una buhardilla donde se dedicaba a bordar las ausencias de sus seres amados.

El tiempo fue alejando Alicia de la realidad y desde una especie de hada benigna, se transformó en un ser obsesionado por los celos, que muchas veces golpeó con palos nuestras ventanas, haciendo saltar de susto a mi madre, a mi y mis hermanos. Recuerdo que en esos momentos de peligro mi madre me abrazaba casi temiendo que yo fuese al encuentro de Alicia que estaba enferma.

Me gustaban los lápices de colores, el amarillo sobre todo, así que un día para ver si el color tenía sonido, me lo puse en el oído, tan adentro, que terminé en la posta.

Iba a jugar a un orfelinato frente a mi casa para acariciar los bebés que pasaban todo el día encerrados en cunas de hierro. Todavía me pregunto cómo me dejaran entrar, pero jamás olvidé la tristeza de esos rostros pequeños a los que sentía debía aliviar, quizás reconociéndome un poco en esa orfandad existencial.

Nunca soporté recibir órdenes. Fui mentirosa, exagerada, terca y estaba triste y enojada con el mundo. Sentía que no pertenecía a nadie y mis únicos aliados eran los ancianos.

Me parece haber escrito a los seis años: “el mar se traga el sol como una ostia” fruto de una educación en las monjas franciscanas y de mis sentidos de culpa por no ir a misa los domingos, creo haber percibido la escritura como catarsis a los dieciséis, de haberla tenido como única amiga a los veintitrés, de haber jurado no publicar jamás a los cuarenta y seis años hasta preguntarme por qué no hacerlo.

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