Max Horkheimer: «Acerca del problema del pronóstico en las ciencias sociales»

Que la pregunta por la previsión (prévision) en sociología se tome como base en este debate es ciertamente una buena idea; esa pregunta, en efecto, manifiesta con claridad que también la sociología participa de la crisis universal de la cultura. La posibilidad de prever es la piedra de toque para cualquier ciencia de lo real. La opinión según la cual, en la presente situación histórica, tantas energías como las que se consagran a la sociología favorecen una empresa que solo puede contribuir a ordenar racionalmente el pasado mas no a configurar el futuro, necesariamente debería tener el mismo significado que un juicio desfavorable con respecto a todos estos esfuerzos científicos.

Si no he entendido mal, tampoco en las tesis presentadas se niega la posibilidad básica de pronosticar; incluso toda una serie de participantes en este congreso ha señalado fenómenos concretos, en relación con los cuales pueden realizarse pronósticos, según su opinión, con un grado de probabilidad bastante elevado. Sin embargo, me parece que la concepción predominante se caracteriza más por una reserva escéptica que por aquella confianza en sí misma que animó a la ciencia moderna en sus comienzos; incluso en la mayor parte de las respuestas positivas se otorga un peso más considerable a las limitaciones del alcance y el grado de seguridad de la prévision, que a su confiabilidad.

Se puede comprender fácilmente esta cautela si se tienen en cuenta !.is experiencias hechas por la sociología, y hasta por la economía política, en las últimas décadas y, en especial, en los últimos años: las construcciones categoriales, sistemáticas, propias de los sistemas modernos, y elaboradas con tanto refinamiento, en ocasiones fueron aplicadas directamente a la realidad en desarrollo, demostrándose, en muchos casos, que sociólogos y economistas apenas podían aventajar en este punto a la conciencia común. Con frecuencia ocurrió incluso lo contrario: grupos humanos que basaban sus opiniones, en un fundamento por completo diferente del de la sociología y de la economía política predominantes, y que, en general, mostraban hacia estas la más terminante oposición, acertaron en sus juicios, en tanto los especialistas fracasaban. Por esta razón, no es de extrañar que muchos de ustedes se inclinen más a limitar con cautelosa actitud la posibilidad de formular enunciados con respecto al futuro que a declararse partidarios de determinadas teorías.

Frente a esto yo quisiera insistir aquí en que también hoy la meta de la ciencia es el conocimiento de procesos a los cuales está necesariamente ligada la dimensión del futuro. Justamente, frente al estado de ánimo que he señalado, puede no ser totalmente inútil destacar claramente lo positivo, en contra de los escrúpulos escépticos. Ha de mostrarse que la prévision no constituye una excepción respecto de la mayoría de las categorías lógicas y epistemológicas: su carácter, el sentido de su aplicación, sus posibilidades, el grado de probabilidad que ha de alcanzar, no dependen solo del tino y la habilidad de los sociólogos, sino también de la estructura de las relaciones sociales de su época. Un tratamiento no histórico del problema del pronóstico ha supuesto una relación estática entre la ciencia y su objeto; en este caso, entre la teoría sociológica y los procesos sociales. Pero esta opinión hace tiempo que ha sido superada en la filosofía contemporánea; la filosofía incluso ha rechazado la doctrina más general del carácter no histórico de la oposición entre sujeto y objeto, reconociendo que aun estos dos polos del acto de conocimiento están insertos, en sus relaciones dinámicas, en el proceso histórico. La determinación del futuro, posible en cada caso –determinación que, repito, pertenece por completo a las intenciones de una teoría científica de la sociedad–, depende, por lo tanto, del desarrollo de las relaciones sociales globales.

Para aclarar esto con pocas palabras parto de la distinción que el secretario de este congreso, profesor Duprat, ha hecho en su lntroduction a l’étude de la prévisíon sociologique: la distinción entre prévision prédiction, entre previsión y predicción. La ciencia de la naturaleza conoce ambos tipos de juicios: tanto la prévision, que se relaciona con «tipos abstractos», como la prédiction, que se relaciona con «hechos o acontecimientos concretos». Una teoría que quisiera afirmar que la ciencia moderna solo puede llevar en este sentido a prévisions y no a prédictions –y así se podría entender fácilmente el artículo citado– cometería de hecho un error. A lo que en última instancia aspiran las ciencias de la naturaleza, como toda ciencia en general, es justamente a lograr prédictions. Los «tipos abstractos», en el sentido de la prévision, son leyes y como tales tienen siempre, de acuerdo con su sentido, una forma condicional. Dicen que siempre que se den en la realidad determinadas condiciones, deben sobrevenir determinados eventos. Así, es una prévision científico-natural que el oro siempre se disuelve cuando se lo sumerge en agua regia y no, por ejemplo, cuando se lo sumerge en ácido sulfúrico diluido; otras prévisions se refieren a relaciones, por ejemplo: que en ciertas clases de hierro aparecen variaciones de forma si una fuerza de determinada magnitud actúa sobre él. Estos enunciados apodícticos y seguros son ciertamente meras prévisions, pues no anuncian absolutamente nada acerca de cuándo hayan de darse las condiciones exigidas, ni si ellas han de darse. En esto estoy de acuerdo con el señor Duprat.

Pero de ello no puedo extraer la conclusión de que, por esta razón, los pronósticos concretos para el futuro, tal como, por ejemplo, Marx ha intentado hacerlos, debieran ser casi imposibles, y en todo caso de ínfimo valor científico. Las leyes no son la meta de la actividad científica, sino solo medios; en última instancia, siempre lo que importa es pasar de las abstractas fórmulas de las leyes a los juicios concretos de existencia, y en todo el dominio de la ciencia de la naturaleza estos no solo se extienden al pasado o al presente, sino que también lo hacen siempre hacia el futuro. Así los enunciados hipotéticos de los ejemplos citados solo alcanzan su real significación cuando, en un caso determinado, ante una sustancia dada, se enuncia:

«Esto es oro». Pero entonces esta proposición incluye necesariamente –y de qué otro modo sería conocida como tal la citada ley hipotética– la afirmación de que este trozo de metal no se disuelve realmente en ácido sulfúrico diluido y en cambio lo hace en agua regia. El experimentador, en el anfiteatro, hace la prédiction: «Ahora sumerjo este trozo amarillo en este ácido; no se va a disolver; ahora lo sumerjo en este otro ácido, y se disolverá». El enunciado universal, ya citado, acerca del cambio de forma que sobreviene en el hierro siempre que actúen determinadas fuerzas, también constituye el supuesto para una prédiction. Se manifiesta, por ejemplo, en la tranquilidad del maquinista que hace bramar la locomotora de su tren rápido al pasar por un nuevo puente, sabiendo que «el puente no se va a quebrar, pues está hecho de una determinada clase de hierro, y esta resistió cargas mucho mayores». En la ciencia de la naturaleza, incluso en toda la ciencia, importan, como se ha dicho, los juicios de existencia de este tipo. Ellos siempre contienen proposiciones sobre todas las dimensiones del tiempo. Con la simple verificación acerca de cosas de la naturaleza se da simultáneamente una prédiction. «Esto es una tiza» quiere decir: marcará líneas sobre esta pizarra negra.

«Esta es una cereza» quiere decir: podrás comerla. «El termómetro baja a menos de cero grado» quiere decir al mismo tiempo: el agua se congelará. El presente, el pasado y el futuro del objeto sobre el que se juzga son aludidos en todo enunciado, incluso porque no necesariamente los escorzos de la percepción coinciden con la estructura temporal del acontecer percibido. Es cierto que en el paso de las fórmulas abstractas de las leyes a enunciados concretos sobre cosas reales perdemos la certeza absoluta. Se puede mostrar que aquel trozo de metal amarillo de ningún modo ha sido oro, que el puente puede romperse porque el material de hierro no ha sido el adecuado; que lo que parecía cereza puede haber sido un fruto de la belladona, y aun el agua, a consecuencia de cambios atmosféricos, podría conservar su estado líquido con temperaturas un poco menores que cero grado. Esto es absolutamente cierto, pero aquí me he propuesto señalar que el sentido de los enunciados abstractos debe realizarse en los enunciados concretos; que el sentido de toda prévision debe realizarse en las prédictions. Si el significado de las abstracciones no puede ser controlado, y eventualmente modificado, por su continua aplicación práctica, ellas necesariamente deben extrañarse de la realidad y por fin volverse no solo inútiles, sino incluso falsas.

La aplicación de esto a la sociología es inmediata. El enunciado según el cual en una economía de mercado libre deben producirse necesariamente crisis, y, con la misma necesidad, monopolios que agudizan aún más las crisis, es una prévision. Opinar que estas condiciones se dan en el presente, que vivimos en una economía que tiene esos caracteres, es algo que ya contiene la prédiction de que, aun cuando las crisis se interrumpan temporariamente, no es posible atenuarlas a largo plazo. Esto representa un pronóstico histórico sobre la auto-negación de la economía liberal y el agravamiento de los antagonismos sociales. No es esta teoría lo que aquí se discute; con esta referencia solo he querido mostrar cómo también en la sociología ambos tipos de juicio, prévision prédiction, se implican mutuamente. La prévision hipotética, es decir, la teoría –en este caso la doctrina de la relación entre formas de economía y crisis–, depende, según su sentido y su contenido de verdad, de su cumplimiento histórico, así como, a la inversa, ella misma determina nuestras percepciones, nuestros concretos juicios de existencia, nuestros actos prácticos en general.

No obstante, espero que haya una serie de objeciones de principio a la forma en que he aplicado mi razonamiento metodológico a la sociología. Solo quisiera poner de relieve algunas y responderlas. ¿No es que en mis ejemplos científico-naturales la posibilidad de prédictions solo se realiza porque quien formula el enunciado está en condiciones de producir las condiciones necesarias para la eficacia de la ley misma? Solo en cuanto el químico está decidido a sumergir efectivamente el oro en agua regia, puede predecir que de hecho va a diluirse; solo en cuanto realmente quiero escribir con la tiza, tiene validez mi predicción acerca de las líneas blancas que habrá en el pizarrón. Dicho con otras palabras: la prédiction en la naturaleza se relaciona con el experimento deliberado, y puesto que en la sociología no hay experimentos, ella no debe contener enunciados de este tipo. Ahora bien: creo que ustedes habrán reparado en que la objeción solo concierne a casos especiales y no al principio. El maquinista que va en su locomotora, en pleno viaje, no hace experimento alguno, pues las fuerzas naturales ya no están de tal modo en su poder que él pudiera detener el tren ante el puente; sin embargo, puede afirmar: «el puente no se va :a romper». Y el agua en la naturaleza se congela al llegar el frío a un determinado grado sin que nosotros intervengamos para nada. No; hay amplias regiones del conocimiento en las cuales no podemos decir simplemente: «en el caso de que estas condiciones se den, ocurrirá tal cosa»; hemos de decir, antes bien: «estas condiciones se dan ahora y por eso ocurre el acontecimiento esperado, sin que nuestra voluntad misma se halle en juego». Desde el punto de vista puramente lógico, esta objeción es, pues, insignificante.

Sin embargo, la sociología ha de tomarla en cuenta. Por cierto que es falso que la prédiction solo sea posible cuando la aparición de las condiciones necesarias depende de quien predice, pero la predicción será, sin embargo, tanto más probable cuanto más las relaciones condicionantes dependan de la voluntad de los hombres, es decir, cuanto más el efecto predicho no sea producto de la ciega naturaleza sino efecto de decisiones racionales. El hecho de que la sociología se ocupe de procesos sociales podría inducir a creer que sus predicciones debieran ser más acertadas que las de cualquier otra ciencia, pues la sociedad está compuesta por hombres que actúan. A partir de consideraciones parecidas, Giambattista Vico, en oposición a Descartes y su escuela, calificó a la historia como auténtica ciencia. Si desde entonces hemos llegado a comprender que sobre la sociedad presente es más difícil hacer predicciones que sobre la naturaleza extrahumana, esto en principio no prueba que Vico estuviera equivocado. Antes bien, estas predicciones son tan imperfectas porque los procesos sociales todavía en modo alguno son los productos de la libertad humana, sino

que son resultantes naturales del ciego actuar de fuerzas antagónicas. La forma en que nuestra sociedad mantiene y renueva su vida se parece más al funcionamiento de un mecanismo natural que a un actuar plenamente determinado por sus fines. El sociólogo se encuentra frente a ella como frente a un acontecer esencialmente extraño. Este lo afecta, el sociólogo de algún modo participa en él, pero su tarea consiste en aprehenderlo, anotarlo, describirlo y, si es posible, explicarlo. Los procesos sociales son producidos sin duda merced a la intervención de personas; empero, son experimentados como un acontecer fatal, separado de estas. Buenas y malas coyunturas, guerra, paz, revoluciones, períodos de estabilidad, aparecen a los hombres como acontecimientos naturales también independientes, como el buen y el mal tiempo, los terremotos y las epidemias. Se debe intentar explicarlos; predecirlos, sin embargo, es algo que con razón se considera extremadamente osado.

Esta situación no es eterna ni tampoco adecuada al actual grado de desarrollo de las fuerzas humanas. En la actualidad se presentan los planteamientos más diversos tendientes a subordinar los procesos sociales a la planificación humana. Tal vez más tarde se vea a esta época como el tránsito desde un funcionamiento meramente natural, y por ello defectuoso, del aparato social, hacia una cooperación consciente de las fuerzas sociales. En todo caso ustedes estarán de acuerdo conmigo en que el hecho de que los acontecimientos sociales no dependan de una voluntad unitaria no tiene por qué ser inmutable, sino que está fundado en las particularidades estructurales de la actual situación social. Incluso se puede –en relación con nuestro problema– formular la ley siguiente: Con el cambio creciente de esta estructura, en el sentido de una organización y un planeamiento más unitarios, las predicciones alcanzarán también un grado más alto de seguridad. Cuanto más la vida social pierde el carácter del ciego acontecer natural y la sociedad toma medidas que la llevan a constituirse como sujeto racional, con tanta mayor certeza se pueden también predecir los procesos sociales. La inseguridad actual de los juicios sociológicos sobre el futuro sólo es un reflejo de la actual inseguridad social.

Así, pues, la posibilidad de la prédiction no depende exclusivamente del refinamiento de los métodos y de la sagacidad de los sociólogos; depende también del desarrollo de su objeto: de las modificaciones estructurales de la sociedad misma. Muy lejos de que la prédiction sea posible y necesariamente más fácil en el dominio de la naturaleza extra-humana que en el de la sociedad, ella se vuelve tanto más fácil cuanto menos está subordinado su objeto a la mera naturaleza y más lo está a la libertad humana. Pues la verdadera libertad humana no se puede comparar con lo absoluto incondicionado ni con el mero capricho, sino que es idéntica con el dominio sobre la naturaleza, en nosotros y fuera de nosotros, merced a la decisión racional. Conseguir que este estado llegue a ser lo característico de la sociedad es la tarea, no solo del sociólogo, sino de todas las fuerzas progresistas de la humanidad. Y así el esfuerzo del sociólogo por llegar a una prédiction más exacta se trueca en la lucha política hacia la realización de una sociedad racional.

Versión ampliada de una comunicación presentada por el autor en el XI Congreso Internacional de Sociología, Ginebra, octubre de 1933. Horkheimer incluyó el texto en su libro ‘Teoría crítica’, publicado en 1968.

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