Maximilien Robespierre: sobre el deber de insurrección

9 de mayo de 1793, en la Sociedad de Amigos de la Libertad y de la Igualdad

La Gironda consiguió encender la guerra civil: en abril y después en mayo, las secciones de Marsella y de Lyon son sitiadas por las fuerzas contrarrevolucionarias. El 27 de mayo, la Comisión de los Doce, formada por diputados girondinos, intenta un golpe de fuerza convocando secretamente a trescientos guardias nacionales cerca de la Convención. Pero Marat y la Montaña hacen fracasar el complot y desenmascaran públicamente a sus autores.

La Montaña quería, por el contrario, proteger la Asamblea y hacer juzgar a los diputados cuyas traiciones se manifestaban ahora a la vista de todos, para detener la guerra civil por medios que preservasen la soberanía popular y la democracia.

Podemos ver aquí a un Robespierre, agotado por los preparativos de la insurrección, hacer una última llamada al pueblo, a la Comuna   de París y a los diputados, en la antevíspera del desenlace. Él se había declarado personalmente en insurrección desde el 3 de abril, lo que se tradujo en una actividad incesante para informarse, analizar, comprender y proponer las medidas a tomar en las secciones, en la Comuna, en el Departamento de París, en los Jacobinos y unificar todas las fuerzas favorables a la libertad. Pero él continúa también escribiendo en sus Lettres à ses Comettants[1]presentando su proyecto de Declaración de derechos del Hombre y del ciudadano relacionado con el de constitución confiado a Saint-Just[2], y preparando la lucha que se desarrollará en la Convención.

La facción que domina en el seno de la Convención, íntimamente ligada a los generales conspiradores, continuará dominando. El plan de degollar a los patriotas no será abandonado.

Todos los medios de corrupción y toda la influencia que proporcionan las riquezas de la República están en manos de esta facción. Pensad lo que queráis, castigadme si queréis, pero ésta es mi opinión. Si no la manifestase, traicionaría mi conciencia. Digo que un nuevo despotismo regio se levantará sobre los cadáveres de los patriotas. Digo que las noticias, tan pronto favorables como malas, según las circunstancias, no son más que ilusiones para llevarnos al precipicio. Se ha engañado al pueblo en todas las crisis donde debía levantarse para reconquistar su libertad y aplastar las conspiraciones. El pueblo ha sido engañado hasta aquí. Aún está engañado y la continuación de este error será la muerte de todos los patriotas. Ellos desafían a la muerte, pero no desafían la infamia y la servidumbre de su país.

Digo que si no se levanta el pueblo entero, la libertad está perdida, que no hay un empírico[3] más detestable que aquel que le pueda decir al pueblo que aún le queda otro médico que no sea él mismo.

Yo digo que en poco tiempo veréis París sitiado por todas las potencias extranjeras a las que se habrán entregado vuestras plazas fuertes.

Sólo queda un deber por cumplir a los mandatarios del pueblo, que es decir, al pueblo toda la verdad, y marchar a su cabeza para mostrarle la vía de salvación.

Yo digo que si la Comuna de París en particular, a quién está confiada especialmente la tarea de defender los intereses de esta gran ciudad, no sigue este principio, que si ella no denuncia ante todo el universo la persecución dirigida contra la libertad por los más viles conspiradores; digo que si la Comuna de París no forma con el pueblo una estrecha alianza, viola el primero de sus deberes y desmiente la reputación de popularidad de la que ha sido investida hasta hoy. Digo que en la crisis en que nos encontramos, la municipalidad debe resistir a la opresión, y reclamar los derechos de la justicia contra la persecución de los patriotas. Cuando es evidente que la patria está amenazada por el peligro más poderoso, el deber de los representantes del pueblo es morir por la libertad o hacerla triunfar. Soy incapaz de prescribir al pueblo los medios para salvarse; esto no me es dado a mí, agotado como estoy por cuatro años de revolución, y por el espectáculo agobiante del triunfo de todo lo que hay de más vil y corrompido. No soy yo quien tiene que indicar estas medidas. No soy yo que estoy consumido por una fiebre lenta, aún más, por una fiebre de patriotismo. He dicho y no me queda ningún otro deber que cumplir.

Desde el viernes 31 de mayo hasta el domingo 2 de junio de   1793, 80.000 ciudadanos, el ejército revolucionario levantado por fin, unido a los guardias nacionales de las secciones comandadas por Henriot, rodearon la Convención y obtuvieron la denuncia de treinta y dos diputados girondinos, la mitad de los cuales ya habían emprendido la fuga y atizaban la guerra civil en los departamentos.

Texto extraído del libro de M. Robespierre. Por la felicidad y por la libertad. Discursos.

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