Narración de Juan García Brun: «La dinastía del tiempo»

Recibí en la madrugada la fotografía de un confesionario. Un confesionario de madera oscuro e iluminado por el irritante látigo de un flash. La imagen algo desenfocada iba acompañada de una reflexión íntima que hacía referencia a una relación amorosa clandestina al otro lado del océano. Visto desde el frente, la bóveda del confesionario encerraba una pulcra superficie negra semejando el monitor de un equipo computacional capaz de simular la velocidad de la luz en un espacio acotado. 

Los mensajes —que aclaro nada tienen que ver con confesiones— eran traducidos de escenas, objetos o habitaciones de limitado alcance. Pude ver muchos ejercicios temporales de esta máquina del tiempo. El programa de tercera dimensión era capaz de simular minutos y hasta horas a la velocidad de la luz y regresar. El efecto era el de hacer transitar el tiempo en el objeto observado.

En una de ellas pude ver un registro de mi dormitorio: la cama, los veladores, las lámparas gemelas, un espejo y un sillón. Ni la cajonera ni el televisor se veían.  En las horas en que tal lugar fue proyectado a la velocidad de la luz, el borde de la imagen se curvaba deslizándose irregular hacia la zona de la ventana y la puerta que lleva al pasillo. Una vez aplicada la simulación, el dormitorio regresó al espacio original en el que habían transcurrido cincuenta años, cincuenta años en que los muebles han envejecido, el espejo se ha quemado y una explosión a hecho saltar en pedazos la ventana. En esa imagen de 2072 ya estoy muerto.

En una de las imágenes deformadas se me puede ver en un juicio sosteniendo la defensa de un hombre al que se le imputa la muerte a palos de su mujer. Mi estrategia de defensa era la de atribuir la acusación a una confabulación. En efecto, muchos años antes del crimen mi defendido escribió una canción muy exitosa en la que describe paso a paso el homicidio. La canción, un tema bailable —similar a las canciones que en la misma época escribió Barry Manilow— llegó a figurar en las listas de lo más escuchado el verano de 1974.

Desde mi punto de vista, la prefiguración de los hechos en una canción de autoría de mi defendido excluía naturalmente toda pretensión de responsabilidad. Mi colega —un amigo de toda mi vida— no creyó que tal planteamiento tuviese posibilidad de convencer al «equipo de jueces». En un intermedio se retiró del tribunal caminando de una forma que me pareció cómica. En la parte final del juicio me puedo reconocer destacando con un video de karaoke las expresiones de la letra, armonizándolas con la prueba de cargo. Llegué a decir que «todo acto criminal es subrepticio y la publicidad del mismo una manifiestación indiciaria de su legitimidad».

Se me puede ver caer —además— sobre una poza de agua clara y sobre piedras de colores. El lugar lo conozco: es una escala metálica que permite subir a una terraza. Caigo grácil y no me golpeo, la mitad de mi rostro se hunde en el agua y mi mirada se confunde alarmada e inexplicablemente con la tuya, en un instante que consumió el resto de mi vida.

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